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ANÁLISIS

Uno por exceso de jugadores negros, otro por muy pocos: la lógica racista juega su Mundial

Ousmane Dembélé celebra con sus compañeros de la selección el segundo gol contra Marruecos que metió a Francia en semifinales.
13 de julio de 2026 21:19 h

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El fútbol es un deporte, pero un Mundial es siempre un acto político. Seguro que Mariano Rajoy lo sabe, porque la afirmación forma parte del acervo cultural planetario y porque, aunque no esté ya en primera línea, es un político profesional. Sobran ejemplos mundialistas funestos, de aquel campeonato orquestado en 1978 por la dictadura genocida de Rafael Videla al de 2026 en el que Donald Trump intenta hacer valer sus privilegios de dueño de la pelota.

La idea de que las rivalidades del balompié son capaces de alterar hasta al más tranquilo y predecible de los registradores de la propiedad con columna en un periódico resulta difícil de sostener. Quizá sea más probable que el fervor de las camisetas deje salir esos pensamientos 'polémicos' y “sin mala intención”, según el PP, que normalmente se reservan para una sobremesa larga o se enmascaran en un chascarrillo.

Rajoy dice que la selección francesa dispone de “un altísimo nivel, eso sí, sin franceses” porque –se entiende– considera que los jugadores de piel negra no lo son. Otra política profesional, la senadora de Paraguay Celeste Amarilla, ha sido incluso menos sutil: tras la eliminación de su selección llamó a Mbappé “camerunés colonizado” que “finge ser francés”, a partir de lo cual soltó una retahíla de frases racistas que Francia estudia denunciar.

Mientras tanto, otra de las selecciones en semifinales está siendo acusada en redes sociales de racismo, y no por los cánticos de un grupo de aficionados que en el Mundial de Qatar ya adelantaban la tesis de Rajoy, sino por no tener jugadores negros en su plantilla. La polémica también empezó en 2022, cuando la historiadora estadounidense Erika Denise Edwards, publicó una columna en el Washington Post titulada: ¿Por qué Argentina no tiene más jugadores negros en el Mundial?. En ella argumentaba que la falta de representación afrodescendiente tenía que ver con una historia de “borrado” y blanqueamiento institucional de la población negra en el país.

A medida que el equipo de Scaloni ha ido avanzando en este torneo, la tesis de Edwards se ha replicado en infinidad de reels y vídeos de Instagram, sobre todo de usuarios de Estados Unidos. Y ha dado lugar a más y más contenido albiceleste para desmentirlos.

Los argentinos hablan de las características étnicas de la población –en el último censo, de 2022, unas 300.000 personas de 45,9 millones se identificaron como afrodescendientes–, el mestizaje y las oleadas migratorias del siglo XX, las figuras negras históricas en la lucha por la independencia, o las decisiones políticas históricas sobre las personas esclavizadas. Por ejemplo, se reivindican la libertad de vientres de 1813 (que determinó que los hijos de mujeres esclavas nacían libres) y la abolición de la esclavitud en la Constitución de 1853 (12 años antes que en Estados Unidos y más de 70 antes que en la España de ultramar).

Pero más allá de los argumentos y la siempre necesaria revisión antirracista, el hecho de que el debate en las dos orillas de este Mundial vaya del color de piel de los jugadores pone en evidencia un triunfo de la ultraderecha: el regreso a un debate biologicista de la identidad.

“Las palabras de Rajoy son el ejemplo perfecto de cómo se ha abierto la ventana de Overton”, reflexiona la politóloga Anna López Ortega, autora del libro La extrema derecha en Europa. “Que un perfil del PP moderado, cuya principal característica era ser elusivo para no meterse en líos, haya escrito una frase que ha podido poner a España en una crisis institucional es el mayor ejemplo de cómo el discurso racista de las extremas derechas ha calado en las derechas conservadoras”, analiza en conversación con elDiario.es.

Aunque Rajoy parezca estar muy lejos de los neonazis de Núcleo Nacional, que sugiera que Mbappé o Dembélé no son franceses lleva implícito el discurso supremacista que desplegó el pasado fin de semana su líder, Iván Rico Olivares, en la rueda de prensa en la que explicaba su salto a la política, en el que defendía que la nacionalidad “no es un papel o un trozo de plástico”. Esto es, que no tiene que ver con las leyes que nos hemos dado sino con un origen étnico, con un pantone epidérmico.

La normalización de conceptos como la remigración (eufemismo para hablar de deportaciones masivas), la teoría del reemplazo de la población local por la migrante (sobre todo africana o del Magreb) o la prioridad nacional (que han firmado en sus pactos de gobierno Vox y PP) nos han devuelto a todos a un debate impensado hace una década: no ya el de los nacionalismos que agitan el color de sus camisetas en el estadio, sino el de quienes agitan el odio por el color de quienes las llevan en el campo.

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