'#Chandaleras' de Ana Pastor: una propuesta para subvertir el Orden Patriarcal a través de la práctica deportiva. Calienta que sales.

'Chandaleras' de Ana Pastor Pascual

Donna Haraway nos enseñó que era importante situar el conocimiento, ubicarlo, para que así supiéramos quién hablaba y desde qué sistema de opresión/privilegio lo hacía. Así que voy a empezar hablando de Ana Pastor, la autora de este libro. Ana Pastor (Alicante, 1988) es una curranta cisbollera butch blanca, no tiene diversidad funcional, le flipa hacer deporte, no se quita el chándal ni cuando trabaja de librera y es, además, entrenadora.

La extensa bibliografía que ha manejado la autora para escribir este ensayo no deja lugar a dudas respecto a su posicionamiento político: aquí encontrarás la cerilla argumental para pegarle fuego a las lógicas binaristas de las que maman las narrativas lesbófobas y tránsfobas. Dado que el deporte, o más concretamente el cuerpo o aspecto físico que se construye con él, se configura como un lugar para ordenar el género, apuntalar estereotipos y repartir etiquetas hegemónicas fuertemente asociadas a la masculinidad y a la feminidad, la apuesta de Ana Pastor es interesantérrima: utilizar la práctica deportiva para desestabilizar el reparto de los roles en el pastel del género. Dicho de otro modo, el deporte desde sus inicios ha estado fuertemente machopolitizado (como demuestra su origen blanco machoburgués) y Ana vendría a reformularlo desde una epistemología feminista.

El punto propuesto y desarrollado brillantemente por la bollera alicantina en este imperdible ensayo es el de presentar el deporte como «un medio de subversión para desdibujar los estereotipos de género» y poder así «transgredir el papel asignado a las mujeres», es decir, que el empoderamiento y el potencial emancipatorio del deporte es doble: por un lado deconstruye una feminidad que nos hace ser policías de nuestro propio cuerpo, siempre vigilantes de imperfecciones que nos expulsen fuera del canon y por ende del privilegio de ser cuerpas deseadas en un régimen de esclavitud corporal heterosexista, y por otro, nos pertrecha de herramientas en forma de músculos fuertes, ágiles y potentes que multiplican nuestra autonomía y capacidad de autodefensa: adiós a la vulnerabilidad como el devenir ineluctable de toda mujer, como escribía Elsa Dorlin, adiós al sexo débil. Que el deporte comporte la queerización de la capacidad de gustarnos y defendernos significa que seremos más difícilmente victimizables, abusables, agredibles, violables y matables.

En el recorrido neuronal que nos propone Ana pasa también por la violencia histórica y simbólica contra las mujeres que desobedecen con su cuerpo: ¿el Sexo Débil puede dejar de ser pasivo y contemplativo, muscularse? O, dicho de otra manera, ¿y si el sexo débil es fuerte? El terror masculinista cristalizado en humillación, el complejo de inferioridad que se suscita en algunos hombres (pobres, creen que sólo ellos pueden detentar la fuerza de la masculinidad) representa todo un sistema de valores machistas y misóginos que cae violentamente encima de las mujeres cuando se apropian de la masculinidad. Como decía lx maravillosx J. Halberstam, la masculinidad no es territorio exclusivamente masculino ni desde luego bollero. El giro inesperado en el guión patriarcal es que son las mujeres (y no los hombres) las que traen los modelos de las nuevas masculinidades que promueven la ruptura de las relaciones de poder respecto a la masculinidad hegemónica.

Al igual que comer espaguetis no es de chicas y macarrones de chicos, Ana Pastor nos recuerda que el deporte, como la comida, no tiene género, por más que la clasificación de determinadas prácticas deportivas sirvan para masculinizar (rugby, boxeo) o feminizar (gimnasia rítmica, natación sincronizada) los roles diseñados para reforzar la segregación de los cuerpos. Me gusta mucho cómo Ana habla metafóricamente de «la importancia del movimiento para la subversión de la identidad», cómo desarrolla que el deporte sirve para legitimar qué cuerpos pueden o no pueden moverse, resultando así un dispositivo de control biopolítico. La ensayista nos explica que el cuerpo hegemónico crea una territorialidad identitaria en torno a sí mismo que no debe traspasar si no quiere convertirse en extranjero y verse perdido en un idioma que ni habla ni comprende; esta es la alusión que hace Ana al cuerpo como «frontera». Traspasada esa línea, el Orden Patriarcal (siempre preocupado por la fuga o el libre tránsito de los cuerpos) a lo que tiende es a reubicarlo. El peaje que tiene que pagar el cuerpo disidente de género por moverse de la casilla que le corresponde es, como no podría ser de otra manera, la estigmatización, el señalamiento y la exclusión: «Aquellas personas que transgredan los estereotipos y desestabilicen los planteamientos binarios del género serán relegadas y cuestionadas en sus formas: se les cuestionará su género, su orientación y su sexualidad independientemente de sus resultados deportivos. De esta manera, la fuerza física y los méritos deportivos se convierten en un estigma para las mujeres.»

Puesto que, como señala Ana, «El dualismo hegemónico (…) convierte a las prácticas deportivas en el laboratorio perfecto para el encasillamiento binario» cabría preguntarse «¿Dónde quedan relegadas las personas no binarias si quieren competir de manera profesional?» Efectivamente, la profesionalización del deporte es la llave de entrada a la esfera pública: aquí se conforman y legitiman las identidades. Si la categoría mujer tuvo que pelear históricamente por su inclusión en el Limitado Territorio Testosterona, imaginemos la batalla que todavía está por ganar para las personas trans, intersexuales y no binarias. «El deporte es considerado la institución de la masculinidad, se espera que a través de su práctica se reproduzcan los valores naturalmente asignados al género masculino, véase la competitividad, la superioridad y el éxito»; todo ello consecuentemente visible, aplaudible y admirable desde la esfera pública (que es la política por excelencia), otro lugar en el cual el cuerpo femenino tiene que pelear su legitimidad para mostrarse, pues el deporte es podio y opera en lo simbólico como antónimo de la domesticidad y el encierro en lo privado. Apartar a las mujeres de las esferas de poder ha sido siempre la misión top del Patriarcado y en el deporte no iba a ser diferente. No olvidemos que entrar al deporte profesional y competitivo es entrar al reconocimiento social, al aplauso público y subir al podio para ganar algo.

Quiero terminar gritando, como si fuera la entrenadora de vuestra materia gris: ¡Corred, mujeres y cuerpos atrapados en los discursos que validan la identidad desde la corporalidad hegemónica! Corred literalmente con piernas ágiles y fuertes a haceros con un ejemplar de este magnífico ensayo a la librería Traperos en Murcia (c/Ronda de Garay, 39B) o haced el pedido a la editorial independiente Piedra Papel Libros (piedrapapellibros.com) y no dejéis de hacer músculo intelectual con esta joyita. ¡Correos!

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