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ANÁLISIS

Por qué los diplomáticos occidentales son prudentes a la hora de predecir el fin del régimen iraní

Un grupo de manifestantes protestan en Londres el 13 de enero contra el gobierno de Irán.
15 de enero de 2026 22:31 h

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Cuando se les pide que pronostiquen si están apareciendo grietas en la cúpula del Estado iraní que puedan indicar que los días del ayatolá Alí Jameneí como líder supremo están contados, los diplomáticos occidentales adoptan un gesto grave, quizá recordando uno de los mayores desastres colectivos de la diplomacia occidental.

Antes de la caída del sah de Irán, en enero de 1979, los diplomáticos destinados en Teherán enviaban telegramas a sus capitales en los que aseguraban que el poder de Mohammad Reza Pahlavi estaba totalmente a salvo. La Agencia de Inteligencia de Defensa de EEUU, por ejemplo, informó en septiembre de 1978 de que todo apuntaba a que el sah “seguiría en el poder de forma activa” durante los 10 años posteriores. Un informe del Departamento de Estado sugería que “el sah no tendría que dimitir hasta 1985 como muy pronto”.

El entonces embajador de Reino Unido en Teherán, sir Anthony Parsons, envió un mensaje al Ministerio de Asuntos Exteriores de su país, en mayo de 1978, en el que decía: “No creo que exista un riesgo grave de derrocamiento del régimen mientras el sah esté al mando”.

Tiempo después, Parsons escribió un libro autocrítico en el que se preguntaba si, como embajador británico, podría “haber previsto que las fuerzas de la oposición al sah —la clase religiosa, los comerciantes, los estudiantes— se unirían para destruirlo”. Llegó a la conclusión de que su incapacidad para predecir un acontecimiento que comparó en importancia con la Revolución Francesa no se debió a la falta de información, sino a no haber sabido interpretarla correctamente.

Este movimiento aún no es nacional. Hay mucha gente indecisa que está tratando de averiguar qué camino seguir

Ray Takeyh Investigador principal sobre Oriente Medio en el Council on Foreign Relations

La experiencia de 1979 supone que los análisis de inteligencia que ahora se escriben en las embajadas occidentales comiencen con una advertencia y probablemente terminen con un signo de interrogación.

Por el contrario, los expertos académicos en Irán no ven hoy en día muchos indicios del tipo de deserciones masivas del régimen que anuncia Reza Pahlavi, hijo del antiguo sah. Recientemente, afirmó que 50.000 oficiales del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica se estaban preparando para desertar, una afirmación que desde entonces ha tenido que corregir.

Vali Nasr, autor del libro Iran’s Grand Strategy (La gran estrategia de Irán), señaló al Council on Foreign Relations (CFR), un think tank estadounidense: “No hay indicios de deserciones dentro del régimen ni de que este se haya fracturado de ningún modo. No estoy seguro de que el equilibrio de fuerzas esté necesariamente del lado de los manifestantes. Las multitudes ganan cuando el otro bando se derrumba”.

Ray Takeyh, investigador principal de estudios sobre Oriente Medio en el CFR, comparte este análisis y afirma: “Este movimiento aún no es nacional. Hay mucha gente indecisa que está tratando de averiguar qué camino seguir. Tendrían que sentir cierto grado de inmunidad para atreverse a hacer lo que hicieron en 1978”.

La respuesta represiva supera a la autocrítica

Es cierto que, antes de la represión y de que comenzaran las amenazas del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, empezaban a verse indicios de diferencias sobre cómo gestionar la crisis. Por ejemplo, entre el presidente reformista, Masoud Pezeshkian, y el jefe del Poder Judicial, Gholam-Hossein Mohseni-Eje'i.

