Derecho al aseo: de la indignación al movimiento
Suecia figura entre los países con mayor desarrollo humano del mundo. No sorprende que Gotemburgo haya acogido recientemente ARCH26, un congreso internacional sobre arquitectura, salud y cuidados. El encuentro partió de una idea cada vez más difícil de discutir: los espacios que habitamos influyen en nuestra salud.
La arquitectura es poderosa. Lo muestra la evidencia científica y cualquiera que haya buscado intimidad o intentado cuidar en un espacio poco pensado para ello. Las unidades neonatales son un ejemplo claro. Durante buena parte del siglo XX se creía que los bebés prematuros debían permanecer aislados, separados de sus familias tras un ventanal. Hoy sabemos que todo bebé necesita el contacto con su familia. Por eso los hospitales empiezan a incorporar habitaciones individuales donde las familias pueden estar y cuidar.
Sin embargo, hay lugares donde ni la investigación ni la experiencia cotidiana parecen bastar para transformar el diseño. Uno de ellos es el aseo. Estudios y experiencias muestran que una mujer puede necesitar más tiempo que un hombre para usarlo y que, con frecuencia, lo hace acompañando a menores o personas dependientes. ¿Por qué los aseos siguen sin evolucionar cuando no responden a los tiempos, usos y cuidados reales? Cada vez más mujeres nos indignamos al esperar más que los hombres o cuando la falda de un pictograma parece recordar que nos vuelve a tocar cambiar el pañal.
Esto no es una lucha entre sexos ni una búsqueda de culpables: es una adaptación física a las demandas actuales. La arquitectura no es neutra. Se proyecta desde ideas, prioridades y formas de imaginar a quienes usarán el espacio. Cuando esas ideas dejan de funcionar porque la sociedad cambia, el diseño también debe actualizarse. Ignorarlo perpetúa una discriminación desde el diseño normalizada demasiado tiempo.
Y no afecta solo a las mujeres. Afecta a la infancia; a hombres que buscan intimidad o quieren cambiar un pañal; y a personas con movilidad reducida, ostomía, diversidad funcional o grandes necesidades de apoyo. Los aseos son de los espacios más íntimos de cualquier edificio. Por eso deberían tomarse mucho más en serio.
Así nace Derecho al Aseo: un movimiento ciudadano para transformar la indignación en estrategia, las incomodidades en datos y las experiencias dispersas en visibilidad y cambio. Su propósito: que los aseos de espacios públicos, escuelas, teatros, estaciones, hospitales, universidades, aviones o festivales se diseñen según tiempos, usos y cuidados reales.
Puede sonar ambicioso. Lo es. Pero las transformaciones no empiezan cambiándolo todo: empiezan señalando un lugar concreto, una escena reconocible, una meta posible. En este caso, un festival.
La primera petición, dirigida a Mad Cool, obtuvo una respuesta. El festival afirmó que no aplica una distribución de aseos al cincuenta por ciento entre hombres y mujeres y comunicó una proporción más favorable para las mujeres, aunque con datos incompletos. Es un avance: el problema ha dejado de ser invisible. Pero aún no permite saber si las esperas son justas ni cómo influyen la distribución, limpieza, mantenimiento, accesibilidad o condiciones reales de uso.
Por eso toca dar un paso más. Las organizaciones pueden aportar planos, ratios, aforos o protocolos. Pero las personas usuarias conocen algo que rara vez se mide: qué ocurre dentro y alrededor de un aseo cuando hay que esperar, cuidar, cambiarse, acompañar, improvisar o renunciar a usarlo.
De ahí nace Cartas al Aseo, una campaña de ciencia ciudadana para recoger experiencias y convertirlas en datos. ¿Has tenido que esperar mucho más que otras personas en un festival? ¿No has podido cambiarte una compresa o lavar una copa menstrual? ¿Te ha resultado imposible acompañar a una persona dependiente porque no había espacio para dos?
No se trata de acumular anécdotas ni de exponer intimidades, sino de identificar patrones: situaciones que se repiten en festivales, estaciones, escuelas, teatros, hospitales, universidades o aviones porque todavía se diseñan aseos para una persona usuaria abstracta.
Ir al aseo en un concierto no debería significar perderse la canción que llevas meses esperando, dejar de beber para evitar la cola, orinar en cuclillas subida al inodoro, no poder lavar una copa menstrual o preferir aguantar ante un espacio hostil. Visibilizar estas situaciones, unir fuerzas y pasar de la indignación al movimiento es, sencillamente, más sensato.
Las visitas al aseo durante el congreso sueco ofrecían una escena distinta: pictogramas de inodoro o urinario, sin faldas ni pantalones, y cubículos con lavabo propio. Suecia no es perfecta; ningún país lo es. Pero quizá ahí está la enseñanza: la calidad de vida no se mide solo en grandes indicadores. Deberíamos valorar un país, una ciudad, un edificio o un festival también por cómo cuida aquello que casi siempre prefiere esconder.
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