“Lo que más teme Trump es que lo etiqueten como un perdedor”
Ni primera entrevista con Mark Singer es el martes posterior a la Convención Nacional Republicana, que acabó con un discurso de Donald Trump que Singer define adecuadamente como “demencial”. Es un panorama desalentador. Singer dice que la candidatura de Trump es “lo más triste y lamentable que he visto en este país. He sido testigo de asesinatos y guerras terribles, pero lo que ha llevado a esta situación… es un cúmulo de emociones negativas. Si elegimos a ese hombre, será el final de muchas cosas. No sé cómo ha ocurrido. Quizá termine con un susurro. Sólo espero que no sea con una explosión”.
Singer, que nació en 1950, es columnista del New Yorker desde 1974 (“no me han dado motivos para dejarlo”, me dice mientras nos sentamos en la terraza de una cafetería que está cerca de su casa, en el Upper East Side de Manhattan). En 1996, Tina Brown, su director de entonces, le encargó que escribiera un perfil de Donald Trump con estas palabras: “Es un completo idiota. ¡Te va a encantar!”.
Tras varios meses de inmersión en su mundo, cuyo momento culminante fue una delirante reunión de Trump y el general ruso Aleksandr Lebed –donde el primero enseñó al segundo un zapato que le había regalado Shaquille O’Neal– Singer escribió un texto de 10.000 palabras que dejaban patente su narcisismo, superficialidad e hipocresía con el que ahora el mundo está tan alarmantemente familiarizado. La semblanza concluía con la afirmación de que Trump había “anhelado y conseguido el mayor de los lujos: vivir sin que nadie le moleste”.
Obviamente, las afirmaciones de Singer no fueron del agrado de Trump, quien lo criticó en su libro Trump: the Art of the Comeback, en una carta dirigida al New York Times (“no se puede decir que tenga mucho talento”) y, por último, en una airada carta donde afirmaba: “Mark, eres un perdedor. Y tu libro (y tus textos) es horrible”.
Las dos últimas frases están orgullosamente impresas en la contraportada del último libro de Singer, Trump and Me, una revisión de la semblanza de 1996 a partir de la campaña presidencial de Trump. El demostrado humor de Singer y la ridiculez congénita de Trump lo convierten en una obra muy divertida, aunque la posibilidad de que Trump llegue a ser presidente no tiene tanta gracia, teniendo en cuenta el odio que ha desatado. “Tengo miedo; todo el mundo lo tiene –afirma Singer–. Si Hillary Clinton gana, habrá tantos suspiros de alivio que podríamos tener una crisis por exceso de dióxido de carbono. Hasta los árboles se alegrarán.”
Singer afirma que Trump es “el más descarado… no sé, tiene que haber una palabra más dura que ‘hipócrita’”. Le desespera que algunos votantes, escandalizados por las revelaciones de WikiLeaks sobre los intentos de Clinton por perjudicar a Bernie Sanders, lleguen a la conclusión de que la candidata demócrata es más deshonesta que Trump. “Dan ganas de volarse la tapa de los sesos. O de volver atrás, localizar al paciente cero y preguntarse: ¿cuándo dejamos de apoyar la educación pública en este país? ¿Cómo es posible que ya no se entiendan ni la Constitución ni el equilibrio de poderes? Trump dice que adora a la gente sin estudios. No me extraña.”
Singer culpa a Internet y a Fox News de lo que, en su opinión, es un creciente desprecio de la verdad, pero reconoce que el ascenso de Trump no se debe sólo a los racistas y xenófobos, estimulados por sus promesas de expulsar a los mexicanos y musulmanes, sino también al aumento de la desigualdad, con dos grandes partidos que, esencialmente, han abandonado a grandes sectores de la población estadounidense.
A pesar de ello, no quiere creer que Trump pueda ganar. “Imagina que es 9 de noviembre del año 2016. Te despiertas, miras un periódico y ves que Donald Trump ha ganado las elecciones. No impondrá la ley marcial de inmediato, y tampoco limitará la Primera Enmienda (sobre la libertad de expresión) ni cerrará las fronteras inmediatamente, porque no puede hacer nada hasta el 20 de enero… que será el principio de una serie de anni horobili sin parangón.”
Singer cita el reciente obituario de la tía de un amigo, que terminaba así: “Fallecida por las complicaciones derivadas de un fallo cardíaco y de las elecciones presidenciales del 2016”. De hecho, cree que “muchas personas que estaban resistiendo van a rendirse, y que muchos los van a envidiar”.
“La quintaesencia de Trump”
Una semana más tarde, las cosas han cambiado notablemente. Trump se ha derrumbado en las encuestas, gracias sobre todo a su típicamente impetuosa y políticamente suicida decisión de criticar a Khizr y Ghazala Khan, los padres del capitán Humayun Khan, que murió en la guerra de Irak. Durante la Convención Nacional Demócrata, Kahn pronunció un discurso en el que dijo, refiriéndose a Trump: “Usted no ha sacrificado nada”. La afirmación era tan evidente como devastadoramente real, pero Trump cometió la estupidez de contestar en la cadena ABC: “Yo diría que he hecho muchos sacrificios”.
“Casi sentí vergüenza del género humano –me dice una semana después, en conversación telefónica–, no me siento parte de la misma humanidad a la que pertenece.”
