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Jesús Cañadas, escritor: “La literatura y la industria editorial están cada vez más lejos una de la otra”

Hablamos con Jesús Cañadas, exponente del fantástico español del momento, que ha tenido el honor de entrar en el selecto catálogo de Valdemar, la veterana del terror en nuestro país

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Jesús Cañadas es el máximo exponente del fantástico español / meetmrcampbell

Jesús Cañadas es el máximo exponente del fantástico español / meetmrcampbell

Jesús Cañadas es uno de los más visibles exponentes del fantástico español hoy. Tras debutar en AJEC, pequeña editorial en la que se iniciaron numerosos autores del ramo terrorífico-fantástico y de la ciencia ficción, Cañadas saltó al público generalista con Los nombres muertos (2013), novela de acertada fórmula que fusionaba terror y aventuras, publicada por Random House Mondadori. Su último libro, Pronto será de noche, ha tenido el honor de entrar en el selecto catálogo de Valdemar, la gran veterana española del terror. En esta ocasión, Jesús Cañadas combina novela policíaca y apocalíptica para relatarnos el periplo de un puñado de personajes atrapados en un atasco… en pleno fin del mundo.

En esta entrevista, el escritor, tan cosmopolita como gaditano, habla sin flores sobre la vocación literaria, el mundo editorial, las redes sociales, el éxito y todo lo que envuelve la vida del escritor.

¿Cómo surgió la idea de casar dos géneros tan aparentemente alejados como el policíaco y el apocalíptico?

Mirando hacia atrás, diría que el germen surgió en 2010. Entonces yo vivía en Berlín, y estaba metido en asuntos de Nueva Orleáns por lo del huracán Katrina. Nos entrevistamos con gente que lo vivió, vimos documentales. Cuando evacuaron la ciudad, se formaron colas kilométricas de coches llenos de gente desesperada por escapar. Un tío nos contó que, cuando empezó el pillaje y toda la locura, él se escondió en unos baños públicos y que, allí metido, escuchó cómo violaban a una mujer. Nos reconoció avergonzado que no se atrevió a salir. Cosas así te dan la medida de lo jodido que fue aquel escenario. Comprendí que no había diferencia entre eso y el fin del mundo. Para aquella gente el Katrina fue el fin del mundo: El huracán arrasó sus vidas, se llevó todo lo que tenían. Esos pensamientos se me quedaron rondando en la cabeza. Y creo que eso fue lo que me dio tiempo después el arranque de la novela.

Todo comienza con un asesinato en pleno fin del mundo.

Yo quería contar una historia de detectives dentro del fin del mundo, sí. Me gustaba la paradoja: ¿Por qué buscar a un asesino si nos vamos a morir todos?

En la novela haces una exploración milimétrica de la desesperación. ¿Cómo fue ponerse en la piel de estos personajes?

Muy, muy jodido. Empecé a escribir la novela en Frankfurt. Cuando salía del trabajo, por la tarde, hacía cosas normales de la vida: deporte, ir al supermercado… Pero después, de siete y media a once y media, me encerraba con el ordenador y me deshacía la cabeza para sentir a fondo la historia. Me peleé con cada puta frase. Quería que cada párrafo estuviese cargado de tensión. De desesperación. Por eso la novela es tan corta: Como alguien me dijo, alargarla la hubiera convertido en ilegible, porque la angustia hubiera sido demasiada.

Es una prosa muy ecléctica, en la que los momentos de narración seca y cortante se alternan con otros poéticos.

Antes de ponerte a escribir, te sientas y tomas una serie de decisiones, entre ellas cuál va a ser la textura, el sabor de la novela. La mía hablaba de un grupo de gente atrapada en una autopista en plena meseta, huyendo del Apocalipsis, así que opté por una narración árida, de frases cortas que hicieran sentir el atasco, el avanzar a trompicones, poco a poco, por la carretera. Me empapé de gente como Cormac McCarthy o Juan Rulfo para recrear esa sensación de encierro, de agobio, de calor. También hay algo de El ángel exterminador de Buñuel… En fin, diferentes cosas que van entrando en ti, forman un baturrillo, y al final sale lo que sale.

Casas a Cormac McCarthy con Cortázar.

Es que lo primero que cayó en mis manos fue La autopista del Sur, de Cortázar, que, justamente, habla de gente atrapada en un atasco. Entonces, si alguien ya lo ha hecho, qué menos que reconocerle. Por eso abro el libro con una cita suya.

Y luego está el elemento policíaco.

