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Vecinos, académicos y artistas recuperan la memoria de Matadero como espacio de represión donde murieron 838 mendigos

Imagen del campo de mendigos de Matadero, sobre una vista actual del centro

Luis de la Cruz

Madrid —
15 de enero de 2026 22:31 h

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Cuando uno pasea en fin de semana entre las naves del complejo de Matadero (Centro de Creación Contemporánea) encuentra pocos estímulos que le lleven a imaginar su vida pasada como mercado de ganado y lugar de sacrificio. Más allá de algunas interesantes iniciativas que han indagado en la memoria del lugar como escenario de las clases trabajadoras, los usos y costumbres que imperan en Matadero son las de las clases medias ¿aspiracionales?

Son muchas las memorias, algunas borrosas, que se cruzan en el gran complejo de Arganzuela, sin embargo. Este sábado, 17 de enero, la Asociación Vecinal Pasillo Verde-Imperial ha organizado unas jornadas que llevan por título Campo de mendigos en la posguerra, en las que estarán presentes la antropóloga María Adoración Martínez Aranda y la artista visual Amaya Hernández, quienes han trabajado en los últimos años sobre un hecho siniestro y poco conocido del antiguo matadero municipal.

El complejo albergó durante la inmediata posguerra el Parque de Mendigos de Matadero, un centro de reclusión que, bajo formas pretendidamente sociales, supuso también una forma de castigo para las clases populares madrileñas recién salidas de la guerra. La situación fue especialmente dura en 1941, después de la orden gubernativa de retirar a los mendigos de las calles. Solo durante ese invierno murieron allí más de 800 personas de hambre y frío.

Vista aérea de Matadero

Los supervivientes fueron distribuidos en otros centros, también de perfil siniestro. Los hombres sanos fueron llevados a una colonia agrícola en Boadilla del Monte; de las mujeres jóvenes se hizo cargo el Patronato de Protección a la Mujer; y de los niños, Auxilio Social. El episodio histórico, cuyos contornos aún no están bien definidos, empezó a ser conocido a raíz de la investigación de la citada profesora de la Universidad de Salamanca Martínez Aranda, con quien hemos mantenido una interesante charla sobre el tema.

Reconstruyendo lo que nadie había contado

Martínez Aranda, que trabaja sobre chabolismo en la posguerra –ha investigado mucho sobre Vallecas–, se topó en los archivos con documentación interna del régimen que daba noticia del Parque de Mendigos y sus terribles condiciones de vida. “Es una suerte poder acceder a través de los archivos, porque una de las características de Matadero, como de otros dispositivos de represión de la mendicidad, es su opacidad. No debe saberse lo que está ocurriendo y las personas recluidas no tienen comunicación con el exterior”, explica.

Imágenes de los preparativos de las naves de Matadero

Comenzó entonces a buscar bibliografía para conocer más el lugar y se dio de bruces con el vacío. En todo lo que se había escrito hasta la fecha sobre el antiguo matadero municipal, sencillamente, no existía el albergue. “Si acaso, se hace alguna mención a que algunas naves en la década de los cuarenta tuvieron un uso de índole social. Así, tal cual”, explica. La ausencia de información elaborada le llevó a buscar testimonios biográficos, pero tampoco tuvo éxito. Solo al publicar su investigación, pudo comprobar cómo esta sirvió de polo de atracción para que afloraran algunas memorias ocultas.

 “Después de publicar mi artículo, se puso en contacto conmigo Fernando Sánchez Castillo, artista al que Matadero invitó el año pasado dentro de la celebración de los 100 años. Fue él quien me pone en contacto con Francisco Fernández, una persona que lleva muchos años investigando Auxilio Social, institución por la que pasó de niño. Le había hablado del libro de memorias de Juan Gálvez, antiguo recluso en Matadero, que escribió su testimonio en una editorial muy modesta, con poca difusión. A raíz de ello, pude conocer a su familia y buscar otros testimonios”. La labor de reconstruir el pasado del Matadero continúa, pues, y la académica la comparte con Jesús López Díaz, profesor de Historia de la UNED y marido suyo.

Deriva del artista Fernando Sánchez Castillo en Matadero

La impresionante cifra de 838 personas muertas en las dependencias del albergue es, seguramente, muy inferior a la cifra real de víctimas, pues solamente se han podido documentar las del invierno de 1941. Aunque está por determinar cuánto tiempo estuvo abierto el centro, los investigadores estiman, por la distinta documentación que han estudiado, que la primera población mendiga debió llegar a finales de 1939 o principios del 40, y pudo seguir funcionando hasta 1944. “En 1943 se inaugura el albergue de San Isidro y, poco tiempo después, el de Santa María de la Cabeza. Creemos que fue al establecer estos nuevos centros cuando cesa el uso en el matadero”, explica María Adoración.

Como antropóloga, le interesa más la vida cotidiana de la gente que los jalones que suelen subdividir los libros de historia. Su peripecia vital en tiempos de pobreza extrema, pero, en el caso español, también de brutal represión:

“Hablamos, sobre todo, de mujeres, niños y niñas, que se quedan sin nada debido a los efectos de la represión. Madrid había sido el símbolo del antifascismo a nivel internacional y el bando sublevado había martirizado con bombardeos especialmente los suburbios, como Entrevías, Cuatro Caminos, Usera, Carabanchel… las zonas donde habitaba la población trabajadora, que había sido afecta a la República. Son conscientes de ello cuando entran en Madrid en 1939 y creen que hay que purificarlo. La represión también se traduce en mayores cotas de miseria, enfermedad e indigencia”.

