La gran reforma de Arganzuela llenó sus calles de símbolos masones: pirámides, obeliscos u ojos que todo lo ven

El Pasillo Verde Ferroviario es el corazón, o la arteria, del distrito de Arganzuela. La reordenación de antiguas infraestructuras del ferrocarril implicó una enorme transformación entre Atocha y Príncipe Pío durante las dos últimas décadas del pasado siglo, con la llegada de numerosos espacios verdes o de esparcimiento y con dotaciones industriales que pasaron a ser residenciales.

Se trata de una de las zonas de Madrid donde el progreso político y económico del país más se plasmó en el paisaje urbano, pensado desde lo amable más que desde lo hostil. No es casualidad que el entorno englobe el Parque Enrique Tierno Galván, nombrado en honor de uno de los grandes responsables de esa reconfiguración madrileña luego nunca completada. Pero esa apertura de miras se plasmó de otra forma en su trazado, gracias a las particular fascinación de varios de sus artífices por la masonería.

El arquitecto Manuel Ayllón, autor de El acercamiento profano al arte sagrado, fue el gran diseñador de este tramo de más de 7 kilómetros. También colaboraron otro arquitecto, Ismael Guarner, y el escritor Luis Racionero. Los tres, vinculados a logias de la fraternidad, salpicaron el trazado, sin disimulo alguno, de símbolos relativos a la conocida como geometría sagrada. Esto es, el lenguaje simbólico y filosófico mediante el cual el Gran Arquitecto del Universo ordenó el caos para convertirlo en cosmos. El punto representaría así el origen, la línea recta es el orden, el círculo corresponde a la totalidad, el cuadrado es el equilibro o el triángulo la armonía entre sabiduría, fuerza y belleza. Todo ello cincelado por los instrumentos por excelencia de la masonería: la escuadra y el compás.

En el Parque Peñuelas, del barrio de Acacias, estas formas se dan cita en una particular composición escultórica. Representa los cinco sólidos platónicos o perfectos, poliedros regulares y convexos con águlos iguales y aristas de la misma longitud. Cada uno correspondería a un elemento de la naturaleza. Un gran y hueco icosaedro (agua), polígono regular de 20 caras, aparece rodeado por otros cuatro cuerpos geométricos de menor tamaño: un tetraedro (fuego), un cubo (tierra), un octaedro (aire) y un dodecaedro (el quinto elemento o éter). Este espacio de ocio junto al Paseo de la Esperanza destaca también por dos grandes pirámides, o tetraedros, que flanquean su entrada.

Esta figura es una de las más presentes en los alrededores, hasta el punto de que la glorieta de Pirámides (que sube a la calle Toledo) da nombre a la zona. En ella aparecen por primera vez los obeliscos, el elemento arquitectónico por excelencia de la arquitectura masónica (aunque se escapa de esta ruta, esta circunstancia vuelve todavía más siniestro que Álex de la Iglesia vertebrase una de las secuencias más memorables de El día de la bestia en las Torres Kio, donde años después se erigió el Obelisco de Calatrava).

No obstante, los dos elementos gemelos de 14 metros en Pirámides no son obra del trío de autores citado. De hecho, fueron erigidos en 1831 por el arquitecto Francisco Javier de Mariategui. El conjunto original, perdido, incluía motivos que nada tienen que ver con la imagenería de los masones: seis esculturas de reyes de la colección del Palacio Real, fuentes laterales o columnas dóricas.

El origen es previo, al igual que sucede con el de la Fuente Castellana del Parque de Arganzuela de Madrid Río, pero quizá la permanencia de dos obeliscos tan característicos explica en parte que la iconografía masónica proliferase en sus inmediaciones. Según su mitología, los obeliscos son receptores de energía masculina que violan las leyes de los cielos. Estas fijan que tanto la energía femenina como la masculina han de estar en equilibrio para participar por igual en el Cosmos, así que los obeliscos rompen esa armonía.

