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El Mediterráneo, cementerio de vidas silenciadas y vía de escape de los últimos republicanos

El buque inglés Stanbrook llevó a 2.638 personas desde Alicante a Orán (Argelia).

Esther Ballesteros

Mallorca —

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Escenario de viajes, migraciones y diásporas, lugar de tránsito, cementerio de vidas silenciadas. A lo largo de la Historia, el Mediterráneo ha estado ligado a la expulsión, el exilio y la fuga, al nepotismo y al conflicto. Incluso ya en el siglo I a.C., Virgilio, a lo largo de las páginas de la Eneida, obra cumbre de la cultura mediterránea, relataba, a partir de los textos homéricos, las vicisitudes de las tropas troyanas en pleno Mare Nostrum. “Largos años llevaban errantes, rodando por los mares, juguete de los hados”, manifestaba el poeta en la epopeya romana.

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Más de 20 siglos después, un periodista, escritor y músico, Deseado Mercadal, plasmaba sus vivencias tras escapar a través de las aguas –el Mediterráneo, de nuevo– de una Menorca que, fiel al gobierno democrático e imperturbable ante la presión de los golpistas, vio finalmente quebrada su resistencia, de la que Mercadal formaba parte. El sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman ya lo dejó escrito: “De personas que buscan refugiarse de la brutalidad de las guerras y los despotismos, o del salvajismo de una existencia hambrienta y sin futuro, llamando a las puertas de otras personas, ha habido desde los principios de los tiempos modernos”.

La literatura y la pintura se han encargado de reflejar la miríada de historias enterradas y anegadas en estas aguas y así lo ha querido reflejar el artista visual y activista Daniel García Andújar (Almoradí, Alicante, 1966) en un proyecto, Patente de Corso, cuyo punto de inicio ha arrancado en el Museo Es Baluard de Palma y prevé recorrer ciudades como Madrid y Alicante e incluso viajar fuera de España. Su exposición conforma un corpus visual que vuelve la vista a los acontecimientos de la Eneida hasta las últimas vidas que se han perdido en su travesía por alcanzar el sueño europeo a través de una especie de mosaico o archivo simbólico que, en palabras de la directora del museo y comisaria de la muestra, Inma Prieto, incide en la necesidad de “revisar y reescribir la historia, de reconocer cómo el robo y el expolio se dan no solo tras la permisividad de una metafórica patente de corso, sino en historias oficiales y, sobre todo, en el momento que despojamos a las personas de sus derechos, de su memorias y de su identidad”.

El horror en los campos de concentración de Argelia

La historia de Mercadal (Maó, 1911–2000), investigada por García Andújar con la colaboración del periodista Tomás Andújar –alicantinos ambos, como alicantino era, recuerdan, el espacio simbólico de esa huida agónica mientras sonaban los últimos estertores de la guerra, el último suelo de la represión franquista que tan bien conoció el escritor Max Aub– es la de tantos otros republicanos que se echaron a las fauces del Mediterráneo para huir del horror de la represión franquista. El destino que le deparaba no era mucho más halagüeño. En sus memorias, Mercadal relata el sufrimiento y los castigos que padeció en los campos de concentración de Argelia, en los que fueron encerrados unos 15.000 republicanos españoles sometidos por la Francia de Vichy a multitud de trabajos forzosos.

“Estuvo en el infierno sin abrasarse, compartió fatigas con los prisioneros que extraían carbón de las minas de Kenadza, en los confines del Sáhara argelino, junto a la frontera marroquí, pero le salvó 'la suerte de ser músico', como tituló un capítulo de sus memorias de exilio”, relata Tomás Andújar. Sus compañeros corrieron peor suerte, como le sucedió a Francisco Poza, quien acabó torturado hasta la muerte en el campo de castigo de Hadjerat M'Guil.

Mercadal, quien a los 18 años entró a formar parte de la Agrupación Socialista de Maó y de la Federación Obrera de Menorca de UGT, siempre estuvo vinculado al activismo obrero y político. Desde 1931 fue redactor del semanario socialista Justicia Social, del que se convirtió en director desde el 2 de septiembre de 1936 hasta el 8 de febrero de 1939, en plena Guerra Civil. Desde esta publicación, en la que firmaba bajo el pseudónimo Diógenes, lanzó proclamas a favor de la causa republicana. Se erigió, a su vez, en referente de la historia musical y popular de la isla, donde sus composiciones fueron acogidas con éxito.

“Básicamente tenía una formación como músico. Es un gran compositor de música popular. De hecho, hasta que no empieza la Guerra Civil, su vida básicamente transcurre en el Ateneo, allí en Maó, y en su casa, componiendo. Llegó a escribir más de 30 libros a lo largo de su vida y a componer más de 350 obras”, explica Daniel García en declaraciones a elDiario.es.

