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Mucho Teatro para tan poca compañía; otras Medeas

Andrés Holgado Maestre

Ahora que se consumó ese triste espectáculo que hemos sufrido días atrás en el Teatro Romano de Mérida, quiero hacer pública una crítica no desde una perspectiva teatral, que no es mi especialidad, sino desde la perspectiva de un ciudadano extremeño y vecino desde hace unos años de esta ciudad y de este Teatro, al que he asistido en prácticamente todo evento que se haya organizado en él. Y eso me da cierto derecho a opinar. Empezó el asunto con la segunda Medea que volvió a Mérida este año (fiel a su cita, parece, desde su misma re-inauguración por la Xirgú) que esta vez estuvo encarnada maravillosamente en el cuerpo y la capacidad dramática de Aitana Sánchez Gijón.

Pero estuvo muy sola. No tanto porque no tuviera a sus hijo en “carne y hueso” (me parece perfecto que no se ponga a niños a hacer sus personajes en esta obra que no necesita más crueldad; el uso de maniquíes o muñecos, como se hizo esa noche, no quita un ápice al drama) sino porque no estuvieran Jasón, ni Creonte, (subsumidos todos ellos, además del narrador, en un sólo actor y además director), con lo que se daba una desagradable sensación de pobreza escénica que no es de recibo en este escenario. Cuatro actores no pueden con este escenario y esta obra y para eso hubiera sido mejor dejar sola a a Aitana, que sí pudo.

La presencia de un enorme coro aficionado juvenil venido desde Madrid pero perfectamente prescindible, o incluso mejorable por cualquiera de las agrupaciones corales con solera suficiente que tenemos en esta comunidad, apenas sirvió para ocultar esa absoluta pobreza del montaje y del reparto. Una excelente cantante e instrumentista se encargó de crear una atmósfera mágica y trágica que sí que estuvo a la altura de la propia Aitana y de un texto aceptable aunque parco.

Para un teatro de cámara, perfecto. Para el Teatro Romano de Mérida, muy insuficiente, por más que el extraordinario público (nuestro silencio durante estas representaciones es la mejor prueba del fervor con que se vive aquí el teatro clásico) premiara con una merecidísima ovación de varios minutos a Aitana (eso pienso yo) sin que pudiera destacarse adecuadamente el aplauso que merecía sobradamente, a mi juicio, Joana Gomila, la cantante e instrumentista, que también tuvo que doblar papeles, debido a que incluso aquí falló la sensibilidad del director que impidió ese reconocimiento. Este Teatro y esa obra, (y este público) reclaman más elementos para que todo esté a la altura que merecen. Señores, así no es como se acrecienta el prestigio de este Festival ni el papel del propio Festival o del Teatro Romano en la cultura toda de la ciudad y la Comunidad.

Máxime cuando el esperpento se repitió con creces en los días posteriores, en otra función única en la que cinco actores leyeron Edipo Rey sin moverse de una mesa (y sin un coro siquiera que en este caso representaban muy bien dos actrices) y en la Antígona que siguió, y con de nuevo la miseria del montaje y de la propia desatención con la puesta en escena, en la que unos focos cruzados impedían la visión durante buena parte de la obra a los los laterales del Teatro... Un horror perpetrado en los tres casos por una “Companía de la Ciudad” (de Madrid, creo) y un “Teatro de la Abadía” (del mismo origen, supongo) que vinieron a Mérida con obras ya montadas para un teatro de barrio pero no para este templo de la cultura y del teatro que este escenario. Si no tienen consecuencias estos fiascos, el año que viene mucha gente faltará a esta cita. Desde mi punto de vista, fue una completa falta de respeto.

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