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Al pan, pan y al vino, vino

Ilustración de Elena Sánchez Aragón

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Confucio vivió en una China dividida, entre los siglos VI y V a.C., durante el periodo de los Reinos Combatientes. Analizando el origen del caos político que había llevado a la división del país y a las constantes guerras concluyó que el origen del problema (o una parte importante de él) estaba en el lenguaje. Individuos desaprensivos habían puesto su orgullo por encima del orden simbólico: los nobles se autodenominaban reyes, con el consentimiento tácito de los débiles monarcas de la dinastía Zhou, y acababan comportándose como si realmente tuvieran la autoridad real, desligándose del poder central y batallando unos contra otros para extender sus fronteras.

Las enseñanzas de Confucio fueron apoyando la reconstrucción de un orden simbólico coherente: el respeto a las jerarquías y los vínculos familiares, la utilización adecuada de los rituales y el uso correcto del lenguaje, etc. De hecho, cuando Shi Huangdi logró unificar China, impuso un sistema único de escritura para todo el país, así como un sistema de medidas estándar, un ancho de ejes constante en todos los carros, entre otros. Con la institución de un orden simbólico común, y el respeto de este, logró la persistencia de una China unificada hasta nuestros días, a pesar de algunos periodos históricos de división transitoria y de las invasiones turcas, mongolas, manchúes, europeas y japonesas. En Europa, donde este orden simbólico común se redujo a tan sólo la religión (y actualmente ni eso), estamos matándonos los unos a los otros desde la caída del Imperio Romano.

En el periodo de cambios constantes que nos caracteriza desde la caída del Antiguo Régimen, distintas personas y movimientos han atacado el orden simbólico-lingüístico para provocar cambios sociopolíticos, con el objetivo de lograr objetivos ideológicos o beneficios personales. Especialistas en este “juego” han sido los bolcheviques de Lenin, con algunos movimientos llamativos en este sentido: tras tomar el poder utilizando como una de sus mayores bazas la oposición del pueblo ruso a la sangría que suponía la guerra (la I Guerra Mundial), se encontraron con la dificultad de abandonar la lucha porque las tropas alemanas no se volatilizaban. Tras buscar sin éxito un tratado de paz, Trotski proclamó triunfalmente que estaban en un estado de “ni guerra ni paz”, maniobra lingüística que no impresionó al ejército alemán, que continuó avanzando por tierras rusas hasta que, mediante el tratado de Brest-Litovsk, se apropió de una cantidad ingente de territorio ruso.

Aunque puedan parecer esperpénticas, las maniobras lingüísticas pueden ser enormemente efectivas, si no para construir un nuevo orden simbólico, al menos para desestabilizar el existente, creando confusión como estrategia para avanzar en la lucha política. Tras la guía de Lenin, múltiples movimientos comunistas han emulado estas iniciativas, seguidos por movimientos raciales o nacionalistas. 

Actualmente, el movimiento que más activamente está luchando la guerra del lenguaje es el feminismo. Confrontado con un orden patriarcal, ha tratado de atacarlo en todos los frentes que ha podido, incluido el lingüístico, con notable influencia en él. En castellano, múltiples palabras no distinguen el género, pudiendo utilizarse indistintamente para designar a un hombre o a una mujer. Un ejemplo tradicional de esto es el nombre de mi profesión: médico, utilizable para un hombre (el médico) o una mujer (la médico). La forma gramatical acabada en “o” es similar a la terminación de sustantivos y adjetivos masculinos como “brazo” o “bueno”. También existe el uso de la forma gramatical masculina para hacer referencia de forma inclusiva a hombres y a mujeres, como “compañeros”. Las formas propuestas como alternativas a esta organización lingüística, que es percibida como opresiva para la mujer, son múltiples: duplicar el enunciado: “compañeros y compañeras”, integración en el femenino para hombres y mujeres “compañeras”, e incluso la invención de un neologismo de nueva terminación “compañeres” o “compañer@s”. En inglés han propuesto el uso del plural “they” para evitar incluir en el pronombre masculino “he” a la mujer.

Se argumenta que la inclusión de ambos sexos en el pronombre masculino invisibiliza a la mujer, y que eso es malo. Yo, con las limitaciones de mi perspectiva de hombre blanco, no veo malo que al usar la palabra “médico” se invisibilice a la mujer. Creo que es la función de la profesión lo que se pretende visibilizar al usar el término, y que la introducción del vocablo “médica” para referirse a algo fundamentalmente diferente del varón “médico” es negar la igualdad fundamental de la que gozamos hombres y mujeres en mi gremio para ejercer la profesión. Si somos lo mismo, no tiene sentido plantear que cobremos de forma diferente, como ocurre en otros ámbitos. El uso de la palabra “médico” no sólo invisibiliza el sexo, también invisibiliza la raza, la religión, la orientación sexual, y muchas otras cosas que no son relevantes a la hora de ejercer como médico.

Se argumenta, a la contra, que estas maniobras lingüísticas son una “tontería”, que no tienen importancia. Entiendo que estas maniobras lingüísticas tienen mucha importancia. Han logrado que cada vez que vayamos a utilizar un término polemizado por estas iniciativas pensemos en el rol social de la mujer. Eso no es insignificante. Sin embargo, por mucho que hayan agitado las aguas y visibilizado el sufrimiento de la mujer, creo que están cogiendo el rábano por las hojas y que, aunque repitamos doscientas veces “compañeros y compañeras” no cambiamos con ello la situación de la mujer.

Al final, como Confucio, soy partidario de respetar el lenguaje y el orden simbólico, de modo que estos apoyen nuestra cordura y la paz social, a la vez que trabajamos dentro de ellos para solucionar desigualdades e injusticias.

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19 de abril de 2021 - 06:00 h

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