Desde la academia, la calle y la escena

Susana de la Higuera, de la Asociación Vecinal Pasillo Verde-Imperial, relata cómo el trabajo de Adoración echó raíces en el barrio. “Nuestro lema es Conoce tu barrio, vive tu barrio, cambia tu barrio. Creemos que tenemos que partir siempre del conocimiento y organizamos a menudo paseos temáticos. Hace poco más de un año llegó a nosotros un artículo que publicasteis en elDiario.es sobre el tema (este de Guillermo Martínez) y quedamos conmocionados porque no teníamos ni idea”, explica.

Cartel de la jornada

Contactaron con María Adoración y quedaron con ella en el propio Matadero. Se dieron cuenta de que “no solo había que contarlo, sino que había que hacerlo allí mismo”. Solicitaron a la Junta de Distrito de Arganzuela el auditorio y hasta hoy.

“El año pasado se celebró el centenario de Matadero y se pasó de puntillas sobre ello (aunque algo hubo). Por justicia y en homenaje a los que fueron víctimas, debe conocerse la historia. Creemos, además, que se debería hacer algo más, quizá colocar una placa”, dice Susana, que abunda en los ecos de la memoria borrada de Matadero:

“El acto es una reflexión sobre el hambre como arma de represión (como sucede en Gaza, por ejemplo) y acerca de cómo tratamos hoy el sinhogarismo, que sigue siendo un tabú. Pero aborda también el tema de los patrimonios incómodos. El matadero es un lugar emblemático, de cultura, de libertades… y, sin embargo, tiene esta sombra, ¿cómo lo tratamos?”.

A la antropóloga le gustaría que la colaboración con los vecinos sirviera para seguir indagando el contexto de la represión en el barrio y permitiera el rescate de memorias familiares. Cuando quedó con las activistas de Pasillo Verde-Imperial, estas le preguntaron cómo era posible que ellas, que habían trabajado mucho sobre el barrio, no conocieran la historia. “Yo les dije que esa misma pregunta me la había hecho yo y es, de hecho, el arranque de mi investigación”, apunta.

“Mi hipótesis es que lo que ocurrió en Matadero estaba bajo secreto. Pero el olvido también ocurre porque la población que pasó por el centro era muy vulnerable, de origen sencillo, muchos analfabetos. Y es posible que no haya pasado la memoria a las familias por el trauma y el silencio de la posguerra”, detalla.

La referencia a la obra de Martínez Aranda durante la deriva de Fernando Sánchez Castillo del año pasado supuso la única presencia de la memoria represiva del espacio en las fastos de su centenario. En esta ocasión, el arte también estará presente. El sábado se unirá a la fiesta Amaya Hernández, artista visual que ha trabajado con arquitecturas perdidas, muchas de la ciudad de Madrid (como la Pagoda de Fisac o el mercado de Olavide). Ella también se encontró con la memoria oculta de Matadero después de acceder a la materialidad de sus arquitecturas.

“Me concedieron una residencia artística allí y me puse a investigar la historia del espacio”, cuenta. Dio, por supuesto, con el trabajo de Martínez Aranda y quedó impresionada con el boquete en la memoria que describía. “Antes de ser el espacio cultural que es hoy, cuando estuvo vacío, también fue utilizado por gente para dormir o sirvió de espacio de intercambios sexuales, pero esto es otra cosa”, explica. El hallazgo le llevó a elaborar la videoinstalación La desmemoria de Matadero Madrid. Cuadras generales. Invierno de 1941, su obra más política hasta la fecha.

El trabajo de Hernández se integra en la cultura de memoria y pretende arrojar luz sobre geografías que han quedado disueltas entre las penumbras. En esta obra –que fue finalista en el Premio BMW de Arte Digital– reconstruyó una de las cuadras que sirvieron como albergue en posguerra según los planos originales de su arquitecto, Luis Bellido. Luego, programó un sol virtual que dibuja el mismo recorrido que hacía la luz solar en el invierno de 1941. Por último, suprimió las arquitecturas y dejó solo las formas delineadas por luces y sombras en movimiento.

A todos los invitados –vecinas, académica y artista– les ha atrapado el silencio en torno al Parque de Mendigos de la posguerra. Consideran inaplazable arrojar luz sobre el Parque de Mendigos y el resto de rincones escondidos en nuestra historia reciente. “Es imprescindible recuperar y reconocer los lugares de memoria. Particularmente en Madrid, tenemos una relación difícil con ellos: basta recordar que la sede de la Comunidad de Madrid en la Puerta del Sol fue durante la dictadura un lugar de tortura (la Dirección General de Seguridad) y aún hay resistencias políticas para que haya un reconocimiento con todo lo que implica. Si en el kilómetro cero de España existe esta resistencia podemos entender por qué hay otros lugares sobre los que ni siquiera ha abierto el debate”, reflexiona la antropóloga, que señala el reciente reconocimiento de Peironcely 10 como Lugar de Memoria Democrática, en Entrevías, como ejemplo esperanzador.

Aunque no queda resto material de las dos naves que ocuparon los mendigos en los años cuarenta, Matadero tiene la obligación de mirar hacia su pasado y buscarle un sitio. La investigadora lo tiene claro: “se tiraron en las obras de la M-30 y luego Madrid Río, pero la fuerza connotativa del lugar sigue estando allí”.

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