El “milagro” de Fanny Gonmar o abrir hoy una galería de arte underground en una de las calles más caras de España
El número 21 de la calle Fuencarral fue siempre un espacio misterioso. Y estaba convirtiéndose en algo cada vez más extraño a medida que pasaban los años, por resistirse a la lógica comercial de la calle: albergaba un local artístico, propio de otro lugar y otra época, sin apenas actividad económica, en una de las esquinas más cotizadas del centro de Madrid.
“Centro Cultural F. Gonmar, pintura surrealista”, rezaba el cartel que anunciaba su actividad, en el cruce de Fuencarral con San Onofre, mientras la calle era peatonalizada y las franquicias florecían a su alrededor. La historia que guardaba al cruzar su puerta de madera la conocían pocos en Madrid, aunque algunos se atrevieron a cruzar ese umbral y dentro se encontraron con Fanny, la dueña, una mujer peculiar, una artista autodidacta, casi obsesiva, con mucho genio pero también una persona “encantadora”.
Fanny Gonmar era el nombre artístico de Francisca González, una burgalesa (Valdeajos de la Lora, 1922 - Madrid, 2018) que compatibilizó sus inquietudes artísticas con la enseñanza como maestra en la provincia de Burgos. En los inicios de su carrera era conocida por sus pinturas de flores aunque después fue transitando hacia espacios oníricos cercanos a lo que ella llamaba surrealismo. “Estilo único, nuevo en Europa”, destacaba en las hojas de su sala de arte que los que paseaban habitualmente por Fuencarral recordarán con nitidez.
El local de Fuencarral lo compró Fanny a principios de los años 80 del siglo pasado, después de trasladarse a vivir a Madrid, junto a su madre, a la vuelta de residir una temporada en México. En la capital desarrolló buena parte de una prolífica carrera artística, especialmente después de su jubilación. Mientras creaba, a su alrededor, la calle iba cambiando: de ser un lugar peligroso durante los tiempos de la heroína pasó a albergar locales alternativos y luego, con la peatonalización del año 2009, se llenó de franquicias al aumentar exponencialmente el paso de viandantes y el valor de las propiedades inmobiliarias.
Ajeno a esas dinámicas, el local de la artista se convirtió en punto de reunión y centro para exposiciones de otros colegas, sobre todo durante los 80 y los 90. Luego Gonmar lo transformó en su estudio, donde se encerraba a pintar y se le pasaban las horas trazando sus particulares dibujos sobre todo tipo de soportes, de lienzos a cartones publicitarios. A veces se olvidaba hasta de comer. “Bajaba de su casa, que vivía al lado, a las ocho de la mañana y no salía de allí hasta que se ponía el sol”, cuenta Alberto López, uno de los que conoció a Fanny en vida, en el año 2007, movido por una curiosidad genuina que tenía por los artistas que transitan por los márgenes, ajenos al circuito comercial. Luego se acabaron haciendo amigos.
“Cuando ella pintaba, entraba casi como en un trance, y las figuras que aparecían no eran meditadas”, explica uno de los cómplices de Alberto en la reapertura, el gestor cultural Nacho García. “Pintaba de forma automática y luego retocaba figuras que reconocía en sus dibujos”, añade Alberto. Ambos describen un tipo de arte underground, naíf, que logró medrar en un lugar insólito. “Pintaba con lo que pillaba por la calle”, aseguran, al comentar los abundantes flyers intervenidos por Gonmar, con sugerentes figuras plasmadas por una de sus caras. García está catalogando toda la producción artística de Gonmar y montando una exposición comisariada por el propio Alberto López.
“Tenía la espinita clavada de que todo saliera como ella me pidió”, explica el comisario de la muestra, que mantuvo largas charlas con Fanny sobre cómo quería preservar su obra. “Si supiera que nos estamos gastando dinero, lo primero que haría sería criticarnos, porque era tremendamente austera”, dice sobre el enmarcado de algunos de los cuadros que serán expuestos. “Luego estaría feliz al ver el resultado”, añade.
