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Los maravillosos colores del otoño

La gama multicolor que el otoño extiende sobre el paisaje, es sólo la manifestación de una serie de complicados procedimientos químico-fisiológicos, que de forma invisible se desarrollan en las hojas y en los bosques

Bosque de la Sierra de Aralar, en otoño

El otoño es por excelencia el tiempo de los bosques caducifolios. Es el momento del año en el que se visten con sus mejores galas. En el que despliegan la infinita gama de colores que van del ocre al amarillo como si celebrasen una breve fiesta de despedida. O una traca de fuegos artificiales que compensara la vergüenza de la desnudez con la que pasarán los meses más fríos del año. Por eso pasear por los bosques en esta estación, y por los hayedos muy especialmente, es una experiencia que puede llegar a hacer perder el sentido. Incluido el de la orientación.

La gama multicolor que el otoño extiende sobre el paisaje, es sólo la manifestación de una serie de complicados procedimientos químico-fisiológicos, que de forma invisible se desarrollan en las hojas y en los bosques. Las cantidades de hojas secas que caen en otoño se valoran sin duda erróneamente en muchas ocasiones. Las hojas caídas cubren, por ejemplo, una hectárea de un bosque de hayas con una masa seca de unos 3.300 kg y, la misma superficie con abetos y pinos, con alrededor de 3.000 kg.

Esto, sin embargo, ya no extraña cuando uno se entera de que un solo abedul tiene 200.000 hojas. El peso de este follaje seco alcanza unos 214 kg. La caída de las hojas, especialmente llamativa en otoño, no es la única: esta caída se completa con una caída de las hojas en verano. Este procedimiento se puede definir como una especie de caída de emergencia, con la cual los árboles, especialmente en los meses de sequía, se despojan de aquellas hojas que ya no les son de utilidad.

Esto rige, sobre todo, para el follaje de interior de las copas. Aquí llega la mínima cantidad de luz y las hojas sólo pueden asimilar de un modo incompleto la formación de materia.

La gama del arco iris

El verde es el color más abundante que hay en la naturaleza: todas las diversas tonalidades en hojas y en frutos provienen de una sustancia llamada clorofila, que normalmente se forma mediante la luz del sol. Es por ello que las plantas la necesitan para elaborarla. Todos los procesos de descomposición juntos conducen finalmente al juego multicolor del otoño. Al desintegrarse la clorofila sólo quedan las materias colorantes de color amarillo, dando así paso a las hojas de ese color.

Dentro de esta gama pueden observarse el tono amarillo-rojizo, producido por la carotina, o el amarillo-anaranjado, causado por la xantofila o jantina, sustancias éstas que previamente ya estaban presentes en las hojas. Si ésta tiene aún brillo rojizo es porque todavía conserva restos de azúcar que, con las denominadas flavonas -materias que absorben la luz, especialmente la ultravioleta- se sintetizan formando la materia colorante roja antocianina.

Este pigmento, además de producir el color intenso de las amapolas, el arándolo y otras floras, también es el causante de los azules y los violetas. Este componente se encuentra igualmente en la savia de las plantas; si la antocianina es ácida, el color que produce es el rojo, mientras que, si es alcalina, genera el azul o el morado. El roble y el arce tienen sus hojas rojas en otoño, porque la antocianina es de tonos rojos o violetas.

El otoño es por excelencia el tiempo de los bosques caducifolios. Es el momento del año en el que se visten con sus mejores galas

Las tonalidades amarillas y rojizas en la hoja indican que ésta está aún viva, mientras que cuando se alcanza el marrón, significa que ya está muerta. Esto sucede porque en sus células ha entrado sin obstáculo oxígeno del aire, provocando con ello un proceso de oxidación. Todo el conjunto de este fascinante proceso natural de descomposición es lo que finalmente conlleva la paleta de colores que nos brinda la madre naturaleza en las especies de árboles caducifolios durante el mágico otoño.

