La victoria electoral de Netanyahu condena a Israel a un callejón sin salida
Una vez más, Benjamin Netanyahu ha conseguido dar la vuelta a las encuestas y proclamarse como vencedor de las elecciones legislativas de Israel catapultando al Likud como la fuerza más votada a una amplia distancia de su más directo rival: el Yashar del general Gadi Eisenkot. Si bien es cierto que su coalición no ha alcanzado los 61 escaños necesarios para gobernar, también lo es que ha superado con creces al frente anti-Netanyahu, lo que condena a Israel a una situación de parálisis.
El gran derrotado, se mire como se mire, ha sido Eisenkot, al que todas las encuestas daban como ganador indiscutible. Su principal error ha sido plantear las elecciones como un referéndum sobre la gestión de Netanyahu tras los ataques del 7 de octubre, ya que una abrumadora mayoría de la sociedad israelí respalda la destrucción sistemática de la Franja de Gaza y la colonización intensiva de Cisjordania, así como la guerra sin cuartel contra el régimen iraní y los eslabones de su Eje de la Resistencia: Hamás, Hezbolá y los hutíes. Los resultados evidencian que el electorado ha comprado su discurso de que Israel está librando una guerra existencial en múltiples frentes en la que está en juego su propia supervivencia, lo que requiere otorgar un cheque en blanco a Netanyahu y militarizar la sociedad para convertirla en una nueva Esparta.
El principal éxito del Likud ha sido atraer el voto útil, lo que ha penalizado a los partidos supremacistas Poder Judío y Sionismo Religioso, que se han quedado en 13 escaños, muchos menos de los que les auguraban las encuestas. No es que el electorado haya decidido penalizar las soflamas genocidas y los llamamientos a la limpieza étnica de sus líderes Itamar Ben Gvir y Bezalel Smotrich, sino que ha preferido concentrar el voto en la figura de Netanyahu que ha asumido buena parte de sus postulados. Con los resultados sobre la mesa parece evidente que existe un amplio consenso sionista en torno a la necesidad de profundizar la política de hechos consumados y la colonización de los territorios palestinos para imponer por la fuerza de las armas un Gran Israel entre el río Jordán y el mar Mediterráneo.
La resiliencia de Netanyahu
Los resultados demuestran que el bloque anti-Netanyahu ha subestimado la capacidad de resiliencia del líder del Likud, el dirigente más longevo de la historia israelí que ha sido capaz de gobernar, contra viento y marea, durante más de 20 años en un escenario internacional sumamente complejo. Tras las elecciones ha quedado claro que nunca debe venderse la piel del oso antes de cazarlo. La única posibilidad que tiene Eisenkot para formar gobierno pasa por aliarse con los partidos árabes, cuyo fulgurante ascenso ha sido la principal sorpresa de las elecciones. La Lista Conjunta –integrada por Hadash, Taal y Balad– se ha convertido en el tercer partido más votado por detrás del Likud y Yashar obteniendo 12 de los 120 escaños de la Knesset, mientras que el islamista Raam ha logrado seis escaños.
La amplia movilización de los palestinos de Israel ha llevado a los partidos árabes a alcanzar los mejores resultados de su historia, lo que les convierte en un elemento clave de cara a garantizar la gobernabilidad de Israel. El elevado porcentaje de participación de las comunidades árabes debe interpretarse no sólo como un voto de castigo contra el genocidio en Gaza y el apartheid en Cisjordania, sino también como una llamada de atención por el abandono de las zonas árabes, donde el crimen organizado campa a sus anchas. Aunque los palestinos de Israel han sido considerados tradicionalmente ciudadanos de segunda categoría y excluidos de las coaliciones de gobierno, el hecho de contar con 18 de los 120 escaños de la Knéset les convierte en un actor clave, aunque está por ver si Eisenkot está dispuesto a pagar el peaje que supondría su incorporación al gobierno de coalición.
Aunque el Likud haya sido el partido más votado y el bloque pro-Netanyahu se haya impuesto a la oposición se ha quedado lejos de los 61 escaños que le dan la mayoría en la Knéset, por lo que sus reducidas posibilidades de revalidar la coalición gobernante pasan necesariamente por atraerse el respaldo de alguno de los partidos del frente opositor
Debe tenerse en cuenta que, tradicionalmente, los partidos árabes han sido excluidos de las coaliciones de gobierno, en las que sólo han participado partidos judíos de corte sionista. De hecho, durante la campaña electoral, el Likud intentó impedir que pudieran presentarse a las elecciones, aunque finalmente el Tribunal Supremo lo permitió. La Ley del Estado-nación de 2018 consagró a Israel como un Estado etnocrático judío en el que los dos millones de palestinos tenían difícil encaje al no comulgar con el proyecto sionista. En plena jornada electoral, Netanyahu cargó de nuevo contra la población árabe al señalar: “Los partidarios de los Hermanos Musulmanes están asaltando los colegios electorales y robando las elecciones”. Tras conocerse los resultados, el primer ministro advirtió a Eisenkot de que “está prohibido poner en peligro a Israel y formar un gobierno que dependa de partidos árabes antisionistas”.
Bloqueo
Así las cosas, la actual aritmética electoral convierte la formación de una coalición de gobierno en una misión prácticamente imposible y condena a Israel al bloqueo político. Aunque el Likud haya sido el partido más votado y el bloque pro-Netanyahu se haya impuesto a la oposición se ha quedado lejos de los 61 escaños que le dan la mayoría en la Knéset, por lo que sus reducidas posibilidades de revalidar la coalición gobernante pasan necesariamente por atraerse el respaldo de alguno de los partidos del frente opositor: Yisrael Beiteinu de Avigdor Lieberman o Beyahad de Yair Lapid y Naftali Bennett. Netanyahu tiene 42 días para lograrlo.
Si no lo consigue, todavía le queda jugar la carta de un gobierno de coalición entre el Likud y Yashar en el que sus principales dirigentes se alternen en el puesto de primer ministro. Esta fórmula permitiría hacer frente a un contexto internacional adverso en el que Israel parece cada vez más aislado por sus políticas genocidas y también reducir la dependencia de las formaciones supremacistas. De lograrlo daría un balón de oxígeno a un Netanyahu asediado por sus problemas con la justicia y sería un trago amargo para Eisenkot, que se presentó a las elecciones como un candidato honesto que había venido a poner fin a las artimañas del actual primer ministro.
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