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Cómo desbloquear las negociaciones entre Estados Unidos e Irán

Un grupo de hombres sigue la última hora de las negociaciones entre EEUU e Irán en una cafetería de Islamabad (Pakistán).
16 de abril de 2026 22:06 h

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Va a celebrarse una segunda ronda de conversaciones entre Estados Unidos e Irán. Las primeras conversaciones directas celebradas en Pakistán, aunque fuentes diplomáticas describieron el encuentro con “optimismo”, el proceso arrastró desde el inicio graves fallos metodológicos. Las agendas iniciales resultaron profundamente incompatibles: Irán exigía control sobre el estrecho de Ormuz, descongelación de fondos, levantamiento de sanciones e inclusión del Líbano en el alto el fuego, mientras EE.UU. demandaba la apertura del estrecho, el desmantelamiento del programa nuclear y de misiles iraní, y el cese del apoyo a grupos islamistas.

A ello se añadió una notable imprecisión en las posiciones: ningún país publicó versiones oficiales de sus demandas, y cada detalle filtrado por una parte era negado por la otra, reflejando la distancia real entre ambas y la ausencia total de comunicados conjuntos que pudieran anclar los avances y generar confianza mutua. Además, no podía pedirse que un acuerdo se lograra en el primer día; se necesitan varias rondas para conseguirlo. En 2015, en las negociaciones con Irán en Viena sobre el tema nuclear, y en las que se logró un acuerdo, el secretario de Estado John Kerry pasó 18 días consecutivos en el hotel donde se celebraban las reuniones, incluso con una pierna rota. Nada que ver con impaciencia inicial del vicepresidente Vance.

La negociación en Pakistán se vio además saboteada por múltiples factores externos e internos. Israel actuó como elemento desestabilizador espóilerr), continuando sus ataques en el Líbano mientras las partes negociaban, con Netanyahu negándose a acatar el alto el fuego y Trump insistiendo en que el Líbano no formaba parte del acuerdo original. Por su lado, Trump adoptó un lenguaje triunfalista, de suma cero y deslegitimador —proclamando la victoria antes de cerrar ningún acuerdo—, lo que redujo los incentivos iraníes para ceder y debilitó a sus propios negociadores. Irán, por su parte, recurrió a un discurso esencialista, cargado de agravios históricos, simbología religiosa y una lógica maniquea víctima-agresor que endureció sus posiciones y cerró el espacio para concesiones. Como único elemento positivo, los equipos técnicos continuaron trabajando sobre los borradores para una próxima ronda, lo que representa una buena práctica metodológica, aunque insuficiente para compensar el peso de los demás fallos.

Mirando lo que pide cada parte, pero también la historia del conflicto, veo posibilidades de llegar a un acuerdo satisfactorio para ambas partes, aunque implica también a Israel. Se basaría en los siguientes puntos: cese de hostilidades de las dos partes, incluida Israel; suspensión preventiva de nuevas sanciones; suspensión de los apoyos militares de Irán a Hamás y Hizbulá; creación de un mecanismo de verificación de la ONU para el cese de hostilidades, y de la OIEA para temas nucleares; actualización del Acuerdo Nuclear con Irán (JCPOA) de 2015, reforzado, como garantía de no proliferación nuclear, eliminando así cualquier posibilidad de fabricar armas nucleares; acceso a Irán de la tecnología nuclear civil, con verificación de la OIEA; entrega a la OIEA del uranio enriquecido superior al 60%, en caso de existir; moratoria de pruebas de misiles de largo alcance de Irán, a cambio de que los países del Golfo y Estados Unidos no amplíen sus sistemas de defensa antimisiles.

También garantías hacia Irán de que el estrecho de Ormuz no será utilizado para atacarla, a cambio de permitir el paso libre de los buques; Irán se encargaría de la seguridad del estrecho de Ormuz y de la libre navegación; compromiso de no agresión sobre Irán desde los países del Golfo o desde las bases militares de Estados Unidos en estos países; alto al fuego inmediato en el sur del Líbano, apoyo a las negociaciones ya iniciados entre los gobiernos de Israel y Líbano; retomar la iniciativa de desmilitarizar el sur de Líbano; levantamiento de las sanciones a Irán y retorno de sus activos congelados; iniciar un proceso de seguridad para toda la región del Golfo, creando una institución con esta finalidad, y una resolución del Consejo de Seguridad sobre el acuerdo alcanzado.

La propuesta corrige varios de los fallos identificados en las primeras conversaciones de Islamabad. Su principal virtud es la lógica de reciprocidad equilibrada, pues, frente a las agendas inicialmente incompatibles de ambas partes, la propuesta articula concesiones simétricas y verificables, evitando la lógica de suma cero que caracterizó el discurso de Trump en medio de las negociaciones, que además utilizó un lenguaje coercitivo por presión psicológica y contradictorio tácticamente, al decir “no importa. Desde el punto de vista de Estados Unidos, ganamos”.

