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Murcia y aparte es un blog de opinión y análisis sobre la Región de Murcia, un espacio de reflexión sobre Murcia y desde Murcia que se integra en la edición regional de eldiario.es.

Los responsables de las opiniones recogidas en este blog son sus propios autores.

Generosidad inconmensurable

Operación de donación de órgano

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El pasado 23 de mayo tuve la inmensa suerte de ser llamado para practicarme un trasplante. El instante es apabullante; en cuestión de segundos me encontré sumido en una profunda ola de sensaciones, el tiempo pasado se concentraba en ese momento tan portentoso.

Ante mi pasaron imágenes de varios años de angustia, temor, malestar y cansancio. Veía las horas de la diálisis en soledad tres veces cada día y los controles en el hospital y la incierta espera de la llamada para que me explicaran los resultados. Todo iba bien, según lo previsto, pero a la vez todo seguía su curso y la evolución de la enfermedad no se detenía.

El cansancio físico aumentaba, la incomodidad del propio cuerpo, la imposibilidad de hacer algunas cosas rutinarias y el miedo, siempre presente, formaban un muro de limitaciones.

Cuando escuchas en conversaciones de salón lo que se dice sobre los trasplantes, lo mismo que sobre otras enfermedades y técnicas médicas avanzadas te quedas pasmado. Todo el mundo sabe mejor que nadie qué es cada patología, cada tratamiento y cada intervención quirúrgica y, encima, te lo explican y te dan indicaciones y consejos. V.G.:“Eso no es nada, en un par de días te dan el alta y a vivir”

Y así pasas el tiempo, procurando evitar a pseudodoctores multidisciplinares, que tanto da que se hable de guerras, economía, medicina o fútbol, inmersos en la verdad absoluta. Tristes especímenes para un tratado de microteología.

Y llega el momento de entrar en el hospital, de dar el paso hacia lo desconocido y aceptar un riesgo que es imprescindible para tu propia supervivencia. En la recepción están esperando con tu carpeta de datos. Tras una corta espera una celadora me acompaña a la planta de ingreso, donde también me esperan. Hay una habitación preparada. Una enfermera me toma las constantes y una auxiliar me explica lo que van a hacer. Llega una nefróloga y me da una explicación clara de lo que van a hacer y los tiempos previstos para todo el procedimiento. Estoy completamente tranquilo, sorprendentemente sereno. Me siento protegido.

Me instalo en la habitación y al poco comienzan las pruebas, en pocos minutos vuelvo a quedarme solo y, sorprendentemente, me duermo hasta las siete de la mañana que me despiertan para volver a tomarme las constantes y prepararme para el quirófano. Viene un médico para explicarme qué es lo que me van a hacer y, unos minutos después, se presenta el cirujano que va a realizar la intervención.

Suena el teléfono y una amiga me dice que va a venir a acompañarme hasta la intervención. Con la boca pequeña le digo que no es necesario y para mis adentros me siento emocionado. Al poco rato llega y un poco después también llega otra amiga. Nos reímos y acompañamos, me siento arropado.

Entra una enfermera y me dice que me van a bajar al quirófano, está previsto un horario y hay que ajustarse a él con exactitud. Me despido de mis queridas amigas y me bajan al quirófano. Se presentan anestesistas, cirujanos y enfermeras. En unos minutos ya estoy dormido.

Me despierto en una habitación en penumbra, no me encuentro mal, solamente un dolor, ya conocido, me molesta y a mi lado hay una enfermera que me dice que todo ha ido bien y que me va a poner algo para quitarme el dolor. Me quedo relajado. No sé cuánto tiempo ha pasado cuando veo acercarse a mi hija Julia. Me emociono. Solamente puede entrar ella y también será ella quien me acompañe durante el tiempo que esté ingresado. Se marcha y ya me quedo solo.

Esa soledad se rompe cuando comienzan a aparecer sentimientos y sensaciones completamente nuevas. Mi cabeza bulle, me siento abrumado. Por primera vez tomo consciencia de lo que me ha ocurrido.

Me doy cuenta de que estoy en uno de los hospitales punteros en trasplantes, con una tecnología de vanguardia, con un personal sanitario superespecializado y con un acceso a medios médico quirúrgicos insuperables y que, sin embargo, todo ese contingente no serviría para nada sin los donantes.

 La cabeza sigue bullendo, mi sentimiento de gratitud hacia la familia del donante es infinita. Qué difícil debe ser tomar la decisión de donar cuando acaba de morir un familiar. Donar para que varias personas desconocidas puedan recuperar su salud y vivir con normalidad.

 ¡Qué generosidad tan grande!

 ¡Y qué Sistema Público de Salud tan maravilloso! Solamente pensar que hay personas que quieren acabar con él da escalofríos.

Poco a poco el cuerpo se va recuperando de la intervención quirúrgica y el órgano implantado va haciendo su función y la vida vuelve al cuerpo. Hay que modificar hábitos de vida; la dieta es completamente nueva, las restricciones se levantan y se puede volver a comer alimentos que hasta ahora estaban prohibidos. Un yogur, una lata de sardinas o una loncha de queso alcanzan el grado de delicatesen.

La vida sigue. La mía y la del donante que ahora es mi motor.

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