Deseado Mercadal llegó a escribir más de 30 libros a lo largo de su vida y a componer más de 350 obras. Hasta que no empieza la Guerra Civil, su vida básicamente transcurre en el Ateneo

Daniel García Andújar Autor de la exposición 'Patente de Corso'

La deriva del conflicto bélico y la rendición de Menorca, finalmente, abocaron a Mercadal al exilio. Tras cruzar el Mediterráneo en un velero rumbo a Argel, Mercadal acabó en Kenadza, al suroeste del país. “Cualquiera de nosotros podría contar la penosa historia de aquellos años que uno quisiera se hubiesen borrado sin dejar rastro en nuestra mente y en nuestro espíritu, si ello, además de no ser posible, no fuese tampoco conveniente ni justo, porque alguien tiene que contar a quienes no lo vivieron lo que fue aquella aventura inimaginable a la que nos vimos forzados tantos miles de compatriotas”, relata el compositor en Yo estuve en Kenadza. Nueve años de exilio, cuyos pasajes evoca Andújar para la exposición de Daniel García. “Con su libro, modestamente autoeditado, cumplió una misión contra el olvido”, señala el periodista.

Malvivir como músico en garitos y cabarets

Mercadal logró, junto a otros compañeros, huir del campo de Kenadza, pero ese mismo día sería apresado por las autoridades francesas, que los enviaron a un campo de concentración en Francia: el de la playa de Argelès, “la más grande y vergonzante prisión que tuvo nunca ese país”, asevera Andújar. Allí cree que va a morir. Sin embargo, el escritor consiguió escapar de nuevo. Embarcado como polizonte, regresó a Argelia, donde, consciente de que podían volver a capturarlo, decidió esconderse y malvivir como músico en garitos y cabarets de noche, hasta que nuevamente cayó en las redes de los franceses, que le enviaron otra vez a un campo de trabajos forzosos.

Allí lo obligaron, junto a otros compañeros, a extraer carbón de la mina de Kenadza, en lamentables condiciones, hasta que uno de los oficiales lo eligió para montar una orquestina en una fiesta que quería organizar en la cantina. “Comenzó a entretener a los oficiales en las celebraciones que se hacían cuando acudían los mandos. Por eso siempre dijo que la música le acompañó en todo momento y le salvó la vida”, comenta García Andújar. Mercadal regresó a España en 1948, instalándose en Barcelona, donde perteneció a la organización clandestina del PSOE y de UGT hasta 1965, año en que volvió a su tierra natal. Allí falleció en el año 2000, dejando tras de sí sus testimonios y vivencias plasmados en una multitud de libros, trabajos y composiciones.

Como subraya Tomás Andújar, la de Mercadal, si bien juega un papel central en Patente de Corso, es una historia “pequeña, particular, una burbuja en el curso del gran río del sigo XX”. No en vano, el autor de la muestra subraya, por su parte, cómo la mayor parte de prisioneros fueron refugiados españoles, “indeseables” republicanos –como se les calificaba–, comunistas apresados en Francia, judíos y exbrigadistas internacionales “que trabajaban en condiciones de esclavitud”. Mientras Japón destruía Pearl Harbor y la Alemania nazi embestía imparable Europa, muchos de ellos fueron obligados por el gobierno francés a trabajar en el transahariano, un macroproyecto colonial de 3.650 kilómetros que busca comunicar en tren todas las colonias francesas con Senegal, desde Dakar hasta el norte de África.

Mientras uno recorre la exposición de García Andújar, muchas más historias salen a su encuentro en una especie de recuperación de la memoria para que quienes las vivieron no caigan en el olvido. De fondo suena la apertura del primer canto del Inferno de Dante: Nel mezzo del cammin di nostra vita mi ritrovai per una selva oscura, ché la diritta via era smarrita (“En medio del viaje de nuestra vida me encontré en un bosque oscuro, porque el camino recto se había perdido”). Un Poseidón de grandes dimensiones preside una de las salas a la par que un vídeo, Juguete de los hados, muestra al dios de los mares enjaulado surcando el Mediterráneo a bordo de la patera Baya Rimes, como las que continúan llegando a las costas españolas.

El creador alicantino reserva un importante espacio a su tierra, convertida en el último eslabón de salida para quienes aún confiaban en el triunfo republicano. Desde el puerto de Alicante partía, el 28 de marzo de 1939, la última oportunidad de salvar la vida para 2.700 personas que huían de las represalias que podría llegar a ejercer el bando ganador. Lo hacían a bordo del Stanbrook, que llegaba a Orán (Argelia) apenas unos días después. Hasta 20.000 personas sufrieron en sus carnes la brutal represión franquista en la provincia alicantina. Miles de hombres, mujeres y niños que “temían con razón la ira de los vencedores llenaron los muelles a la espera de los barcos ingleses y franceses que habían de salvarlos”, comenta Tomás Andújar. “Pocos llegaron y, de esos, menos aún tuvieron capitanes con el suficiente arrojo para plantar cara al cerno de la armada nacionalista y rescatar a aquellos derrotados desesperados”, subraya.

