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La desesperación de los jóvenes unionistas alimenta los disturbios en Irlanda del Norte

Jóvenes se enfrentan a la policía en las protestas ocurridas en Belfast

Rory Carroll


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En la colina cubierta de hierba, el comandante de la cuadrilla es un colegial que solo da su nombre: Bob. Para él, todos los entresijos y acuerdos sobre la política, la vigilancia policial, el Brexit y el protocolo para Irlanda del Norte se pueden reducir a una sola cosa: su bando está perdiendo y eso tiene que terminar.

Su bando es el de los protestantes y unionistas, baluartes de la esencia británica en la Isla de Irlanda, y tienen la necesidad de reivindicarse, empezando con la rotonda de tráfico que hay al final de la calle O'Neill, en la localidad de Newtownabbey (al norte de Belfast).

Chamuscada y hecha jirones, una bandera británica ondea en un palo colocado en el centro de la intersección, testimonio de los tres coches robados que fueron quemados ahí durante esta semana de disturbios en Irlanda del Norte. Armados de piedras y botellas, Bob y su grupo de adolescentes la defenderán de cualquier policía que se atreva a intentar quitarla.

Según Bob, el Partido Unionista Democrático [DUP, por sus siglas en inglés] y otros partidos unionistas no están defendiendo la posición de Irlanda del Norte en Reino Unido: “Son unos inconscientes que no saben ponerse firmes, por eso hemos salido a la calle”.

En pocas palabras, por ese motivo han volado los cócteles molotov. Los unionistas de clase trabajadora se sienten olvidados y marginados y usan el caos para llamar la atención y presionar.

La atención ya la han conseguido. El órgano de cogobierno de la región organizó una reunión de emergencia; el secretario para Irlanda del Norte, Brandon Lewis, acudió a Belfast; Boris Johnson emitió un comunicado conjunto con Micheál Martin, su homólogo en la República de Irlanda; y la Casa Blanca ha expresado su preocupación.

Otra cosa es saber si servirá para hacer avanzar los intereses unionistas. Tanto los respectivos gobiernos como los partidos políticos han condenado los actos de violencia, en los que 55 policías han resultado heridos, calificándolos de injustificables y temerarios. La líder del DUP y primera ministra de la región, Arlene Foster, dijo que eran una vergüenza.

Pero Bob y los suyos, vestidos con oscuros suéteres de lana, capuchas y mascarillas, tienen su propia valoración política. Desde una perspectiva de política de suma cero, los unionistas salen perdiendo cuando se levanta una frontera comercial en el Mar de Irlanda y cuando en el funeral de un antiguo miembro del IRA los asistentes burlan las restricciones impuestas por la pandemia sin que la policía ni los fiscales los persigan.

“Somos parte de Reino Unido, pero están tratando de convertir a Irlanda del Norte en una Irlanda unida”, dice Bob, mientras sus lugartenientes asienten. Entre ellos, pocos han viajado al sur de la frontera: a solo unos 100 kilómetros de allí, la República de Irlanda es un territorio hostil y ajeno. Más alto y atrevido que los demás, Bob sí ha ido, para visitar el zoo de Dublín. Con eso fue suficiente.

En su opinión, el otro bando, “ellos”, está ganando. Dice que las patrullas policiales y las redadas por drogas en las urbanizaciones de Newtownabbey demuestran el sesgo de una policía en deuda con el pujante nacionalismo irlandés.

Según el relato unionista, todo empezó a deteriorarse tras el Acuerdo de Viernes Santo de 1998. En esa versión de los hechos, el acuerdo no fue un nuevo amanecer porque el Sinn Féin y sus aliados lo usaron para ir destruyendo poco a poco Irlanda del Norte, eliminando los símbolos de la monarquía, quitando del ayuntamiento de Belfast la bandera de Reino Unido y colocando señalización en gaélico.

Este año se cumple el primer centenario de la creación de Irlanda del Norte en 1921 y el número de católicos podría superar pronto al de protestantes. El Sinn Féin está a un paso de superar al DUP como partido principal y se habla de un referéndum sobre la unidad irlandesa.

