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REGIÓN DE MURCIA

Coser y cantar: de Penélope a Alicia Rubio

Penélope es el símbolo de la mujer fiel, tejedora, paciente y dependiente del hombre que imagino que le gustará a la diputada de Vox, Alicia Rubio

Se puede dar una vuelta de tuerca a nuestro imaginario colectivo y ver cómo muchas mujeres artistas se han reapropiado de labores que nos han sido impuestas, como pudiera ser coser

"Nos enseñaron a bordar, hacer vainica, festón, realce", añade. "No creo que eso empodere a nadie. Empoderar es tener una buena nómina", me dice cuando le pregunto cómo recibió aquellas enseñanzas

'Maman' de Louise Bourgeois en el Museo Guggenheim de Bilbao

'Maman' de Louise Bourgeois en el Museo Guggenheim de Bilbao

Penélope desteje de noche lo que teje de día en 'La Odisea' de Homero. De este modo, le va dando largas a los pretendientes que le surgen durante los veinte años que su marido Odiseo, el rey de Ítaca, está ausente en la Guerra de Troya ya que ha prometido aceptar un nuevo esposo cuando termine el sudario que está haciendo para su suegro, el rey Laertes. Justo cuando sus tareas nocturnas son descubiertas, vuelve Odiseo y mata a sus competidores.

Penélope es el símbolo de la mujer fiel, tejedora, paciente y dependiente del hombre que imagino que le gustará a la diputada de Vox, Alicia Rubio. La representante del partido de extrema derecha afirmó recientemente en una intervención de la Asamblea de Madrid que "el feminismo es un cáncer" y que "pondría como asignatura, en vez de femenismo, costura" porque "empodera mucho coser un botón".

Rubio, es además, autora del libro 'Cuando nos prohibieron ser mujeres...y os persiguieron por ser hombres'. En una conferencia que impartió en Murcia el año pasado dijo, entre otras muchas perlas: "Los hombres están siendo atacados y se les inculca que son violentos".

Se puede dar una vuelta de tuerca a nuestro imaginario colectivo y ver cómo muchas mujeres artistas se han reapropiado de labores que nos han sido impuestas, como pudiera ser coser. La pintora y escultora Louise Bourgeois (París, 1911) también teje en su obra celdas, telas y enormes arañas, como la que se encuentra al lado del Museo Guggenheim de Bilbao, en una reflexión sobre su propia vida y el significado de la feminidad, la maternidad o el paso del tiempo.

"La Araña es una oda a mi madre. Ella era mi mejor amiga. Como una araña, mi madre era tejedora. Mi familia estaba en el negocio de restauración de tapices, y mi madre estaba a cargo del taller. Igual que las arañas, mi madre era muy astuta. Las arañas son presencias agradables que comen mosquitos. Sabemos que los mosquitos esparcen enfermedades y, por lo tanto, no son bienvenidos. Entonces, las arañas son proactivas y de mucha ayuda, justo como lo era mi madre", dijo la escultura francesa. Para Bourgeois, la araña que encarna a su madre tejedora refleja de este modo a un mismo tiempo fortaleza y fragilidad. 

Las mujeres -y los hombres- podemos perfectamente reencontrarnos con los valores tradicionales asignados a lo femenino, pero antes hay que mirar la Historia con ojos críticos.

Le pregunto a mi madre por las clases de Hogar que le impartió la profesora de la Sección Femenina durante los siete cursos de bachillerato en su clase de chicas. "Hacíamos canastillas de bebés -mantillas, pañales, servilletas-, y también aprendíamos a hacer patrones de faldas, blusas, vestidos", me cuenta. "Había otra asignatura de cómo tenía que estar orientada la casa con las ventanas hacia el sol, en aquellos tiempos que vivía la gente en un camaril -apunta-, y también nos enseñaban el comportamiento que nos correspondía, como que la mujer tenía que estar bien arreglada y sonriente cuando volviera el marido del trabajo y ponerle las zapatillas".

"Nos enseñaron a bordar, hacer vainica, festón, realce", añade. "No creo que eso empodere a nadie. Empoderar es tener una buena nómina", me dice cuando le pregunto cómo recibió aquellas enseñanzas.

Lo que también es cierto es que mi madre tejía muchos jerseys cuando era joven, aunque no creo que lo aprendiera en las clases de Hogar, sino más bien de su abuela. Eran unas prendas coloridas y alegres que hacía para mí e, incluso, para ella misma. A mí, que ni siquiera sé coserme un botón, me hubiera gustado saber hacer punto de media. Pero, en ese caso no estaría ni más ni menos empoderada: la única diferencia sería que haría jerseys con figuras de ciervos y copos de nieve con buenas madejas de lanas que compraría con mi nómina, como ella misma hizo.

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