Max Aub, nostalgia y evocación

Entre los exiliados, Max Aub (París, 1903 – México, 1972), quien salió por los Pirineos hacia Francia y acabó internado en varios campos de trabajo forzado del país galo y de Argelia hasta que el 10 de septiembre de 1942 se subía al Serpa Pinto y ponía rumbo, el 10 de septiembre de 1942, a la mexicana Veracruz. En el país centro americano permaneció exiliado el resto de su vida. “Entre alambradas, bajo la lona de las tiendas militares en que vivían en medio del pedregal del altiplano del Atlas”, recuerda Andújar, el intelectual valenciano que mejor narró la experiencia de la II República española y la Guerra Civil comenzó a escribir Diario de Djelfa, un compendio de poemas sobre el cautiverio, el hambre, la sed y las torturas, pero también sobre “la nostalgia y la evocación de la España que había visto florecer y reventar en menos de una década”.

El periodista alicantino explica, en este contexto, que los republicanos españoles forzados al exilio como Mercadal y Aub atravesaron una ruta milenaria que siglos antes ya habían transitado moriscos y sefardíes “expulsados de España por fanatismo religioso, racismo y ceguera política”. Dos cuadros del artista Vincent Mestre expuestos en la muestra reflejan con extraordinario realismo aquellos acontecimientos. En el XVI, piratas y corsarios musulmanes procedentes del sur saqueaban en decenas de ataques las costas de Mallorca, Eivissa y Menorca mientras Balears, un siglo después, lanzaba al mar “a unos cuantos ambiciosos marinos cristianos que saquearon y guerrearon con el respaldo de la corona. ”Después, España, Francia, Italia y el Reino Unido colonizaron el norte de África, como los musulmanes habían dominado toda la península ibérica, como Roma conquistó y asimiló todas las tierras que bañan el Mediterráneo y los ríos que lo nutren“, abunda Andújar.

Contra el olvido

En El remate, cuento que publicó una vez asentado en México, Max Aub reflexiona sobre el olvido que se resistía a aceptar y sobre el que gira Patente de Corso con el objetivo de reivindicar la dignidad borrada: “Perdimos. No lo admití hasta ahora que regresé. Creía que, a pesar de todo, quedaba vivo nuestro recuerdo, nuestro rastro; que la gente no hablaba, no escribía acerca de nosotros porque no podía, porque se lo prohibían, por miedo. Tal vez fue cierto los primeros tiempos, pero después, en seguida, sencillamente fuimos borrados del mapa”.

Perdimos. No lo admití hasta ahora que regresé. Creía que, a pesar de todo, quedaba vivo nuestro recuerdo, nuestro rastro; que la gente no hablaba, no escribía acerca de nosotros porque no podía, porque se lo prohibían, por miedo

Max Aub Escritor exiliado

Mercadal, sin embargo, comprendía en cierto modo la desmemoria de quienes no habían sufrido las torturas a las que fueron sometidos supervivientes y no supervivientes, como dejó plasmado en La Guerra Civil en Menorca (1936–1939): “Es hasta cierto punto lógico que las generaciones nacidas después de la guerra, que han crecido en contacto con la llamada sociedad consumista, se interesen poco a nada por conocer el pasado de horrores, sufrimientos y muerte que vivieron sus padres o abuelos. Sin embargo, día vendrá en el que los españoles, quizá todavía no nacidos, se interesarán por indagar lo que fue aquella confrontación y, para entonces, es preciso que existan testimonios fiables de lo acontecido”.

Por eso mismo, García Andújar recupera voces y e invita a reflexionar, estableciendo un paralelismo entre pasado y presente con el Mediterráneo como epicentro de la expulsión y la violencia. Unas circunstancias que corren en paralelo, como censuraba Bauman en su obra Extraños llamando a la puerta, a los “asombrosos éxitos electorales sin precedentes de partidos y movimientos xenófobos, racistas y chovinistas, y de sus patrioteros líderes”. Así acaba de suceder en Italia. Mientras tanto, nuevas oleadas de migrantes continúan cruzando el Mediterráneo en busca de un destino en el que, recriminaba el autor del concepto de la modernidad líquida, continuarán sometidos “al sufrimiento, la degradación y la ignominia” en medio de una sociedad “empeñada en marginarlos al tiempo que alardea de unas comodidades y una opulencia esplendorosas y sin precedentes”.

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