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Los nombres de los fusilados por el franquismo en Madrid vuelven por un día al cementerio de la Almudena

Cientos de personas en el acto de este sábado en el cementerio de la Almudena, en Madrid.

Víctor Honorato

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El homenaje a los fusilados por el franquismo en el cementerio de la Almudena sigue emocionando y dejando sin palabras a Fernando Izquierdo, hijo de Fernando Izquierdo Montes, muerto a balazos en 1944 tras uno de aquellos procedimientos sin garantías de vencedores contra vencidos. El padre tenía 28 años, el pequeño Fernando, apenas cuatro. Hoy es octogenario y cuando al cierre del acto oye los acordes de guitarra de A Galopar, de Paco Ibáñez, interpretada por Juanjo Anaya, solo acierta a pasarle la mano por la espalda a su hijo, Patxi. Luego dice que no se siente capaz de hablar, pero que “a ver si es verdad” que después de las elecciones municipales de mayo gobierna la izquierda y se restituyen los nombres de los 2.937 asesinados en Madrid en la represión posterior a la Guerra Civil, eliminados del monumento memorial por el actual regidor, José Luis Martínez-Almeida, al poco de tomar posesión.

El acto se ha celebrado todos los años desde 2007, pero este es el primero desde la entrada en vigor de la Ley de Memoria Democrática. Este respaldo legal ha dado nuevas esperanzas a los descendientes de los fusilados, reunidos muchos en la agrupación Memoria y Libertad, para reclamar el estudio de los osarios históricos de la necrópolis y crear un centro de interpretación del franquismo. En el acto de este sábado, estas reivindicaciones se han expresado en el despliegue de una lona con el nombre de los fusilados sobre el monumento, acompañada de las fotografías y cartas de capilla de los condenados en sus últimas horas.

La lectura de las cartas ha arrancado los aplausos de los en torno a 200 asistentes, entre ellos el hispanista Ian Gibson y el magistrado emérito del Tribunal Supremo José Antonio Martín Pallín, además del director general de Memoria Democrática, Diego Blázquez. Algunas de las misivas, textos trágicos por su contexto, llaman la atención por la entereza que expresan. “Muero por una idea. No perdáis la serenidad, que la vida es muy bonita”, pedía a su familia Dionisia Manzanero, una de las 13 rosas. Otros testimonios expresaban gran flema ante el final, como el de Luis García Gira, leído por su nieta, que empezaba: “Los momentos no son de los más agradables”. Estas reflexiones y otras se están recopilando en un libro promovido por Memoria y Libertad, de próxima publicación.

La negación de la historia, la ignorancia sistemática de lo sucedido, las “grandes lagunas de la población, y más en Madrid”, resultan intolerables, según la historiadora Mirta Núñez, coautora de la primera investigación sobre los consejos de guerra y fusilamientos en el Madrid posbélico. “El término correcto es asesinados […] Muertes ignominiosas que siempre hay que tener en mente y dar a conocer”, reclamó.

Ian Gibson pidió disculpas por el tono “casi agresivo” de su discurso, que pidió hacer sentado porque la emoción le hacía flaquear las piernas. “Todos estamos pensando en una España en concordia y no la tenemos todavía [con] tanta gente de derechas que no practica la religión que dice profesar”. Gibson dijo echar de menos “una palabra de crítica” del rey —sea del actual o el anterior, al que denominó el “elefanticida”— sobre la represión franquista. “España es una anomalía en el mundo y si la derecha no cambia no será el país inmenso que es en potencia”, opinó.

La insensibilidad de la derecha, todavía hoy, enerva a Martín Pallín, que atacó directamente al alcalde, a quien llamó “mala persona” por la destrucción de las láminas con los nombres, sustituidos por un mensaje de intención ecuménica que desvirtúa el recuerdo de la represión, en opinión de los descendientes. Al terminar el acto, varios de los presentes se acercaron al monumento, en cuyas paredes figuran postales y fotografías de los asesinados. “Faltan muchas”, se oyó decir a alguno.

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