Para mí lo importante era crear una especie de tablero de juego formado por los nueve coches atrapados en el atasco en el que nueve personajes se enfrentan cada uno de manera diferente a esa doble muerte que les acecha: la particular de los asesinatos que se producen de noche y la general que encarna el inminente fin del mundo. Quise hacer un poco de homenaje a Agatha Christie, porque al final lo que hacemos todos es volver a contar Diez negritos. Y le hago también un guiño a El misterio del cuarto amarillo, de Gaston Leroux.

Dejemos que el lector que descubra ese guiño. Históricamente, el tema del fin de la humanidad ha sido apenas tratado en España: El Mecanoscrit del segon origen, de Manuel Pedrolo, y rarezas como el genial Cuento futuro de Clarín son algunos de nuestros escasos hitos. ¿Qué ha pasado para que, de repente, en apenas cinco años, hayan salido un montón de novelas nacionales sobre el tema?

Pues no sé. No sé por qué de pronto estamos todos obsesionados con el Apocalipsis. Supongo que, cuando uno es escritor de fantasía, escribir sobre el fin del mundo es un paso inevitable. Porque es un pilar del género, igual que los fantasmas o los vampiros.

¿Y qué aporta Pronto será de noche a esta joven tradición?

Aportar algo nuevo es muy difícil. Simplemente tienes que dar tu visión y cruzar los dedos a ver si le gusta a alguien. Yo he intentado poner mi grano de arena. Si la vuelta que le he dado al tema es buena o mala, eso ya lo decidirá el lector. Pero es muy pretencioso decir: “Yo estoy revolucionando el género”. No, no: Yo no he venido a renovar ningún género. Yo he venido a hacer lo mejor que pueda y lo que a mí me guste. Aquí no viene nadie a romper la baraja. Y el que piensa que viene a romper la baraja se está equivocando.

¿Cómo te metiste en el berenjenal de la fantasía?

Fue mi madre: Cuando se me caía un diente, el Ratoncito Pérez, en vez de dinero, me traía libros. Libros de fantasía. Lo primero que leí en mi vida fue El pequeño vampiro, y a partir de ahí ya no hubo vuelta atrás. Luego fui creciendo y descubrí otras cosas: las novelas de Elige tu propia aventura, El señor de los anillos, la Dragonlance, que no me arrepiento de decir que me leí todos los libros, algunos hasta diez veces porque en Cádiz, en los noventa, era lo que había. Ya cuando me hice más mayor busqué nuevos horizontes, pero la fantasía fue el germen… Y coño: el cine de los ochenta. Que yo nací en febrero de 1980. Que me crié con esa grandísima etapa del cine fantástico que fueron los Alien, los Indiana Jones, Star Wars, Goonies, Cazafantasmas, Gremlins, La historia interminable… Son todas películas decisivas si te pillaron creciendo. Igual que La princesa prometida, El chico de oro… Todas ellas, y los libros que me regalaban mis padres, tienen la culpa de que yo sea hoy un loco del fantástico. Qué le vamos a hacer…

Échale la culpa a tus padres…

Bueno, a mí siempre me gustó leer. Estaba muy gordo de chico y no jugaba a fútbol ni a nada y siempre me traían tebeos y libros. Libros de fantasía. ¿Por qué? ¿De dónde le vino la inspiración a mi madre? Ni idea. Fue casualidad. Y ahora, cuando en mi familia se echan las manos a la cabeza por las barbaridades que escribe el niño, yo les digo: “¡Ah! La culpa es vuestra. Haberme regalado otra cosa”.

Cuando se me caía un diente, el Ratoncito Pérez, en vez de dinero, me traía libros; libros de fantasía

¿En qué momento te diste cuenta de que querías contar historias?

A los quince años o así, cuando me metí en los juegos de rol. En ellos hice mis primeros pinitos inventando historias, personajes… y empiezas a soñar. Pero yo pensaba que nunca sería capaz de hacer una novela, hasta que, a los veintisiete, viviendo en Alemania, me lancé. Y salió El baile de los secretos.

Donde justamente le haces un homenaje al rol.

De hecho, Cristina Jurado me dijo en una entrevista que lo que escribo está muy influenciado por el rol, o que podría muy bien adaptarse a una partida, porque siempre hago novelas corales, con muchos protagonistas. Pues oye, puede ser. No tengo por qué avergonzarme: yo empecé en esto de la fantasía por el rol.

Cada una de tus novelas va en una dirección. ¿Se trata de una búsqueda o es que haces lo que te apetece?

Hago lo que me apetece, sin la menor duda. Lo que pasa es que me apetecen muchas cosas. Y me canso enseguida si me repito. Porque, si uno hace la tortilla de papas siempre de la misma forma, o folla siempre de la misma forma… al final se harta. Coño, prueba algo que no sea el misionero. O échale cebolla a la tortilla. Pues con la escritura, lo mismo.

¿Se mete uno a escribir por dinero?