Reapertura en forma de galería
Fanny Gonmar falleció a los 96 años, en 2018. Pero poco antes dejó todo atado para crear una fundación con su nombre que preservara su legado artístico y también su local de la calle Fuencarral. El patronato de la fundación ha confiado ahora al equipo de gestores las primeras iniciativas sobre el espacio, en plena sintonía con el espíritu generoso y divulgativo de la artista, que quería dejar su obra a la ciudad. Es ahí donde entra la reapertura como galería de la que habla el título de este artículo, que tendrá lugar el próximo 19 de marzo con la exposición No se vende.
“Toma el título de uno de sus poemas y de una decisión firme de Fanny: preservar este lugar como espacio vivo para el barrio y para la cultura desde los márgenes”, explica el equipo impulsor de esta iniciativa. “En una Fuencarral históricamente atravesada por lo comercial —y hoy intensamente transformada por violentas dinámicas de capitalización del espacio— la reapertura es también una declaración de intenciones”, añade.
Lo que se verá en la muestra es una pequeñísima parte de una producción artística que cuenta con más de 20.000 referencias, según las primeras investigaciones efectuadas por el equipo cultural encargado de gestionar este legado. La mayoría son pinturas sobre diferentes formatos, láminas, pero también diseños, muchos poemas y carteles de otras exposiciones. Y una cierta querencia por aprovechar las cosas de este mundo, mezclado con una añoranza de su infancia. “Queremos empezar a contar esta historia poco a poco, la apertura no tendrá todo porque es imposible”, apuntan desde la organización.
“Fanny dejó escrito que su obra no podría ser vendida, porque la consideraba un regalo para el pueblo de Madrid”, puntualiza Nacho García. Y, con respecto al local, “quería convertirlo en un espacio destinado a la gente joven, que estuviera empezando en el mundo del arte, y pudiera tener un lugar donde exponer, que hubiera recitales, etc”. Por eso la intención de la Fundación no es convertirse en una galería comercial al uso, sino en un espacio más underground “donde puedan ocurrir cosas” en pleno centro neurálgico de la capital de España: desde talleres, hasta pequeños conciertos, conferencias, organizar un archivo con toda la obra, del arte outsider de Madrid, accesible a los investigadores o teóricos que lo pidan... “cosas que sería imposible en otros lugares por cómo está el barrio, pero que pasarán gracias al empeño de Fanny”.
Que no puedan suceder estas actividades en otros sitios del entorno tiene que ver con el alto precio de la zona. Según cifras del informe Main Streets Across the World de la consultora Cushman & Wakefield, la calle Fuencarral es la tercera más cara de Madrid (solo por detrás de Serrano y Gran Vía) y la sexta en el ranking nacional. Por ella se pagan 18.000 euros cada mes de media por un local de 100 metros cuadrados. En el caso del local de Fanny, de casi 150 metros cuadrados, el precio sería mayor.
Cuenta Alberto que por comprar este lugar los inversores llegaron a ofrecer más de tres millones de euros. Y que hubo un juicio porque un agente inmobiliario intentó colar un documento de compraventa con una firma que luego se demostró que no era válida. La presión por la compra era tal que hubo una misteriosa inundación en el sótano del local, que dañó parte de la obra allí almacenada y que Alberto atribuye a un posible sabotaje en las tuberías para forzar una venta. Pero el empeño de Fanny por conservar este espacio frenó cualquier intento.
“Es un milagro, una rara avis. Lo normal es que esto fuera un Springfield y que el piso donde está toda la obra de Fanny fuera un Airbnb”, reconoce Nacho García. El propio Alberto le preguntó un día por qué no aceptaba los millones que le daban y se iba a vivir la vida. Ella siempre se negó: “Qué vida voy a vivir, si mi vida es venir aquí a pintar”, les respondía ella.
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