Esas opiniones de las que usted me habla

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Se llaman opiniones. Se dicen en bares, se tuitean al calor de la última noticia, se susurran en corrillos como verdades que el sistema no quiere que sepas. Parecen inofensivas, descargas de frustración, ruido de fondo de una democracia cansada.

Pero la historia no es el relato de los hechos; es el rastro de las palabras que los hicieron posibles. Y en ese rastro, las palabras que hoy se escupen como sentido común tienen un eco viejo y terrible.

Siempre empieza igual: con un nosotros que sufre y un ellos que disfruta. Se habla de la gente de bien, de la España real, de la mayoría silenciosa a la que una minoría vociferante —extranjera, separatista, progresista— le roba el país, el trabajo, la tranquilidad. Vagos, corruptos, delincuentes..., los demás.

No se debate política; se custodia una esencia bajo asedio constante. El inmigrante ya no es una persona que huye de la guerra o la miseria; es una cifra que nos colapsa la sanidad, una sombra que nos quita la vivienda, un riesgo que amenaza a nuestras mujeres, como si no hubiesen sido amenazadas y agredidas históricamente por nosotros mismos. El independentista no es un adversario con argumentos; es un traidor, un anti-España. El que piensa distinto no es un conciudadano; es un enemigo de la patria, un útil de la conspiración global. Las palabras dejan de describir realidades para crear trincheras. Y en una trinchera, al que está al otro lado no se le convence; se le elimina.

La razón es la primera baja en este conflicto. Se desprecia el dato, se ridiculiza el matiz, se celebra el grito. Lo importante ya no es lo que es verdad, sino lo que se siente y se vive como verdad. Si las estadísticas demuestran que la inmigración no colapsa servicios ni dispara la criminalidad —datos del INE y del Ministerio del Interior—, es que las estadísticas mienten.

Si los jueces investigan a un líder propio, es que la justicia está politizada. No es que no existan casos de justicia politizada, pero nos quedamos solo con los que nos interesan.

Se construye así una realidad paralela, cerrada, impermeable, donde la única autoridad es la del que grita más fuerte y promete restaurar un orden mítico, una España homogénea y gloriosa que solo existe en el deseo y en el resentimiento. En este relato, emerge con fuerza la leyenda de los que viven de las paguitas: el parado que no quiere trabajar, el inmigrante que viene a cobrar subsidios. 

Se omite, sin embargo, que la principal partida del gasto social en España son las pensiones contributivas, que concentran el grueso de los recursos muy por encima de las ayudas asistenciales. Se omite que los técnicos del Ministerio de Hacienda llevan años estimando que el fraude fiscal en España supera los 90.000 millones de euros anuales y que el grueso de esa evasión se concentra en grandes empresas y grandes patrimonios, no en los perceptores de rentas mínimas. Mientras se señala al pobre como vago, se silencia cómo bancos, grandes comercios y sectores empresariales —especialmente aquellos que más emplean mano de obra migrante en condiciones precarias— se benefician de subvenciones, rescates públicos y desgravaciones millonarias. 

Es el mismo mecanismo de chivo expiatorio que usó el nazismo: antes de Auschwitz, hubo una campaña feroz que identificó al judío como parásito económico, acusándolo de acumular riqueza mientras el pueblo alemán sufría. La retórica, aunque adaptada, es idéntica: crear un enemigo interno al que culpar del malestar, desviando la atención de los verdaderos centros de poder y desigualdad. 

Y es aquí, en este caldo de desprecio y mentira, donde nace el monstruo. Porque cuando el otro deja de ser humano —cuando es solo una categoría, un problema, una amenaza—, la violencia deja de ser un tabú para convertirse en una solución. Ya no es algo que horroriza; es algo que se empieza a entender. Se oye en los bares, al final de la tercera cerveza: a esos habría que echarlos a todos. Habría que darles una lección. Esto solo se arregla a hostias. En las redes, el anonimato quita el último filtro: deberían quemar ese centro de menores. Ojalá les caiga una bomba. Ya están esos cansos. Son solo cuatro. No son solo trolls; son vecinos, familiares, compañeros de trabajo, gente que, en otro contexto, podría parecer normal, sea lo que sea normal. Pero la gramática del odio ha hecho su trabajo: ha convertido la agresión en una fantasía aceptable, incluso deseable. La violencia ya no es el último recurso del desesperado; es la primera opción del enfurecido.