Respecto al tratamiento del estrecho de Ormuz, en lugar de confrontar la exigencia iraní de control con la demanda estadounidense de apertura, la propuesta combina el reconociendo de la responsabilidad iraní sobre la seguridad del estrecho, a cambio de garantías de no agresión, lo que transforma un punto de bloqueo en un posible punto de encuentro. La actualización reforzada del JCPOA, la entrega del uranio enriquecido y el acceso a tecnología nuclear civil con verificación de la OIEA, ofrecen a Irán incentivos concretos y dignificantes, mientras satisfacen la exigencia estadounidense de no proliferación sin recurrir a la humillación pública que hizo más rígidas las posiciones iraníes. La moratoria de misiles con contrapartida para los países del Golfo introduce además una dimensión regional hasta ahora ausente del diálogo bilateral, y la resolución del Consejo de Seguridad aportaría el anclaje multilateral del que carecieron las conversaciones de Islamabad, reduciendo la dependencia del acuerdo respecto de la voluntad política coyuntural de cada gobierno.

Sin embargo, la propuesta presenta dificultades de entrada que, lejos de ser insalvables, podrían superarse si todas las partes asumen compromisos orientados a aumentar la seguridad regional. El punto aparentemente más complejo es la inclusión de Israel en el cese de hostilidades, dado que Netanyahu ha actuado como spoiler en las conversaciones previas. No obstante, si Estados Unidos asumiera un compromiso explícito de presión sobre Israel, condicionando su respaldo diplomático y militar a la adhesión israelí al acuerdo, este obstáculo podría transformarse en una palanca de estabilización regional. El alto al fuego alcanzado en Líbano este jueves puede ayudar en ese sentido.

Del mismo modo, la suspensión del apoyo iraní a Hamás y Hezbolá, aunque difícil de vender internamente por el régimen, resultaría más asumible si se enmarca no como una rendición sino como una contribución iraní al nuevo sistema de seguridad regional, en el que Irán ganaría reconocimiento como actor legítimo y garante del estrecho de Ormuz. La reducción progresiva de bases militares estadounidenses en el Golfo, podría igualmente conciliarse en la nueva institución de seguridad regional propuesta, un marco de garantías colectivas que sustituya funcionalmente la protección que hoy les ofrecen dichas bases. Finalmente, los riesgos sobre la fiabilidad de los mecanismos de verificación —ONU y OIEA— son reales, pero mitigables si el acuerdo establece protocolos de transparencia más exigentes que los del JCPOA original y sanciones automáticas ante incumplimientos. En síntesis, la propuesta es viable si se aborda con voluntad política colectiva, ampliando la mesa negociadora e invirtiendo en los mecanismos de confianza que las conversaciones de Islamabad no lograron construir.

En estos días, el tema central parecer ser el de la proliferación nuclear, donde Estados Unidos exige una suspensión de 20 años en el enriquecimiento de uranio, mientras que Irán solo está dispuesto a hacerlo en menos de 10 años, aunque con el compromiso de diluir su uranio enriquecido. Al respecto, quiero recordar dos cosas. La primera es que, en el acuerdo de 2015, ambas partes ya acordaron limitar el nivel de enriquecimiento del uranio al 3,67%, con unas reservas máximas de 300 quilos de uranio enriquecido, y un máximo de 6.000 centrifugadoras IR-1, lo cual garantizaba la imposibilidad de construir armas nucleares.

De ahí la conveniencia de recuperar este acuerdo, que fue anulado por Trump en mayo de 2018, después de que Netanyahu visitara a Trump el 5 de marzo de aquel año, en la conferencia anual de AIPC, un lobby de apoyo de Estados Unidos a Israel, donde el tema central fue la capacidad nuclear de Irán, y Netanyahu pidió una posición más dura a Estados Unidos. El segundo aspecto a comentar es que, menos de 48 horas antes de que comenzaran los ataques coordinados entre Estados Unidos e Israel contra Irán el 28 de febrero, el enviado especial estadounidense Steve Witkoff y Jared Kushner, yerno del presidente Donald Trump, se reunieron con el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, en Ginebra para una tercera ronda de conversaciones mediadas por Omán, y con el objetivo de alcanzar un acuerdo nuclear.

La prestigiosa revista Arms Control Today, creada en 1974, en su último número describe con precisión este encuentro, y señala que Witkoff no contaba con suficiente experiencia técnica ni diplomática para llevar a cabo una diplomacia eficaz. No se enteró de nada. Su falta de conocimiento y la tergiversación de las posiciones de Irán y su programa nuclear durante todo el proceso, influyeron en la valoración de Trump de que las conversaciones no avanzaban y que Irán no negociaba en serio, a pesar de que este país informó que no acumularía gas uranio enriquecido y aceptaría una amplia supervisión del OIEA. A pesar de que Irán mostró flexibilidad, Trump parecía no estar interesado en un proceso de negociación prolongado, y seguramente ya tenía tomada de decisión de atacar, a instancias de Netanyahu. La lección es clara: se necesita más tiempo, negociadores expertos en cuestiones nucleares, no un promotor inmobiliario neoyorquino, buscar salidas honrosas para ambas partes, y aprovechar la oportunidad para empezar un proceso de seguridad regional.

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