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‘Anti-tour’ multitudinario en Lavapiés: el barrio sale a la calle contra la especulación y el turismo voraz

Carteles elaborados por los manifestantes contra la especulación en Lavapiés, Madrid

Víctor Honorato

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Una multitud de personas han recorrido esta tarde las calles de Lavapiés para protestar contra los excesos del turismo, la especulación inmobiliaria y el derecho a la vida en comunidad en este barrio popular que amenaza con convertirse en decorado urbano de postal. Siguiendo el esquema de un anti-tour turístico, los manifestantes, convocados por 40 organizaciones bajo el lema “Lavapiés al límite” han recorrido las calles deteniéndose en varios hitos de la transformación urbana en una marcha que ha sido a la vez reivindicativa y festiva.

El recorrido ha empezado en la propia plaza de Lavapiés, con gran despliegue de pancartas imaginativas, como la elaborado por Teresa Ortiz, vecina de 58 años: un cartón que representaba uno de los bloques en riesgo de conversión en edificio de pisos turísticos, representados sus inquilinos con recortes de revistas en los balcones, bajo la mirada aviesa del buitre inmobiliario que amenaza la armonía. Todo es “más AirBnb, más Airbnb, más Airbnb”, lamenta Ortiz, que ha visto como el alquiler le ha subido 150 euros en los últimos años, que hace cuentas a cada incremento del IPC a ver si puede seguir aquí o le toca ya mudarse. “Los comercios que abren cierran en un mes”, advierte. Peligra la tienda de barrio, invade el café llamado de especialidad.

Historia de la resistencia ante el turista futbolero

Las aceras de la calle Argumosa están colmadas de terrazas con turistas. Abundan las camisetas del Real Madrid, que hoy juega la final de la copa de Europa y es reclamo turístico. A alguno de los plácidos bebedores de cerveza de las mesas al aire se le tuerce la sonrisa cuando oye a los activistas del Sindicato de Inquilinas corear “boicot al turismo”. “¿Por qué protestan?”, pregunta. Le responden en la mesa que por el turismo, pero la realidad es mucho más amplia, como explican por el megáfono en una de las paradas de la comitiva. Es a la altura del número 11, donde la resistencia vecinal impidió durante varios años el desahucio de los inquilinos históricos tras la subida drástica de los alquileres. 

“Menos turistas y más vecinas”, reza una pancarta. Un hinchable define con ironía: “Libertá es votar a quien te echa de casa”.  El recorrido tuerce por la calle doctor Fourquet y por ahí va recordando Enrique, de 76 años, que cuando era niño Argumosa era una “muralla de ladrillos” por los lavaderos del hospital San Carlos, hoy museo Reina Sofía.

Enrique vivió casi toda su niñez en esta calle, trabajó en la tienda de frutos secos de su padre hasta que el negocio dejó de ser rentable, fue jefe de almacén en un periódico y hoy vive en un piso y alquila otro —lo heredó al fallecer su madre— a trabajadores. Se niega a entregárselo a los turistas. “Yo quiero estar feliz conmigo y con mi conciencia”, dice. Ha venido hoy “por solidaridad, que no se estila” y dice que lo que pierde al barrio es “la ambición”. Enrique dice que el problema de los pisos de la droga existe, pero que la “mano dura” de la policía no lo resuelve, aunque su hijo, que para su fastidio le ha salido del PP, le lleve la contraria.

“Ningún ser humano es ilegal”

“Ningún ser humano es ilegal”, gritan ahora los manifestantes, que reclaman que se relajen los procedimientos para el empadronamiento de migrantes, que piden que se reabra la piscina de Peñuelas que ha cerrado el Ayuntamiento, que se quejan de que no haya espacios verdes más allá de los que se esfuerzan en cultivar los propios residentes, como en el huerto urbano de “Esta es un plaza”. 

Ante las puertas del edificio okupado de Tabacalera, llegando ya a la glorieta de Embajadores, límite del barrio, y de nuevo hacia arriba por la calle homónima hasta La Canica, plagado de carteles que insisten en que “Lavapiés no se vende” la marcha sigue su curso, con pausas para el baile, con percusión constante a mitad del pelotón. El artista Txus Parras, que ha vivido en medio mundo y ha llegado al borde de la sesentena al Madrid de origen, avisa de que lo que sucede en Madrid pasa en medio mundo. Que en Berlín es igual, que en Vancouver también se repite. “Gente que se dedica a comprar por cuatro perras” mientras los gobiernos de turno aplauden en vez de proveer una “protección social”. Enfrente, en Lavapiés al menos, están hoy los vecinos.

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