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Políticas de odio o políticas de vida

La verdad, la justicia y la reparación de quienes aún yacen en las cunetas, de quienes han sufrido cualquier tipo de violencia, es inaplazable

Un tribunal marroquí archiva la causa contra la activista pro emigración Helena Maleno

EFE

En un tiempo marcado por los grandes aspavientos, la política de frentes, del blanco o negro, nos acerca peligrosamente a elegir sin haber pensado. Parece que el odio es el motor que alimenta, un odio que está olvidando a la gente. Que está dejando por el camino lo importante.

Helena Maleno, defensora de derechos humanos en la frontera sur, nos decía hace poco utilizando las palabras de una compañera migrante,  “aunque ellos vengan con muerte, nosotras venimos con vida”. Y muchas veces sentimos que esta es la disyuntiva a la que nos enfrentamos en este tiempo: políticas de odio versus políticas de vida.

El sentido de ocupar un cargo público es el de servir a la ciudadanía. Servir, sin beneficio, sin lucro y sin réditos. Poner en el centro lo que a la gente le importa, dar voz y accionar a sus necesidades y reivindicaciones, y estar disponible para mejorar  sus vidas. Y eso, es totalmente contrario a jalear el odio o a enfrentar a vecinas y vecinos por el origen, la situación económica o la identidad. Es contrario por principios y es contrario por lo que persigue y por lo que consigue ¿Qué va a ser de nosotras si estamos cuestionando a diario derechos tan importantes como el derecho a la vida, a la libertad o a la diferencia? ¿Queremos una sociedad homogénea y asustada? ¿Queremos que sea el miedo y el odio el motor de nuestro país? ¿De esta sociedad? Nosotras tenemos clara la respuesta y es un rotundo no.

Un no en mayúsculas a cuestionar el derecho a la vida. Un derecho esencial que pasa por respetar y cuidarnos como seres humanos. Un derecho que está amenazado y profundamente deteriorado con las políticas europeas de las que estamos haciendo parte y que abandonan a la gente, condenando al ahogamiento a miles de personas.

Un no en mayúsculas a jalear el odio removiendo el pasado como un arma arrojadiza, en lugar de tener la intención firme e inequívoca de mejorar y limpiar las heridas, para que sanen y nos dejen a todas construir un futuro compartido y conjunto. La verdad, la justicia y la reparación de quienes aún yacen en las cunetas, de quienes han sufrido cualquier tipo de violencia, es inaplazable. No cabe el odio como camino.

Un no en mayúsculas a enfrentar a las vecinas y a los vecinos en relación a su identidad, porque las identidades suman y no restan. Cualquiera que quiera ocultar eso, dinamita la convivencia, además de poner piedras en el camino de la construcción de una sociedad más justa, más diversa y más nuestra.

En tiempos de campañas electorales parece que todo vale, y no se nos puede ni se nos debe olvidar que eso no es así. Que tenemos el deber de construir y para eso solo vale arrimar el hombro y abrir los ojos. Para ver que el mundo que vivimos es plural y necesita de protección y derechos. Porque es nuestra responsabilidad y porque es nuestro mandato.

Porque hacer políticas de vida es la única salida digna, la única que nos hace crecer y la única que cumple con nuestro deber. Hagamos una campaña electoral limpia. Dejemos las exhibiciones de egos y centrémonos en construir desde, con y para las personas, escuchando sus necesidades y garantizándoles una mejor forma de vida. Construyamos, en ese hacer campaña, la Euskadi viva que queremos, la diversa, y la que nos deja hueco a todas, una en la que no sobra nadie.

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