Singer afirma que el episodio de Khan “es la quintaesencia de Donald Trump” y menciona que hasta el propio Bill O’Reilly, un comentarista derechista que, desde su punto de vista, se dedica a “lanzar bombas”, dijo a Trump en su programa de Fox News que no se puede criticar a la madre de un héroe. “Trump le dio la razón, pero añadió con toda tranquilidad que no la criticó, y que fue él quien sufrió un ataque feroz. Sus declaraciones demuestran que miente a sabiendas.”
Trump parece estar perdiendo los papeles. “No sale de su asombro. Cae en picado porque su ego no admite ninguna clase de discrepancia. Su propio partido le está diciendo: ‘Tío, cierra la boca. No sigas así’. Son gente como Rudy Giuliani y Newt Gingrich, que no se parecen nada a Nancy Pelosi. Trump los escucha, pero sigue a lo suyo y, al día siguiente, vuelve a hacer lo mismo”.
Su actitud temeraria ha llevado a muchos analistas a preguntarse si sufre algún tipo de enfermedad mental. La semana pasada, Singer compartió un apasionante debate en The Last Word With Lawrence O’Donnell (MSNBC) con el doctor George Simon, un psicólogo que se describe en su página web como “destacado experto en manipuladores y otros perturbados”. El desorden narcisista de la personalidad se determina a partir una lista de alrededor de doce síntomas, que incluyen factores como “el sentido exagerado de la importancia personal” y “la falta de empatía”. A partir de cinco síntomas, se considera que la persona en cuestión es un enfermo. Y, por lo visto, Trump tiene la lista entera.
“Su enfermedad mental se ha convertido en el principal tema de conversación”, continúa Singer, quien admite que hacer un diagnóstico a distancia tiene connotaciones éticas dudosas, empezando por la posibilidad de que la comparación con Trump contribuya a aumentar la exclusión de las personas que sufren ese desorden. “Es extremadamente injusto para ellos.”
Singer dice que la presunta enfermedad mental de Trump no basta para explicar su comportamiento. “Cuesta creer que alguien tenga tal grado de torpeza, ceguera, crueldad y ausencia absoluta de conciencia de sí mismo. Pero está acabado. Todo eso ha salido a la luz, y los periódicos abren ahora sus ediciones con la actitud que tomará su partido. Evidentemente, tienen que hacer algo. Sólo han pasado quince días desde la convención, y casi han perdido las elecciones.” El lunes pasado, Singer le apostó a Jane Mayer, una compañera del New Yorker, que Trump no durará más de dos semanas. “El coche ha saltado por los aires de forma tan clara que cualquiera se da cuenta.”
A Singer no le sorprende que, tras la caída de popularidad, Trump haya pasado a decir que las elecciones están amañadas. “Está en el libro –afirma–. Lo que más teme de todo es que lo etiqueten como un perdedor. Por eso necesita una excusa.”
Singer opina que los debates son el gran reto de Trump a corto plazo; o, más exactamente, cómo evitar los debates. Trump ha demostrado muchas veces su ignorancia en cuestiones de política internacional; por ejemplo, declaró hace poco que Rusia no invadiría Ucrania, aunque los soldados rusos ocuparon Crimea hace dos años. “Es ignorante por decisión propia y por temperamento. Estamos hablando de una persona que se jacta en estos términos: ‘Yo sé más de ISIS que los generales’. Su partido conocía perfectamente esta frase cuando lo eligieron. Es lógico que yo no les tenga mucha simpatía. Pero la batalla ha terminado.”
Sin embargo, los acontecimientos se han desencadenado con tanta velocidad a lo largo del año que Singer se cura en salud: “Me debería morder la lengua antes de afirmar ese tipo de cosas. El riesgo es demasiado alto.”
Para Singer, Trump es el político más transparente que ha habido nunca. “Sólo se representa a sí mismo, de todas las maneras posibles, en todas sus poses.” De hecho, afirma que uno de los motivos que lo llevaron a publicar el libro fue su enfado con los periodistas que apoyaban las ambiciones presidenciales de Trump porque era bueno para el índice de audiencia. “Ese tipo de periodistas no comprenden el concepto de falsa equivalencia, aunque ni siquiera se puede decir que sea aplicable a lo de Trump… era un simple juego donde los famosos [y él] consumían todo el oxígeno. Yo estaba seguro de que Trump no tenía intención de ganar. Me parecía obvio. Y mire dónde estamos.”
La candidatura de Trump ha sido una experiencia agotadora para muchos estadounidenses. Nadie puede hacer caso omiso, y Singer, menos que nadie. “Anoche, mientras veía la MSNBC, me di cuenta de que me he convertido en adicto. Estuve delante del televisor hasta las once en punto. Soy un yonqui, y he desarrollado la imperiosa necesidad de intervenir.”
Su afirmación lo lleva a reflexionar sobre otro problema: el de los miembros del Partido Republicano que creen que podrán intervenir de alguna forma. “Me parece una idea de lo más hilarante. Deben de ser los últimos optimistas de Estados Unidos”. En su opinión, las personas como Trump no tienen tratamiento. “Son incurables”, dice.
Traducción de Jesús Gómez Gutiérrez