La política, entonces, completa el círculo. Ya no es el arte de lo posible, sino la guerra por lo puro. Los discursos ya no buscan sumar; buscan movilizar al propio feudo contra la amenaza exterior. Se habla de reconquista, de defensa, de limpieza. Las metáforas son bélicas porque el objetivo ya no es convencer, sino vencer. Y en una guerra, todo vale. La mentira es estrategia, la difamación es munición, la deshumanización es el entrenamiento básico. Lo vimos hace un siglo en Europa: primero se dijo que un pueblo era una plaga, luego un peligro, luego un cáncer que había que extirpar. 

Nadie saltó de la noche a la mañana a los campos de exterminio; antes hubo décadas de palabras que normalizaron la idea de que algunos seres humanos sobraban. Es el mismo mecanismo, ya visto en la historia, de transferencia del odio: el que se usó contra judíos o gitanos hoy se reactiva. Durante la pandemia, circularon mensajes acusando a migrantes de traer el virus. Ahora, los conflictos en Gaza o Irán sirven para que viejos estereotipos antisemitas muten en islamofobia: palestinos e iranís son insultados como terroristas por el mero hecho de existir, igual que antes se estigmatizó al gitano como delincuente y hoy al magrebí o latinoamericano como invasor. Quienes denuncian este odio —colectivos antifascistas, periodistas— son a su vez criminalizados: en 2023, varios activistas fueron imputados por desórdenes públicos tras protestar contra un acto de ultraderecha que llamaba a defender España de inmigrantes y rojos. La inversión es perfecta: el que señala la barbarie se convierte en el enemigo. Desgraciadamente, es solo un ejemplo.

Hoy, en España, casi nadie se atreve a proponer abiertamente campos, pero existen los CIE: centros de internamiento para personas extranjeras sin papeles, de carácter no penitenciario pero con régimen cerrado y custodia policial. El mecanismo es el mismo. Se empieza justificando la violencia verbal —es que hay que decir las cosas claras— y se termina normalizando la violencia física —algo habrán hecho, se lo han buscado—. Se empieza señalando a un grupo como problema y se termina viendo como legítimo que alguien tome cartas en el asunto

Cada pintada xenófoba, cada agresión a un migrante, cada patada a un homeless es la punta de lanza de un discurso que lo preparó. No son casos aislados: según los informes del Ministerio del Interior, las agresiones por racismo y xenofobia se han multiplicado en la última década, con picos tras discursos que identificaban al inmigrante como amenaza. En 2024, un hombre fue apuñalado en Valencia por parecer magrebí; meses antes, una mujer ecuatoriana fue golpeada en el metro de Madrid entre gritos de vete a tu país. La aporofobia —el odio al pobre— sigue la misma lógica: las denuncias por delitos de odio vinculados a la pobreza se han disparado más de un 30% en el último año, según el Ministerio del Interior y entidades como Hogar Sí. Muchos agresores repiten consignas escuchadas en medios: ocupan espacioson una plaga. Son los soldados rasos de una guerra que primero se ganó en las palabras, los tontos útiles, la infantería sacrificable.

El psicólogo social Harald Welzer, en su estudio sobre los perpetradores del Holocausto, documentó que la mayoría no eran monstruos ni fanáticos: eran personas normales que habían interiorizado, paso a paso, un lenguaje que hacía posible lo que antes era impensable. Su conclusión fue incómoda: el problema no era la maldad excepcional, sino la normalidad del proceso.

Por eso, cuando usted me habla de esas opiniones, no me hable de libertad de expresión. Hablemos de responsabilidad. Las palabras no son etéreas; construyen mundos. Y el mundo que se está construyendo con este lenguaje es un mundo de muros, de sospecha, de miedo y, al final, de sangre. La barbarie nunca llega de golpe. Llega poco a poco, disfrazada de sentido común, de humor negro, de patriotismo, de decir la barbaridad más gorda. Llega cuando cambiar de canal nos parece más fácil que cambiar de opinión, cuando el odio se viste de crítica y la cobardía se disfraza de pragmatismo.

El antídoto no es callar las opiniones. Es nombrar su consecuencia. Es recordar, cada vez que alguien suelta un habría que..., que en ese habría empieza todo. La distancia entre el insulto en redes y la pedrada en la calle es más corta de lo que creemos. Y que la única frontera que de verdad importa defender no es la de un territorio, sino la que separa las palabras que construyen comunidad de las palabras que excusan su destrucción.

Tras leer esto, puede que te replantees esas opiniones. O puede que no. Puede que sigas pensando que son solo palabras, que exagero, que el mundo es una jungla y hay que defenderse. Y en ese caso, amigo, no es que no lo sepas. Es que has decidido no saberlo. Y eso también es una elección.

Cada uno elige el lado de la historia en el que quiere haber estado.

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