Mapas para navegar el colapso

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Cuando el mundo parece deshacerse en pedazos desconectados —el odio que se normaliza en redes, la política que se reduce a guerra tribal, la justicia que aplica dobles raseros—, volver la vista a quienes ya pensaron el desmontaje de la humanidad no es un acto de erudición, sino de urgencia. Hoy, esa capacidad de sostener la incertidumbre se pone a prueba constantemente. Tal vez por eso algunos pensadores del siglo XX, desde sus propias trincheras de exilio, persecución o lucha anticolonial, dibujaron mapas tan precisos de los mecanismos del poder, el miedo y la deshumanización, que leerlos hoy produce un escalofrío de reconocimiento. No predicen el futuro: iluminan las constantes que se suceden cotidianamente. Sus ideas ofrecen claves para entender por qué, cuando todo parece nuevo, en realidad estamos repitiendo patrones viejos con ropaje digital.

Uno de ellos es Paul Gilroy, un sociólogo británico de origen caribeño que dedicó su obra a desmontar la idea de raza. Demostró que no es un hecho biológico —la genética lo confirma— sino una tecnología política, una herramienta inventada para justificar la jerarquía y la explotación. Su batalla contra lo que llamó absolutismo étnico, la creencia en culturas puras y aisladas, resuena como un trueno en nuestro presente. Cuando hoy un tuit convierte el jamón en prueba de españolidad, o habla de esencia nacional amenazada por invasiones, no estamos ante un debate sobre tradiciones. Estamos ante la misma lógica descrita por Gilroy: la construcción de un nosotros que necesita un ellos para existir. La raza biológica ha sido desacreditada, pero la matriz racial —clasificar, jerarquizar, excluir— se recicla en ropajes culturales con idéntica eficacia letal.

Para entender la ansiedad que alimenta esa búsqueda de enemigos, resulta indispensable Zygmunt Bauman, un sociólogo polaco que sobrevivió al Holocausto y dedicó su vida a analizar la fragilidad moderna. Acuñó el término modernidad líquida para describir un mundo donde lo sólido —el empleo estable, las comunidades duraderas, las identidades fijas— se derrite. En ese vacío, el miedo se privatiza: es una angustia que cada cual gestiona en soledad. Nuestra crisis del tiempo suspendido —generaciones enteras que no pueden proyectar una vida estable por la precariedad y la vivienda inalcanzable— es el paisaje perfecto para esta profecía. Como Bauman anticipó, esa ansiedad líquida no se dirige hacia causas complejas (la financiarización, la globalización asimétrica), sino que busca chivos expiatorios sólidos: el inmigrante, el diferente. Los proyectos políticos que triunfan hoy no son los que ofrecen soluciones a la liquidez, sino los que venden fortalezas identitarias: la nación como bunker, la tradición como muralla. Ofrecen, sobre todo, la certeza emocional de pertenecer a un club exclusivo en un mundo que te hace sentir insignificante.

Pero, ¿cómo se decide quién merece protección dentro de ese club y quién queda fuera? Aquí las obras de Judith Butler, filósofa estadounidense, y Frantz Fanon, psiquiatra y revolucionario martiniqués, son iluminadoras. Butler preguntó: ¿qué hace que una vida sea llorable y otra desechable? ¿Qué marcos sociales determinan qué muertes nos conmueven y cuáles normalizamos? ¿Por qué la prensa nos da el nombre de unas víctimas y no de otras? Fanon, desde su experiencia en Argelia colonizada, diseccionó el gesto fundamental del opresor: despojar al otro de humanidad, reducirlo a una categoría (el árabe, el negro) para poder dominarlo sin culpa. Se debate con vehemencia la presunción de inocencia de un hombre acusado de violencia machista, mientras se normaliza la detención sin juicio de un migrante en un CIE. Nos conmovemos con una tragedia cercana y normalizamos un bombardeo lejano. La desnudez reductora que sufren hoy inmigrantes, pobres o disidentes —convertidos en cifras, vagos o traidores— es el mismo gesto analizado por Fanon: borrar la biografía del otro para justificar su exclusión.

Este proceso no sería tan eficaz sin la capa más invisible y poderosa: la que describió Pierre Bourdieu, sociólogo francés. Él la llamó violencia simbólica: la imposición de categorías de pensamiento que hacen que el mundo injusto parezca natural. Es el poder que no necesita golpear, porque convence a la gente de que su lugar en el escalón más bajo es merecido. La gramática del odio que hoy inunda discursos y redes no es más que esa violencia hecha carne. Cuando un chiste xenófobo se comparte como humor o se estigmatiza al pobre como vago por sistema, se está ejerciendo una violencia simbólica. Y cuando esa violencia se viste de sentido común —cuando deja de percibirse como violencia—, el camino hacia la violencia física ya está allanado. Bourdieu nos recuerda que la batalla decisiva a menudo no es la de las leyes, sino la de las categorías: quién define lo normal, lo legítimo, lo amenazante.

Estos mapas son poderosos, pero necesitan ser traducidos. Construidos desde la biblioteca y la panorámica histórica, ganan un espesor distinto cuando se aplican al territorio concreto: a la España de hoy, a sus barrios periféricos, a sus crisis de convivencia cotidiana. Aquí se aprende que el racismo rara vez es biológico; es culturalista, nostálgico, y sobre todo digestivo: se absorbe sin esfuerzo en la sobremesa, en el grupo de WhatsApp, en el comentario que nadie rebate porque hacerlo costaría demasiado. Que esa parálisis no es solo un fenómeno de guerras lejanas, sino la experiencia del mileurista con tres trabajos que no puede proyectar su vida más allá del próximo recibo. Y, sobre todo, que la resistencia más eficaz no siempre es la gran movilización: a veces es el gesto microscópico e incómodo, la negativa a reír un chiste en la barra del bar, la interrupción del mantra tribal, el acto cotidiano de renombrar al otro como vecino y no como amenaza. Esa traducción no es una traición a los gigantes. Es el único modo de que sus ideas respiren. 

Dialogar con estos gigantes, entonces, es un acto de responsabilidad cívica. En un mundo intoxicado por discursos simples y odios prefabricados, sus marcos teóricos son herramientas de desescombro. Nos permiten ver que el presunto sentido común que nos rodea no es inocente, sino un campo de batalla donde se libra una guerra por nuestro miedo y nuestra lealtad. Que la rabia identitaria no brota de la nada, sino de una liquidez económica y existencial hábilmente explotada por arquitectos del resentimiento.

La tarea, por tanto, no es citarlos con solemnidad, sino usar sus lentes para mirar nuestro presente con mayor claridad y menos autoengaño. Es traducir sus ideas complejas al lenguaje de lo cotidiano y, a la inversa, elevar la rabia concreta del barrio al nivel de un análisis que revele sus resortes ocultos. Su legado más valioso es una invitación a dejar de ser esas personas que rehacen el mundo desde cero con cada prejuicio, y a elegir, en cambio, la labor más humilde y necesaria: aprender a nombrar con precisión los mecanismos que nos deshumanizan. Porque solo cuando identificamos con claridad los engranajes del odio, tenemos alguna posibilidad de desactivarlos. En ese trabajo titánico y cotidiano, los gigantes no caminan por nosotros, pero nos prestan la posibilidad de auparnos a sus hombros para ver, al menos, un poco más allá de nuestra corta cotidianidad.

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