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La familia, pilar fundamental de nuestra sociedad

Una madre coloca a su hijo una mascarilla

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Uno de los pilares básicos de la sociedad occidental (tal vez de forma más acusada en la zona mediterránea) es la familia. Desde la introducción del automóvil y los apartamentos de pequeñas dimensiones en las ciudades en los que se acogió el éxodo rural, la familia nuclear ha sido la entidad básica de filiación y para la crianza de los hijos.

Engels atribuía a la organización familiar y la transmisión de la herencia patrimonial a los hijos el fundamento de la economía capitalista y su rapacidad codiciosa, y proponía la disolución de la familia como medio para alcanzar el comunismo. Existen otros modos de organización social para la crianza de los hijos y el apoyo mutuo.

Sin salir de nuestro entorno, históricamente ha sido la familia extensa la que ha desempeñado la función que hoy desempeña la nuclear. Abuelos, primos, etc, formaban parte de amplios núcleos familiares, repartiendo funciones con más flexibilidad de la que permite la familia nuclear, aunque planteando otros problemas propios de esta estructura, como la falta de intimidad, conflictos interpersonales complejos, etc.

En la Esparta clásica el estado se encargaba de la crianza de los niños a partir de los seis años, yendo estos sólo a dormir a casa de sus madres. Los padres vivían en barracones militares y no se encargaban directamente de la crianza de sus hijos.

También se han probado estructuras comunales en las que los niños no son criados por los padres biológicos, como los kibutz judíos. En ellos, aunque los niños establezcan vínculos afectivos con los padres, no son estos los responsables de la crianza, sino profesionales encargados. Una situación parecida es la de los orfanatos, aunque estos responden a situaciones de carencia y trauma, lo que conlleva unas peculiaridades específicas.

Precisamente es en los orfanatos donde se ha podido observar que aunque profesionales entrenados atiendan competentemente las necesidades básicas de los niños, estos tienen necesidades afectivas cuya inatención puede provocar deterioros en su desarrollo físico, potencialmente conducentes a la muerte, y un amplio espectro de manifestaciones psicopatológicas que pueden incapacitar a estos niños para vivir en sociedad. Estas perturbaciones son más graves cuanto más precozmente se vea privado el niño de unos vínculos afectivos cálidos y seguros. A la luz de estas observaciones resulta interesante volver la vista atrás y postular que los espartanos clásicos tenían un grado importante de psicopatía y que canalizaban su agresividad en servir al estado en la guerra, pero estas valoraciones retrospectivas, aunque atractivas, son difícilmente demostrables.

Tradicionalmente, las necesidades afectivas de los niños han sido atendidas principalmente por las madres, por lo que en la cultura psicoanalítica se denomina a esta función como “función materna”. Es importante aclarar que esta función materna no tiene que ser necesariamente desempeñada por la madre biológica, pudiendo ejercerla otra persona, sea mujer u hombre. La madre biológica parte con una cierta ventaja sobre otras personas a la hora de ejercer esta función, dado que ya a nivel prenatal se empieza a construir un vínculo con su bebé, que además se apuntala de manera ventajosa mediante la lactancia natural. En cualquier caso, esta ventaja inicial de la madre biológica no la hace absolutamente imprescindible en el ejercicio de la “función materna”. Sin embargo, conviene que sea una persona o un grupo pequeño de personas quienes la desempeñen, construyendo vínculos significativos, no un sinnúmero de figuras anónimas.

La disolución de la familia extensa y la incorporación de las mujeres de clase media al mundo laboral (las mujeres pobres siempre han tenido que trabajar), ha dejado un hueco en esta función.

Otra función desempeñada en la familia, la llamada “función paterna” (que no tiene que ser necesariamente desempeñada por un varón), consiste en poner límites, marcar lo que no se puede hacer. Entre la oposición a la autoridad del Antiguo Régimen, la reactivación revolucionaria del 68, la lucha contra el patriarcado, la dinámica consumista, la contraidentificación con la autoridad de la España postfranquista y otros factores, esta función también falla. El discurso dominante en la sociedad defiende una individualidad y un voluntarismo feroces, la satisfacción inmediata de todo deseo, la no sujeción a imposiciones por parte de la sociedad, y prácticamente también por parte del estado y la ley, socavando no sólo cualquier figura de autoridad, sino la noción de que hay un orden exterior que se impone al sujeto como condición necesaria para que este pueda serlo.

Están surgiendo generaciones de niños faltos de estabilidad emocional y autoestima por una parte y, por otra parte, de aceptación de la autoridad y los límites, escasos de capacidad para aceptar frustraciones, esperar y esforzarse para lograr lo que quieren. Son niños (y no tan niños) que viven como una injusticia no lograr todo lo que quieren.

La causa de este problema es compleja, pero la falla de las tradicionales funciones “materna” y “paterna”, en relación con el colapso de la familia sin que hayan surgido estructuras supletorias adecuadas, es un elemento clave en ello.

Aunque son posibles otras organizaciones sociales para la crianza de los niños, nuestra sociedad se apoya en la familia para ello. La pérdida de las posiciones tradicionales de hombres y mujeres daña las funciones “materna” y “paterna”, al no haberse sustituido adecuadamente estas funciones para compensar los cambios sociales que han ocurrido en los últimos tiempos. El desarrollo de los futuros ciudadanos se ve así comprometido, por lo que es necesario reforzar la función de la familia o inventar un nuevo orden social que atienda a las necesidades (no a los caprichos) de los niños.

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8 de marzo de 2021 - 09:43 h

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