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Triple salto mortal

Interior del Congreso de los Diputados

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El poder, que no se oculta para perpetuarse, va contra su naturaleza, antes de adquirir las formas de dominio con las que ordena las sociedades, deja ver la pulsión que una vez iniciada resulta imparable, porque de entre los códigos propios que maneja sobresale el de prevalecer. Como sea. No hay ética que lo asista ni valor que lo acompañe, pese a que una vez conseguido el fin para el que nace se avenga a constituirse en ley. Después, siempre después, de haber cometido atropellos, errores y horrores, y de haber puesto de manifiesto que carece de oponente.

En cualquier momento o en cualquier lugar alguien, ayer, hoy, mañana, se ha erigido, o se erigirá, en conductor de la humanidad o de una parte de esta. Cambiará la máscara, el disfraz, pero la deformidad bajo la ropa y la mueca bajo el antifaz permanecen inmutables. Es un hecho tan antiguo como el hombre. Y tan nuevo, porque cada generación proyecta una manera diferente de oponerse al sistema establecido. A qué extrañarse. El ser que somos no es de otra forma.

Me encuentro entre quienes, parafraseando a Goethe, dicen no haber oído hablar de ningún crimen que ellos mismos no se sintieran capaces de cometer. Ninguno, es demasiado para mí, pero más de los que legalmente se me podría acusar, siguiendo la máxima “Si tu ojo te escandaliza, arráncatelo”, desde luego.

Desde hace dos legislaturas soy huérfana electoral. No es fácil. La orfandad nunca lo es, pero por esto, o pese a esto, suscita mi interés la sucesión de acontecimientos que llevaron a esta Región, afectando a otras, a las portadas de los medios, haciendo vórtice en Madrid. Moción de censura en Murcia; cambio de lealtades políticas; compra de disidentes de Ciudadanos y otros expulsados de Vox, necesarios para sostener el arquitrabe del poder; convocatoria de elecciones en la capital del reino; moción de censura en Castilla León; dimisión de Pablo Iglesias de la Vicepresidencia Segunda del Gobierno de Coalición para optar a la presidencia de la Comunidad Autónoma que presidía la Sra. Ayuso; pérdida de las elecciones por parte del partido morado; mantenimiento de la gobernanza de la Comunidad de Madrid por parte del PP y, por último, salida de la política, de momento, del líder de Podemos. ¿Se estrenará la nueva política, habida cuenta de la otrora salida de esta de Albert Rivera, con la desmitificación de los laureles y del cetro? Conviene no aventurarse.

En cualquier caso, la mariposa aleteó en esta Comunidad porque de no haber sido por la Moción de Censura de “Cuidadanos” y “PSOE” ¿se habría producido semejante concatenación de sucesos? Para las dimisiones, si se produjeran, y el descontento razones no faltan. Por las calles de toda España proliferan asociaciones ciudadanas cuyo objetivo consiste en poner voz a asuntos cotidianos que los sucesivos gobiernos se niegan a tratar y a resolver.

En Murcia, reivindicaciones como Absolución Tres Jóvenes de las Vías; Inicio de la Última Fase del Soterramiento; Recuperación del Mar Menor; Mantenimiento de las Vías Ferroviarias de Corta y Medía Distancia; Recuperación de la Línea Férrea Murcia-Almería; Concentraciones en Defensa de la Educación Pública; de la Sanidad; Mejora del Transporte Público, y un largo etcétera dejan ver una demanda social que postula el denominador común de dirigirse a un poder ausente. Pero ¿puede el poder satisfacer todas las necesidades de una sociedad compuesta por cuarenta y siete millones de habitantes? Más ilegales. Parece difícil. Más cuando los partidos políticos tienden a constituirse en asociaciones estrictamente jerarquizadas, que, pese a propiciar el debate, condenan dentro de sus filas perspectivas distintas de la oficial y prohíben a sus miembros disentir.

Aún ahora, en la democracia española, no se permite discrepar. No solo está prohibido. Se sanciona. Se llama disciplina de partido. Con una estructura de configuración vertical, propia de sumisiones pasadas, y con la llamativa contradicción de intentar gobernar un país, libremente, sustentándose en la falta de libertad de expresión interna, y en una severa reglamentación ---que, entre otras normas, impide a los afiliados realizar declaraciones públicas contrarias a la línea oficial del partido, más allá de lo que este permite, o diferir del líder del mismo, sin exponerse a la expulsión, esto en los partidos progresistas porque en los conservadores la mudez sesga la discordancia--- las diversas organizaciones políticas practican la falacia de una sola voz, tanto para la manifestación universal que las representa cuanto para la asunción de coaliciones de gobierno, porque los aspirantes a gobernantes siguen buscando alianzas que les permitan dirigir la sociedad, no holgadamente, sino ignorando al contrario.

Se acoge al similar, pero se descarta o denuesta al oponente olvidando que todo poder, por mínimo que sea, precisa de una oposición que contrarreste a la fuerza principal; que recuerde que esta no pertenece a individuo alguno ni es exclusiva de opciones ideológicas varias, y, sobre todo, que ponga de manifiesto que la Oposición es la garantía que el pueblo se concede para evitar raptos de poder. O autoritarismos. Y, sin embargo, pese a esta crucial función, los partidos políticos, sean del signo que sean, muestran un empecinado talante en despedir de sus filas o amonestar a quienes disienten, y en abatir a toda formación que no profese o comparta su credo.

Estas características, junto con la pertinaz negativa de llegar a acuerdos con los que se encuentran en las antípodas de sus creencias, evidencian la dificultad de los actuales dirigentes de deshacerse de la nostálgica herencia de mayorías absolutas, que tantos errores han cometido y tanto se acercan al poder detentado por regímenes incrustados en el dolor. Que la memoria olvide las nefastas consecuencias de la división de un país, donde una parte del mismo arremete contra la otra y ambas, aisladas y confundidas en sus respectivas verdades, ignoren que no hay logro, sino fracaso, cuando el poder se ejerce obstruido por la parcialidad, invita a considerar si el ejercicio del voto precisa de una reflexión individual más allá de lo que practica la costumbre. Porque ¿cómo hablar con el otro sin saber hacerlo con las partes discordantes de uno mismo? ¿Cómo pretender que los partidos políticos encuentren un nexo entre ellos si condenan sus respectivas divergencias internas? Y, no obstante, aplausos suscitaría quien se atreviera a ensayar el triple salto mortal de conciliar entre contrarios. 

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25 de julio de 2021 - 06:00 h

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