Donde el obelisco sí responde a la idiosincrasia de la logia es en Delicias, junto a la parada de Cercanías. La construcción metálica de 30 metros, junto a otros 3 del pedestal, tiene el nombre oficial de Obelisco Laus Deo (“alabado sea Dios”). Esta inscripción, lema habitual de la masonería presente por ejemplo en el Monumento a Washington de la capital estadounidense, aparece en su superfie. La peana incluye inscripciones más tradicionales, como la fecha de inicio y fin del proyecto para el Pasillo Verde Ferroviario o un mensaje que recuerda la fecha y los participantes en la inauguración. Eso sí, todo ello en latín, una lengua muy referenciada y utilizada en la liturgia masónica.

Más allá de Delicias, los impulsores del Pasillo Verde Ferroviario desperdigaron otros dos obeliscos similares: el de la plaza de Ortega y Munilla y el de la calle Santa María la Real de Nieva (este último de menor tamaño). Para los masones, el diseño común de los tres no es casual: las columnas representan una ofrenda al sol y la cúspide piramidal corresponde a los rayos de sol rebotando para distribuirse por todo el planeta y llevar la prosperidad a cualquier rincón.

Junto al de la plaza de Ortega y Munilla reparece un diseño ya visto en el Parque Peñuelas... o casi. La composición de los cinco sólidos platónicos coloca aquí el protagonismo en el tetraedro al situarlo en el centro y a mayor tamaño. La repetición de esta composición, otorgando el protagonismo a cada uno de los poliedros respectivos, se repite por tanto hasta cinco veces en unos pocos kilómetros. En un costado de la glorieta de Santa María de la Cabeza le toca al octaedro y en la plaza de Francisco Morano, ya en el barrio de Imperial, al cubo. Cerca de la estación de Príncipe Pío pero todavía en Imperial, por el Paseo de los Melancólicos, completa el quinteto un dodecaedro situado en una plataforma elevada (el de la imagen que encabeza este artículo).

Obeliscos, pirámides y poliedros son los elementos másonicos más llamativos en Arganzuela, pero eso no es todo. Volviendo a la zona de Peñuelas, en la fachada de la iglesia de Nuestra Señora de Europa que da a la calle de Arganda, un cuadrado mágino aporta un misterio insobable a la estampa del edificio religioso. A priori parece un mero sudoku, pero esconde mucho más. Sumar los números que nunca se repiten de cualquier línea (también llamadas órdenes), sea horizontal, vertical o diagonal, otorga siempre la misma cantidad. Es la conocida como constante mágica.

La matriz numérica de 4x4 en esta pared coincide cifra a cifra con el de la fachada de la Pasión en la Sagrada Familia, instalado por el escultor Josep Maria Subirachs. Los masones otorgan un gran valor a las cualidades armónicas de este cuadrado, heredero de tradiciones y estudios de civilizaciones como la china o la griega.

La última parada del recorrido es un regreso al inicio, a uno de los primeros lugares mencionados: el Parque Tierno Galván, pulmón del barrio de Legazpi en lo que fue la antigua estación de Renfe en Delicias. Por todo el entorno aparecen triángulos, estrellas y grandes columnas.

Pero muy especialmente en la rampa hacia el Planetario, en cuya barandilla se suceden los triángulos equiláteros con un circulo vaciado u ojo en el centro. Una de las imágenes más características de la institución, que representa la unión entre lo espiritual y lo terrenal. La gran mole de hormigón al subir la rampa, de nuevo con un agujero en su superficie, también podría referenciar esa simbiosis. Ahora, eso sí, son los aficionados a la escalada quines han hecho de ella su territorio. Atención igualmente al ajedrezado del suelo en este punto, similar al que puede encontrarse en una logia.

La travesía por Arganzuela, en particular el Pasillo Verde Ferroviario, se revela por tanto como un paseo lleno de inesperados símbolos a la vista de todo el mundo que esperan ser descubiertos. Y eso que algunos han desaparecido, como las columnas salomónicas que indicaban el kilometraje. Todos estos elementos ejemplifican la contradictoria esencia de la masonería, un movimiento caracterizado por su discreación al tiempo que por su ambición de trascender.