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El machismo cotidiano como lesbiana: "Un buen rabo y se les pasa la tontería"

En el Día Visibilidad Lésbica, Rebeca recopila algunas situaciones en las que el machismo cotidiano y la lesbofobia van de la mano

"Hablan de mujeres que salen en la tele haciéndote cómplice de cómo las tratan como objetos de usar y tirar. Te incluyen en sus conversaciones y dan por hecho que apruebas que hablen así de las mujeres porque… 'a ti te gustan como a mí'", cuenta

"¿Qué tal está tu amiga?'. En ese momento te pasan decenas de caras por tu cabeza hasta que recuerdas que eres bollera y concluyes ingeniosamente que deben referirse a tu amante, novia, o a tu ex reciente"

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Manifestación LGTB. EFE

En los tiempos que corren, las bolleras vivimos en un continuo estado de tensión entre la armarización y la visibilidad, sean ambas voluntarias o sistemáticamente forzadas. Esta tensión, además, incrementa su rigidez si se le añaden los efectos sociales de la heterosexualidad obligatoria y de los micromachismos, o maniobras sutiles y cotidianas que vulneran el poder autónomo de las mujeres. Como usuarias del espacio público, podemos dar testimonio de agresiones verbales y gestos que han confluido en nuestro mapa diario como parte de nuestra andadura en el itinerario heteropatriarcal. Los ejemplos brillan, en este caso, por su presencia.

Empezaré por el factor 'desacreditación'. Una noche quise argumentar en favor de una amiga que acababa de ser agredida por un comportamiento machista en la vida nocturna de un barrio céntrico de la capital. La intromisión de un elemento humano (yo) leído como mujer por la sociedad pero con una masculinidad latente en los rasgos físicos (pelo rapado, zapatos anchos, ¿quizás?) hizo que la primera observación del agresor hacia mí fuera: "¿Tú que eres?, bollera, ¿no?". La desacreditación que mi discurso acababa de recibir por el hecho de no conectar unas expectativas de género en la mente del emisor hizo que mi reacción se viera desviada hacia una defensa personal. Le increpé que eso no era relevante y continué respaldando el discurso de mi amiga, pero…claro que lo era. Ahí se dieron la mano la lesbofobia y el machismo.

Otro factor clásico es la inclusión como participantes de su juego de macho porque, claro, "te gustan las mujeres como a mí". Yo añadiría lo que de verdad creen: "del mismo modo que a mí". Aquí se dieron dos variables. En el primer caso, me tomaron como un aliado más con el que comentar la jugada. Aquí, la invisibilidad vino conectada con la complicidad en la que me involucraron sin yo querer ser nada de eso: "Mira, no me digas que esta tía no te gusta a ti también (señalando delante de testigos auditivos a una mujer en bañador y buscando mi sonrisa complaciente)". Sí, salí del armario en un contexto laboral, pero no me había adscrito a ningún sindicato de machistas, me faltó decirle. También hablaban de mujeres que salen en la tele, o incluso anónimas, con las que mantendrían relaciones sexuales y lo hablan delante de ti haciéndote cómplice de cómo las tratan como objetos de usar y tirar: "A ésa le enseñaba yo un par de cosas, sin compromisos eh, que luego se enamoran", por ejemplo. Te incluyen en sus conversaciones y dan por hecho que apruebas que hablen así de las mujeres porque… "a ti te gustan como a mí".

En el segundo caso, yo era un jugador más contra el que competir y aplastar en la conquista del objetivo. La competición desbordaba misoginia en uno de sus estados más efervescentes. Me di cuenta que había un sector de los hombres que nos ve a las bolleras como una amenaza y eso me generó un estrés que hizo que me relegase a un segundo plano. Tampoco pertenezco al sindicato de concursos televisivos. Se pensaron que porque me gustasen las mujeres tenía que participar en la maratón también. Aquí no son tanto los comentarios los que lanzaban sino los gestos sutiles y, sobre todo, el vacío. La competición empieza cuando ellos te dejan de tener en cuenta, de nuevo la desacreditación de tu presencia y tu valor, todo por demostrar que una mujer no tiene nada que hacer ante un hombre en el arte de ligar.

Mi manera de actuar frente ambas situaciones tendió a desnaturalizar el ligoteo que, de otro modo, podría haber gestionado libremente sin la aprobación ni la evaluación del macho de turno.

El último factor que quería resaltar es el concepto de "amiga". Muchas han sido las ocasiones en que nuestros allegados preguntan por aquella amiga con la que te ves o viajas a menudo: "¿Qué tal está tu amiga?". En ese momento te pasan decenas de caras por tu cabeza hasta que recuerdas que eres bollera y concluyes ingeniosamente que deben referirse a tu amante, novia, o a tu ex reciente. Como todas somos perra vieja en el manejo de la invisibilización lésbica contesté "muy bien, ahí anda". Que el mundo que te rodea no se atreva a evidenciar el amor entre mujeres es también el resultado de naturalizar comentarios que ponen a las lesbianas como personas que no han experimentado suficiente el mundo de los hombres y están carentes de lo bueno: "a éstas les daba yo lo que se merecen", o "un buen rabo y se les pasa la tontería". Al reducir nuestras relaciones con otras mujeres a la calidad de "amiga", nuestros familiares están armarizándonos y están perpetuando la idea de que solo los hombres pueden alcanzar el estatus de noviazgo, pareja o matrimonio con otra mujer.

Como consecuencia de este tipo de micromachismos, la invisibilidad lésbica es una realidad que nos empuja hacia el ocultamiento y desafía aspectos básicos como la supervivencia o el anonimato de nuestras vidas. Las reglas del juego las escribimos nosotras con nuestros cuerpos, nuestras alianzas y nuestras complicidades. No nos incluyáis en vuestro equipo.

Si tú también quieres compartir tu historia de machismo cotidiano o tu denuncia escribe a micromachismos@eldiario.es o menciona nuestra cuenta @Micromachismos en Twitter. 

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