Lo que esta visión derrotista pasa por alto es que el voto nacionalista irlandés se estancó en las últimas elecciones; que los nacionalistas tienen su propia lista de quejas; y que la fuerza política de más rápido crecimiento en Irlanda del Norte corresponde a un centro, no alineado, que huye de las etiquetas naranja (unionista) y verde (nacionalista irlandés).

Bob es categórico: los unionistas se han convertido en ciudadanos de segunda clase. “Tienes a la policía tratando a los protestantes como si fueran una mierda y a los católicos como ciudadanos de clase alta; la policía nació protestante y debería seguir siendo protestante”, dice. Tres agentes de policía, dos hombres y una mujer, suben a la colina y Bob se burla de ellos. “Hola, señoritas”, dice.

Unionistas de mayor edad, como el músico jubilado John Scott (61), no montan barricadas pero creen que las protestas sirven para algo. Dice que Johnson traicionó a los unionistas con el Brexit igual que los anteriores ocupantes de Downing Street traicionaron al baluarte más británico que hay en todo el Reino Unido. “Puede ayudar a que los políticos muevan el culo”, dice sobre las protestas. “De vez en cuando, el primer ministro necesita una bofetada en los morros, sea quien sea”.

Violencia organizada

Honestidad brutal, tal vez, pero estas revueltas tienen algo turbio. Entre los jóvenes lanzando proyectiles hay hombres de mediana edad y eso hace pensar en elementos paramilitares dirigiendo la violencia. “Nos avisan cuando va a pasar algo, nos avisan para que podamos cerrar a tiempo”, dice el dueño de una tienda en Newtownabbey, donde la Asociación de Defensa del Ulster tiene mucho peso. Ante la pregunta de quiénes son esos que les avisan, sonríe: “No puedo decir más”.

Hay quien ve la mano del DUP detrás de los disturbios. El argumento es que están tratando de desviar la atención de la responsabilidad que tuvo el partido en la creación de la frontera del Mar de Irlanda para dirigir la ira unionista hacia la policía: el partido exigió la dimisión del comisario por lo ocurrido durante el funeral del exmiembro del IRA Bobby Storey.

“Lo que estamos viendo aquí esta noche es el resultado de la crisis del unionismo”, dijo el miércoles por la noche Matt Collins, concejal en Belfast del partido People Before Profit. Mientras hablaba, el humo se elevaba sobre la unionista calle de Shankill, donde los alborotadores habían incendiado un autobús robado. “Como no han conseguido nada para su comunidad de la clase trabajadora, recurren al sectarismo”.

La crítica de Patrick, un católico de 63 años empleado en el Ayuntamiento, es más directa. “Los unionistas estaban acostumbrados a salirse con la suya y ahora que ya no se salen con la suya se quejan como niños mimados”.

Según Peter Shirlow, director del Instituto de Estudios Irlandeses en la Universidad de Liverpool y una autoridad en unionismo irlandés, muchos unionistas de la clase trabajadora interpretan los compromisos inherentes al Acuerdo de Viernes Santo como una concesión, una rendición, una erosión gota a gota de la soberanía. “Les dicen una y otra vez que el otro bando está ganando”.

En los hechos, dice Shirlow, la mayoría de las zonas deprimidas de Irlanda del Norte eran católicas y las comunidades unionistas presumían de historias de éxito. “La gente dice que los unionistas han sido abandonados, ¿pero abandonados por quién? Tienen sus propios problemas, pero como cualquier otra comunidad de clase trabajadora”.

El momento de mayor tensión se dio la semana pasada en Belfast, en el cruce del orwelliano muro de la paz de Lanark Way que separa a los barrios. Jóvenes de la unionista calle de Shankill y jóvenes de la nacionalista irlandesa calle de Springfield protagonizaron un bombardeo aéreo de piedras, botellas y cócteles molotov. En un momento dado, la verja se incendió y se abrió un agujero, con intrusos moviéndose brevemente en territorio enemigo, burlándose y arrojando proyectiles.

Con la luz de la mañana, en una pared todavía podía leerse un mensaje borroso y descolorido que parecía de otra época: “Nunca hubo una guerra buena ni una paz mala”. En Irlanda del Norte pocos considerarían al conflicto norirlándes, durante el que murieron 3.700 personas, como una guerra buena. El problema son los que se quejan de una paz imperfecta porque olvidan la alternativa o porque nunca la conocieron.

Traducido por Francisco de Zárate.

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