Cien años y un millón de kilómetros: el autobús que estrenó en 1926 la ruta entre Pamplona y Donostia vuelve a rodar
Abrir la persiana de la nave en la que se guardan una docena de coches clásicos supone que todos los transeúntes que tengan la fortuna de pasar por delante interrumpan su paso. Sobre todo, si en la entrada te reciben siete toneladas sobre ruedas con un siglo de antigüedad, aunque luzcan como recién salidas de fábrica. Javier Navarro, mecánico de coches clásicos, en apenas una hora, ya ha escuchado los ruidos de asombro de casi treinta niños —a los que les ha merecido la pena la excursión—, ha atendido a dos agentes de la Guardia Civil —que no se han conformado con un vistazo rápido mientras patrullaban— y ha enseñado la colección a tres caminantes espontáneos. Y es normal, porque escuchar cien años después el motor del Hispano Suiza que estrenó la ruta de Pamplona a Donostia por el puerto de Azpíroz como el primer día, no deja indiferente a nadie. El autobús, comprado por un particular para su colección privada, ha sido completamente restaurado e incluso ha pasado la ITV.
“Me mandaron el anuncio de Wallapop porque saben que las matrículas navarras me vuelven loco”, cuenta Javier Navarro, mecánico apasionado por los vehículos “antiguos y con historia”, que al verlo habló “con un cliente al que ya le había hecho varios coches” por si le interesaba. “Si te atreves a hacerlo...”, le respondió el coleccionista, que ha confiado en las manos de Navarro para poner a punto todos sus clásicos. Desde un Seat 600, hasta un Hispano Suiza de 1936 al que “no hay forma de quitarle el olor a madera” utilizado por el general golpista y gobernador de Navarra Emilio Mola. El particular, que quiere preservar el anonimato, se ha dedicado “a sus negocios y su hobby ha sido esto”. “Inversión y diversión”, explica el mecánico mientras limpia un Mercedes 280 SL Pagoda y gira la cabeza hacia los otros diez vehículos que se custodian en la nave, entre ellos el autobús, su último huésped.
“Le cambié las maderas. Tuve que desmontar todos los asientos y toda la tornillería, que es nueva. Las ventanillas no funcionaban y arreglé los mecanismos. Conseguí manillas para las puertas, con sus tacos y molduras, que no encajaban ninguna y ahora van perfectas. Los pilotos son nuevos. También las matrículas. He pulido los cristales. Ruedas, frenos, todos los tubos de aire, todos los metales. Correas, bomba de agua, lo que es la mecánica actualizada. Tubos de gasolina. Los aceites, filtros, agua, radiador. El autobús no tenía los focos originales de Hispano Suiza, los tuve que buscar yo”, enumera Navarro, que ha conseguido que, después de más de 50 años, las casi siete toneladas vuelvan a andar.
“Es un método de transporte de hace 100 años, que no estaba diseñado como autobús, pero llevaba gente de un sitio a otro. No es lujo ni confort, es un chasis de camión con un motor de camión”, explica el mecánico. El vehículo se matriculó el 10 de junio de 1926, estrenándose el día 26 de ese mismo mes para rodar desde Pamplona hasta Donostia por el puerto de Azpíroz, con paradas en Lecumberri y Tolosa. Cuando estalló la Guerra Civil fue confiscado para transportar a militares a los distintos frentes y bases, un ritmo frenético que hizo que “seis o siete meses después” de finalizar el conflicto y de ser devuelto a la empresa propietaria, “le cambiaran el motor para volverlo a sacar a carretera”. El autobús estuvo activo hasta la década de 1960, aunque desde hacía diez realizaba otra ruta. “Cuando vieron que se achicharraba en los puertos y que no llegaba bien a Donostia, que se calentaba mucho, lo dejaron para los pueblos de aquí. Por eso tiene los últimos carteles [de una ruta por los pueblos del este de Navarra], una ruta larga, pero con muchas paradas”.
Desde entonces, “el primer propietario, La Roncalesa, lo guardó siempre en una nave”. Fue restaurado entre 1990 y el año 2000 por Jesús Labayen —chofer, mecánico y gerente de La Roncalesa (y socio número 1 de Osasuna)—, pero solo se pintó y arregló la tapicería. Cuando en 2007 se inauguró la Estación de Autobuses el vehículo se expuso para el acto, pero se trasladó en grúa porque “nadie se atrevía a conducirlo”. “El hombre hizo lo que pudo, tenía entonces 85 años. Chapa, pintura y tapicería”, relata Navarro.
El año pasado salió a la venta “anunciado por 100.000 euros” y, aunque el nuevo propietario y su mecánico no quieren hablar de números, este último admite que “no se pagó eso ni loco”. “El dueño tenía casi cien años y lo había tenido siempre con nostalgia, entonces lo que importaba es que se quedase aquí [en Navarra], no les interesaba que fuera por despiece de carrocería a Alemania”, sintetiza sobre la operación de compra. Una filosofía que siguen conservando.