El tercer día de las protestas, Pezeshkian dijo: “No persigáis a EEUU ni culpéis a nadie... Somos nosotros quienes debemos gestionar adecuadamente nuestros problemas; somos nosotros quienes debemos encontrar la manera de resolverlos”. Incluso el domingo, después de que comenzara la represión, declaró a la televisión estatal: “Hemos escuchado a los manifestantes y hemos hecho todo lo posible por dar respuesta a sus problemas”.

El presidente de Irán, Masoud Pezeshkian.

A medida que las protestas se extendían y radicalizaban, la estrategia de autocrítica de Pezeshkian y de legitimación de las protestas fue perdiendo terreno frente a quienes sostenían que se trataba de una crisis de seguridad nacional. Los opacos centros reales de poder en Irán —el líder supremo de 86 años, la Guardia Revolucionaria y el Consejo Supremo de Seguridad Nacional— decidieron claramente que la autocrítica debía terminar. Que se sepa, nadie en la cúpula del Gobierno discrepó.

Fue significativo que la principal figura que se dirigió a la multitud en la plaza de la Revolución de Teherán el lunes no fuera Pezeshkian, sino Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento y excomandante de la Guardia Revolucionaria. Ghalibaf amenazó con incendiar la región, una clara advertencia de que, si Irán era atacado, el régimen consideraría las bases estadounidenses en países como Qatar como objetivos legítimos. Por el contrario, el ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, ha pasado 18 meses tratando de fortalecer las relaciones con Doha, El Cairo y Riad.

Mohammad Ali sahbani, el respetado director del sitio web Amwaj, ha señalado que, históricamente, en Irán las protestas habían llevado a un reequilibrio del régimen a favor de la represión. El jefe del Poder Judicial, por ejemplo, pide ahora un castigo rápido para los alborotadores.

Algunas de las figuras más experimentadas de la Guardia Revolucionaria iraní, incluido su jefe, Hossein Salami, murieron en los ataques de Israel en junio, pero su cultura y su forma de entender el poder persisten. Es cierto que la facilidad con la que Israel llevó a cabo esa decapitación en junio hizo que la Guardia Revolucionaria perdiera parte de su prestigio en la sociedad, pero la nueva generación de dirigentes nombrados rápidamente por el líder supremo sale del mismo molde ideológico.

Además, las figuras de alto rango del Gobierno se han mantenido cohesionadas hasta ahora en torno al mensaje de que las fuerzas de seguridad no tuvieron más remedio que enfrentarse a una insurrección inspirada por Israel.

Hay quienes admiten en privado que esta es una forma de gobernar insostenible y que los problemas de fondo deben abordarse, incluso si las reformas implican enfrentarse a los bancos y al dominio de la Guardia Revolucionaria sobre la economía

La violencia que se desató en Irán el jueves y el viernes pasados se está presentando como los días 11 y 12 del ataque estadounidense-israelí de junio. Puesto que los periódicos están fuertemente censurados o son inaccesibles, muchos iraníes no pueden acceder con facilidad a las versiones alternativas que cuestionan el relato oficial, salvo a través del boca a boca.

Pero si se confirma que han muerto más de 2.000 personas, la represión habría sido muy superior en escala a la de las convulsiones anteriores.

Se percibe una sensación palpable de conmoción entre los miembros del Gobierno. También hay quienes admiten en privado que esta es una forma de gobernar insostenible y que los problemas de fondo deben abordarse, incluso si las reformas implican enfrentarse a los bancos y al dominio de la Guardia Revolucionaria sobre la economía. Son estas reformas económicas las que desafían a la élite iraní y las que pueden crear una verdadera división en la cúpula del Gobierno, razón por la cual siempre se han ido posponiendo.

Takeyh alerta de que el statu quo ya no es sostenible: “El régimen ha creado un ciclo, porque las causas subyacentes del descontento —la mala gestión económica, la corrupción, los desastres de la política exterior que han costado miles de millones y la falta de oportunidades— no pueden ser abordadas por el régimen”.

De una forma u otra, una vez que termine el duelo, será necesario abordar este callejón sin salida.

Traducción de Emma Reverter.

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