La caída de las hojas se prepara ya por lo general en las postrimerías del verano: en la base de la hoja de forma una capa de separación de corcho. Esta no impide el transporte de la materia, dado que los elementos principales circulan a través de la capa de corcho. Después, en otoño, se forma a lo largo de la cara exterior de esta capa otra capa en la que tiene lugar el desprendimiento de la hoja.

UN BOSQUE DE VIDA

El haya es, sin duda -conjuntamente con el roble y el castaño-, las especies arbóreas más espectacular durante los meses otoñales, porque sus hojas proporcionan, entre octubre y diciembre, toda la variedad de tonos que la pupila del ojo humano puede analizar de golpe al contemplar la maravilla de este proceso.

La geografía de Euskadi se beneficia de la situación geográfica que tiene, a remolque entre las regiones Mediterránea y Atlántica. Por ello, son unos cuantos los bosques que salpican nuestro territorio, en donde las hayas se alzan como los reyes indiscutibles de un paraíso de vida vegetal, que estalla en multitud de cromatismos, siguiendo todo un proceso fisiológico sabiamente establecido por la madre naturaleza.

El hayedo es algo más que un bosque: es un pequeño universo que a lo largo de miles de años ha establecido complejas relaciones con las especies animales y vegetales que él habitan. Por su suelo deambulan el gato montés, el zorro, la garduña, el corzo, la comadreja…Abunda igualmente el jabalí, que en grupos de hasta quince individuos hoza entre la hojarasca y se da baños de lodo en la ribera de los arroyos. El hayedo también sirve de refugio a ratones, topillos y musarañas, que se encuentran a sus anchas entre la hojarasca y los árboles caídos.

Si levantamos la vista hacia las copas de los árboles, asistiremos a la eterna lucha entre cazadores y presas. La marta persigue durante la noche a pájaros, ardillas y lirones, en competencia con rapaces como el mochuelo o el imponente búho real. También son predadores nocturnos los murciélagos, a quienes el hayedo proporciona la humedad que necesitan sus alas. Cuando llega el día, son el azor, el gavilán y el águila real quienes toman el relevo. Pero, sin duda, el ave que mantiene más estrecha relación con este bosque, es el urogallo, que desgraciadamente ha desaparecido de los bosques vascos

ALGUNOS HAYEDOS INTERESANTES

El hayedo de Aralar forma parte de la más extensa y mejor mancha conservada con la que cuenta este territorio. Comenzando en Errenaga-Iturri se extiende de forma continuada a través de Lizarrusti, Etxegarate u Otzuarte para empalmar con la cadena Aizkorri-Aloña y continuar por la divisoria de aguas hasta el fin del territorio.

En el bosque de Aralar, constituido fundamentalmente por hayas -aunque en algunos lugares pueden verse robles, por ejemplo, en la ladera sur de Akaitz- aparecen pequeños claros ocupados por landa de helechos y brezo rojo. Otros hayedos de interés en Gipuzkoa son los de Aizkorri, carretera GI-3591 de Oñati a Arantzazu, y los de Lizarrusti (sur de Gipuzkoa y noroeste de Navarra, carretera C-130 de Beasain a Etxarri Aranaz por el Alto de Lizarrusti).

ALTUBE (ÁLAVA)

La desmedida extracción de madera que casi hace siglos acabó con los hayedos del País Vasco-atlántico respetó, entre otros, la cabecera del valle del río Altube. Aunque se lleva a cabo la explotación forestal e incluso hay pequeñas parcelas de pino Monterrey, conífera que ha llegado a dominar el paisaje de la región, el bosque de Altube es el más extenso de la vertiente atlántica del País Vasco. Su superficie está incluida dentro del Parque Natural del Gorbea. Se trata de un hayedo ácido, salpicado de áreas de robledal atlántico, pequeñas manchas de encinar cantábrico junto a la autopista A-68, y densas salcedas sobre los lechos de inundación del río Altube y sus afluentes.

*Julen Rekondo es experto en temas ambientales y Premio Nacional de Medio Ambiente

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