(Risas) ¡Sí, hombre! Uno se mete porque se le vienen cosas a la cabeza y no lo puede evitar. Lo hablaba una vez con Susana Vallejo: Que yo no me plantearía nunca dejar de escribir. Como mucho, a lo mejor, de publicar. Porque son dos cosas distintas: Uno puede disfrutar escribiendo, pero llegar al punto de no querer más historias con el mundo literario, y dedicarse a escribir para él solo.

Eso sí es vocación pura.

Es que escribir mola mucho. Yo termino llorando al final de todas mis novelas. A lo mejor soy muy 'blandengue', pero es así.

García Márquez lloró al matar al coronel Aureliano Buendía.

Pues yo Los nombres muertos la terminé en la biblioteca pública de Cádiz, y cuando puse el punto final me eché a llorar como una Magdalena hasta el punto de que la bibliotecaria vino a preguntarme si estaba bien. Entonces, si escribir mola tanto y me emociona tanto, ¿por qué voy a renunciar a ello? Después ya vienen el mundo editorial y los agentes y cámbiale el título a la novela y este personaje hay que quitarlo y eso ya es un coñazo.

Dicen que escribir es, en esencia, recuperar el juego infantil.

Pues sí, tiene algo del rollo de volver a ser el niño que fuiste. De disfrutar otra vez de las aventuras que te marcaron. Por eso a mí esto de hacerse un plan de marketing antes de ponerse a escribir, de ponerse a pensar en qué es comercial, qué vende… pues no. Además, si hubiese una fórmula del éxito, la estaría utilizando todo el mundo. Mejor haz lo que te dé la gana y, si tienes suerte, pues guay. Y si no, pues mira.

El mundo de la literatura parece muy complicado.

Es que escribir y el mundo editorial son dos cosas que no tienen nada que ver, y que cada vez están más lejos una de la otra. Trabajando en la Feria del Libro de Frankfurt se me cayó el alma a los pies cuando vi que la gente que maneja el mundo editorial no lee. Todo lo que rodea el libro tiene que ver mucho más con números que con letras. Lo que pesa es el comercio; el potencial de venta de esto o de aquello. Y eso está muy bien para el que quiera. Pero me preocupa que el futuro del libro dependa de gente que no lee. Y a lo mejor por ahí van los tiros que explican el desplome que está teniendo el sector en los últimos años.

En 2013, con la publicación de Los nombres muertos en Random House Mondadori, encabezaste el desembarco de autores del fantástico español en una gran editorial. ¿Qué tal la experiencia?

Impresionante. Yo venía de AJEC, una editorial pequeña, y de pronto me vi arropado por un grupo grandísimo. Flipé con la promoción. Aquello fue un salto abrumador. No me gusta decir cosas como “carrera”, pero lo cierto es que entrar en Mondadori cambió mi carrera literaria por completo. Gente que antes no me había hecho ni puto caso empezó a hacérmelo porque estaba en Random House. Si yo quisiera tomarme el escribir como una profesión, este hubiera sido un paso muy importante.

¿No ves la escritura como una dedicación profesional?

Hombre, yo creo que volveré a Random House. Y espero que ellos me quieran. Lo que pasa es a mí, supongo que por ser de Cádiz, plantearme la escritura como un trabajo me da repelús, porque yo odio trabajar. Ismael Martínez Biurrun me dice que soy un mamarracho porque él cree que hay que tomarse esto como una profesión, pero yo no puedo. Si lo hiciese, terminaría odiándolo.

Ahora te incorporas, con Pronto será de noche, a la colección Insomnia de Valdemar.

Es algo con lo que siempre había soñado: Publicar un libro con gente que lleva décadas sacando la flor y nata, la canela en rama, del terror de toda la historia. Llevo toda la vida comprándome góticas de Valdemar. Así que que estos tíos te digan: “Lo tuyo vale para estar con nosotros”… joder, mola.

Te haré una pregunta muy original: ¿Cómo ves el panorama de la literatura fantástica en España?

A Guillem López le hicieron esa pregunta hace poco y respondió: “Suspenso y a septiembre”. Yo más bien creo que progresa adecuadamente, pero necesita mejorar mucho. Hay gente que está haciendo cosas muy buenas, pero también hay muchísima mierda. Se cumple a rajatabla la ley de Sturgeon según la cual el 90% de todo es basura. Pero bueno, lo que a mí me parece basura a lo mejor a otro le encanta.

Una dura evaluación para la generación del fantástico español.

Es que a mí esas cosas de corrientes y generaciones literarias me provocan más que nada sospecha y desconfianza. No me las creo. No creo que se pueda decir que ahora haya una generación del fantástico español que tenga unas características determinadas. ¿Qué tengo yo que ver con Ismael Martínez Biurrun, Juande Garduño, Carlos Sisí o Manel Loureiro? Que nos vemos, nos tomamos cervezas juntos y nos emborrachamos. Eso sí. Pero en cuanto a escribir, no. En eso cada uno va haciendo lo que buenamente puede.

