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En primera persona

¿Qué hago con mi padre tetrapléjico? Mi huelga de cuidados del 8M dependió de que otras mujeres no la hicieran

Un fotograma del vídeo

Soraya González Guerrero

Este ocho de marzo le propuse a mi madre ir juntas a las calles. Me puso la misma cara que cuando yo era niña y tenía ocurrencias estrambóticas: “Sí, ya, y con papá, ¿qué hago?”. Hacer huelga de cuidados si tu marido es tetrapléjico y tiene más de 65 años sólo es posible traspasando los cuidados a otras mujeres. La cadena global de los cuidados en mi propia cara de feminista.

De lunes a viernes a papá le levanta María José con una grúa. Le asea, le da el desayuno y le cambia el pañal si se ha hecho sus necesidades. También le da palique y su primer cigarrillo del día, y así apura las tres horas diarias de ayuda a domicilio que le corresponden por ser altamente dependiente. Después de más de un año de espera, papá tiene 70 horas mensuales de ayuda a domicilio. Sólo de lunes a viernes. Sólo por las mañanas.

Para acostarlo en la hora de la siesta (porque no puede estar sentado muchas horas seguidas), levantarlo después y acostarlo por la noche, viene Esther, una vecina del bloque de enfrente. Ella también le cambia los pañales cuando toca y viene los fines de semana, cuando no hay ayuda a domicilio.

Esther trabaja de auxiliar de enfermería en un hospital horas sueltas, cuando le llaman. Completa su salario viniendo a casa de mis padres por las tardes desde hace dos meses. Vive a cinco minutos y además sabe cómo manejarse con la sonda urinaria de papá. “Con Esther nos ha tocado la lotería”, suele decir mamá.

También van a casa dos fisioterapeutas entre semana. Le estiran las articulaciones y previenen que su cuerpo se retuerza sobre sí mismo. Agustina los días pares, Sonia los impares.

La organización de los cuidados de papá gira enteramente alrededor de mujeres. Y mamá, sin ser la única pieza, es la central: compra, cocina, le da la comida y la cena, ayuda con el manejo de la grúa, gestiona todos sus tratamientos médicos y se levanta por las noches cuando pide un vaso agua. Es la que está en casa con él. A todas horas.

Papá no ha conseguido manejar de forma autónoma el sistema de voz del móvil; al menos así podría llamarnos si le pasa algo. Dejarle sólo en casa es como dejar a alguien maniatado a una silla. Mamá sólo lo hace para recados y trayectos cortos. Y desde hace un par de meses para ir a pilates. Poco a poco va atreviéndose a encontrar sus espacios propios.

Ir hasta Neptuno, en Madrid, para acudir a la manifestación no era un trayecto corto para mamá, tenía que coger un autobús y luego el tren. A ninguno de mis tres hermanos se les había ocurrido hacer huelga para quedarse con papá. Sólo uno de ellos, y sólo después de decirle que quería irme a la manifestación con mamá, se ofreció a quedarse con papá. Pero después del trabajo, a eso de las siete de la tarde.

Definitivamente mi idea de tomar las calles con mamá era estrambótica. Cuando me enteré de que el mismo municipio donde vive había una comisión del 8 de marzo y que había convocado una concentración por la mañana, se me encendió una bombilla. ¡Nos llevamos a papá a la concentración en el autobús de línea! A mamá le pareció buena idea. Pero a papá no: que si hacía frío, que si era peligroso, que si cargaba la poli nosotras podíamos correr, pero él no... excusas estrambóticas.

La cadena

En general, papá está mucho más abierto que antes del accidente a cualquier tipo de propuesta si eso significa pasar tiempo con él. Le he leído el Manual para mujeres de la limpieza de Lucía Berlín y otros tantos libros escritos por mujeres feministas y ni ha chistado. Había otra cuestión de fondo: “¿Qué pinto yo allí?”, me reconoció más tarde.

Conclusión: nos íbamos a la concentración mamá y yo. Papá se quedaba con María José sus tres horas y luego venía la fisio, que ese día se quedaba media hora más. Con ese empalme, papá estaría solo en casa media hora si nosotras no regresábamos más tarde de las 13:30.

Llegué pronto para desayunar con mamá. María José le había cortado el pelo a papá y se le había ido un poco la mano. Además de darle cigarrillos, palique, lavarle y levantarle, le corta el pelo y también las uñas.

“¿Qué pasaría si María José hubiese hecho huelga hoy?”, le pregunté a papá. “¿Y qué pasaría si yo no me hubiese caído y no me hubiera jodido las cervicales? ¿Qué haría María José? Es una cadena, yo soy el benefactor de personas como ella”, me contestó. Resulta que la que depende de papá es María José, ¿sabe usted?

A su manera, papá sigue negando su dependencia. Mientras le entrevisto con la cámara, suelta algunas de sus florituras y María José se monda de risa tras la puerta. Su risilla se cuela por el micro. Después de sus rodeos emocionales, papá se abre y expresa su agradecimiento. Está muy contento con María José. Y con Esther. Y con Sonia. Y con Agustina. Y con mamá también.

“Una cosa es que sea voluntariado y otra es que te haya caído el gordo. Hasta cuando me pica la cabeza le tengo que pedir que me rasque”. Esa es la de arena, pero con papá siempre hay otra de cal. “Me da muy rápido de comer. Empieza muy bien pero luego se pone nerviosa y empieza pas, pas, pas... y lo mismo atina que no”, dice mirando a mamá.

Ir a la concentración del municipio de mamá terminó siendo la mejor de las opciones. Íbamos sin ninguna expectativa. Yo por centrocéntrica y ella por primeriza. Para mí, el 8 de marzo es un ritual. Desde hace más de 20 años me echo a las calles con mis mejores amigas. Es una celebración, un chute de energía, sentir que caminamos juntas. Para mamá era su primera vez. No se sabía los cánticos, ni el de “Manolo, Manolito, la cena tú solito”.

Cuando llegamos a la plaza y sorteamos todos los banderolos de Comisiones Obreras, nos encontramos con una masa crítica de jóvenes diversas y de señoras de la quinta de mamá. Varias eran vecinas del bloque donde vivimos durante 20 años. Bailaban, gritaban consignas y se reían. Y nosotras las contemplamos en silencio, como si fuesen estrellas cayendo del cielo.

Cuando llegamos a casa, papá veía la Sexta. Las calles llenas. Mamá abrió un par de latas de fabada. “Hoy no cocino”. Era su forma estrambótica de hacer huelga de cuidados.

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