Tras la adquisición de lo que consideran “un auténtico capricho”, seis meses después de estar “soltando, limpiando, mirando y tocando sin miedo”, el autobús centenario pasó la ITV. ¿Qué cara pusieron los técnicos de inspección cuando apareció Navarro con el vehículo? “Se asustaron”, responde el jinete de los 28 caballos que monta el motor de 7.5L gasolina, y no supera los 40 kilómetros por hora. “Por las pruebas de frenado. No tiene intermitentes. Ni luces laterales, ni galibo. No hay nada”. Esto, ¿qué normativa tiene? “La que le dio el fabricante en los años 20. Y así me la pasó la ITV, pero para ser histórico y con excepción de que esto no vaya a hacer una línea regular”, afirma el mecánico, que a pesar de llevar solo cuatro años dedicándose profesionalmente a la reparación de clásicos, ha conseguido una auténtica pericia.
Aunque ha conducido esta joya sobre ruedas por Ororbia —su pueblo y donde tiene el taller— durante horas y varios días “con calor, frío, incluso lloviendo”, también admite que “es un autobús que es para lo que es”. “Parte de patrimonio, algo visual. Va perfecto, mecánicamente podría hacer la ruta [de Pamplona a Donostia por Azpíroz], pero es un horror conducirlo. No tiene [asistencia de] dirección y maniobrabilidad. El freno es de aire y la primera te frena, la segunda menos y con la tercera tienes que esperar a que el sistema recupere presión. Es muy cansado conducir esto y el que lo coja tiene que saber lo que lleva, porque tiene cien años. O cortas el tráfico o tenemos un accidente”, ríe. En todo caso, es un precio que tanto el dueño como el propio mecánico están dispuestos a pagar con tal de “no perder la esencia” del autobús. “No queremos ponerle ninguna pieza moderna”, recalca.
“Lo bonito no es solo que [los coches o el autobús] sean antiguos, sino toda la historia que hay detrás”, describe Navarro, que hace cuatro años convirtió su pasión en su profesión. “Tenía un hostal, pero siempre he tenido coches porque me ha gustado la colección”, relata, aunque admite que sus bólidos “no están al nivel ni son tan bonitos” como los de su cliente. Sin embargo, al comienzo no arreglaba él los vehículos, sino que “compraba, pagaba a un taller y lo guardaba”, hasta que la dificultad técnica y logística de las piezas supuso que los talleres ya no aceptaran más coches clásicos. “Nadie quiere trabajar con estos coches porque son muy delicados y no encuentras piezas. Te bloquean el elevador y el taller una semana. No los quieren”, añade. Por ello, la solución que encontró fue “aprender a hacerlo” él mismo “en sus ratos libres del bar”.
Compró un taller y aprendió a base de práctica, “soltando y tocando”. Con el paso del tiempo y la práctica, y ayuda del boca a boca, fue profesionalizándose hasta poder vivir de ello. Los coches que Navarro ha restaurado, en total unos 50, también han pasado por las manos de Denis Bainbridge, un amigo de su pueblo. “Él lleva casi 35 años en Ororbia. Trabajaba en una empresa de amortiguadores [KYB, con sede en Ororbia] y cuando vino a verificar la planta desde Reino Unido, de rebote, le gustó España y se quedó”, expone. La amistad surgió por la vecindad y la afición común, trabajando desde hace un tiempo mano a mano en todos los coches que entran al taller de Navarro, incluido el autobús. “Me ayuda en detalles puntuales y en partes delicadas como la carburación, los relojes o los motores”, describe.
El autobús, que ha causado sensación, tiene su primera gran cita en Bilbao, en donde será utilizado para grabar una película en unas semanas. “De esta colección, para películas va a ser el primero y voy con pánico”, confiesa Navarro, que estaba acostumbrado a alquilar los coches para bodas, juegos de consola o videos publicitarios —como para el Holika Festival, en el que dejó su Torino para la grabación—, pero no imaginaba que fueran reclamo del cine, y lo que supone. “No me importa el tema del contrato y el dinero. Me importa dónde va a estar, cómo lo van a tener y quién se tiene que quedar. Yo no me atrevo a que la gente empiece, en producción, a tirar soportes de cámaras. Pueden rayar y estropear [las piezas originales]”, explica con apuro. Aunque afirma con orgullo que mecánicamente ha probado el motor para que en una película o cabalgata “pueda aguantar muchas horas en marcha sin que explote”. “Tendrá un millón de kilómetros este motor, pero suena maravilloso. Es increíble. Mecánica antigua, pero efectiva”, concluye.
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