Bueno, sí tenéis en común que escribís unos géneros que hasta hace poco apenas se cultivaban en España.

Pero eso es porque España ha cambiado. Porque hubo mucha gente que crecimos viendo y leyendo ese tipo de historias y, ahora, los que tenemos un puntito de creatividad las escribimos. Y luego está el hecho de que la tecnología y el abaratamiento de costes han posibilitado que surgiesen editoriales de género como AJEC, en las que una persona desde su casa, con un ordenador, podía llevar una editorial. Eso ha permitido que en los últimos años muchos hayamos podido empezar a publicar. Y que algunos, con suerte, porque no es otra cosa que suerte, hayamos terminado en grupos grandes.

Sin embargo, en Pronto será de noche se sienten puntos de contacto con autores como Ismael Martínez Biurrun o Emilio Bueso.

Eso es por conocernos los libros y por conocernos personalmente. Tanto Biurrun como Bueso son autores a los que siento cercanos. Pero bueno, son coordenadas generacionales. Todos hemos bebido de unas fuentes parecidas y cada uno las saca como puede: Bueso es más gamberro, Biurrun más sensible y yo… yo qué coño sé qué soy.

Lo que no me negarás es que en Cádiz existe una peculiar tradición de escritores de fantástico, con una manera intransferible de tratar el género y el lenguaje.

Es que en Cádiz hay mucho arte. Tanto Rafa Marín como Félix J. Palma son dos pilares del fantástico cada uno en su generación. Rafa Marín ha sido un pionero, Félix J. Palma ha llegado allende los mares y son dos espejos en los que mirarse. El carnaval de Cádiz pesa mucho. Es una escuela impagable para el escritor, porque el carnaval tiene un humor muy particular, basado en los dobles sentidos, en la ironía fina, en retorcer el lenguaje. Y eso te da una sensibilidad peculiar.

Los nombres muertos se publicará pronto en Brasil. ¿Cómo lo tiene el escritor español de fantástico para llegar a otros países?

Jodido, amigo mío. Muy jodido. Hace tiempo, Elia Barceló me contó que, conversando con Joe Haldeman, ella le dijo que en España tenemos muchos y muy buenos escritores de género. Y el tío le respondió: “Pero en Estados Unidos tenemos más, y si los escritores españoles hacen lo mismo que los americanos, ¿para qué los vamos a traducir?” Hay una barrera que es difícil superar. Y esto no es sólo para los escritores de fantástico, sino para todos los escritores españoles en general.

Es obvio que no te da miedo meterte en jardines, así que: ¿qué opinas de la piratería?

Pues que qué le vas a hacer. Decir “¡Es que me piratean!” es como decir: “¡Joder, es que llueve! ¡Maldita sea, tengo que parar la lluvia!” No, coño: va a llover te guste o no. La piratería es un coñazo y una putada, pero ¿qué le vas a hacer? No vas a ir de puerta en puerta diciéndole a la gente: “Oye, que te has descargado mi libro, dame mi dinero”. En fin, yo prefiero que me paguen por leer mis cosas, que mi trabajito me ha costado escribirlas. Pero si no tengo esa recompensa, ¿qué hago? Agobiarse por eso es la manera más segura de que te salga una úlcera.

Da la sensación de que ahora los escritores tienen que hacer un montón de cosas sin relación alguna con la literatura: estar en redes sociales, sufrir entrevistas como esta… ¿Todo eso no satura?

Sobre todo es un coñazo. Un puto coñazo.

Pero si precisamente tú manejas Facebook y Twitter con habilidad de dinamizador nato.

No te creas. Lo que pasa es que, como cada vez hay menos dinero para promoción, tienes que ser tú el que esté ahí. Y eso te quita tiempo para todo. Esa es una de las razones por las que, si algún día me harto, cierro mis cuentas y me dedico sólo a escribir. Últimamente no creo ni que merezca la pena tratar de venderse en redes sociales. Al fin y al cabo, que un escritor venga a decirte: “Mira qué bueno es mi libro”… ¿de qué vale si somos muchos y todos hacemos lo mismo? Lo mejor para que un libro se venda es que un tío le diga a otro en un bar: “Oye, me he leído este libro y está superguay”. Y ahí no tienes tú ningún control.

El éxito es un misterio.

Absolutamente. Para empezar, ¿qué es éxito? Para mí éxito es que hace diez años no me sentía capaz de escribir una novela y ya he escrito tres y ahora estoy con la cuarta.

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