El nuevo plan para Gaza, condenado al fracaso
La intensidad y lo errático de la guerra en Irán, ha obligado a posponer negociaciones de otros conflictos armados, como el de Ucrania, y eclipsado novedades importantes en contextos como el de Gaza, donde en estos días han ocurrido cosas muy importantes. Nickolay Mladenov, alto representante de la Junta de Paz para Gaza, ha expuesto ante el Consejo de Seguridad varios puntos destinados, en teoría, a garantizar la implementación del plan de paz del presidente estadounidense Donald Trump. Poco después se conocieron los detalles de lo que se han bautizado como “Pasos para complementar la implementación del Plan de Paz Integral de Trump para Gaza”, que consta de doce puntos y cinco fases, con un calendario para los cuatro primeros.
Antes de comentar estos puntos, hay que recordar que, dos días antes de su presentación, los ministros de Asuntos Exteriores de 20 países, 11 de ellos europeos, entre los que estaban España y Francia, así como los secretarios generales de la Liga de Estados Árabes (LEA) y la Organización de Cooperación Islámica (OCI), emitieron una declaración conjunta condenando las actuales medidas israelíes como una “flagrante violación” del derecho internacional que promueve una “anexión de facto” de Palestina, instando a Israel a revertirlas y advirtiendo sobre su impacto en la viabilidad de una solución de dos Estados. Creo que es interesante recordarlo, pues choca bastante con los 12 pasos y 5 fases que ahora comentaré, muy complacientes con Israel y su “guerra de redención”, como la llama Netanyahu, que no solo ha arrasado Gaza, sino que también se está anexionando Cisjordania. Destaco igualmente que las fuerzas armadas israelíes han rociado tierras agrícolas con niveles peligrosamente altos del herbicida glifosato, a lo largo de la valla fronteriza de Gaza, impidiendo que los agricultores palestinos accedan a sus tierras. Ha hecho lo mismo en el sur del Líbano, en una política de “tierra quemada”, o “cortar el césped”, como dice el Gobierno israelí.
Aunque el alto representante de la Junta de Paz para Gaza diga en el Consejo de Seguridad de la ONU que ya se ha completado la primera etapa del plan original de Trump, lo cierto es que ha habido casi 700 muertos por la violación del alto al fuego de octubre de 2025, no llega toda la ayuda humanitaria necesaria a Gaza, no ha habido ninguna amnistía, ni hay señal alguna de que Israel vaya a retirar del todo sus tropas. Además, el contexto geopolítico actual señala que Israel no está interesado en lograr una arquitectura de seguridad equilibrada con sus vecinos, sino en consolidar su supremacía en la región, junto a Estados Unidos. La guerra de Irán, pues, afecta de lleno a Gaza.
¿Qué pretende este nuevo plan? Pues básicamente lograr el desarme de Hamás y la Yihad Islámica, sin que en ningún momento se mencione la creación de un Estado palestino. La primera fase, de 15 días, es para preparar la recogida de las armas y para que el Comité Nacional para la Administración de Gaza (NCAG) asuma el control de la seguridad y administración de Gaza, algo muy abstracto, pues no se menciona cuando comenzará el plan, y supone priorizar la seguridad a la reconstrucción y la ayuda humanitaria, que deberían ir de la mano. El plan, ¿empezará dentro de una semana, un mes, seis meses? A corto plazo, sabemos que esta primera fase es muy complicada, pues no se ha hecho nada hasta el presente, e incluso los “ministros” del NCAG todavía no han pisado el terreno gazatí. Lo único que ha empezado a funcionar es el entrenamiento de 2.000 voluntarios a policía para Gaza, que corre a cargo de Egipto y Jordania, que ya lo habían hecho en épocas anteriores, en espera de alcanzar los 5.000 efectivos, y que será un serio problema, pues Hamás ya controla totalmente la seguridad de la zona, y no dejará de hacerlo sin contrapartidas, que tampoco están previstas. Si algo sabemos bien en el mundo de las negociaciones es la importancia de los incentivos para dejar las armas, algo que aquí no se tiene en cuenta. Además, Israel está vetando a los candidatos a policía que ya lo fueron durante el régimen de Hamás, añadiendo tensiones y aumentando su control sobre el futuro Gaza.
En la segunda fase, Israel retiraría todas las armas pesadas bajo su control, algo que ahora no cumple ninguna función, pero los tanques y artillería sí servirán para atacar Líbano. En esta fase se tendría que desplegar la famosa fuerza internacional de paz (ISF), de momento un fiasco, pues hay pocos países dispuestos a aportar tropas, y algunos de ellos se han retirado tras los ataques de Israel y Estados Unidos a Irán. Quedan solamente las ofertas de tropas de Marruecos, Kazajistán, Kosovo y Albania. Solo el primer país tiene el árabe como idioma, y me resulta inquietante que haya allí tropas albanokosovares. Calculo que la misión puede costar entre 1.000 y 1.400 millones de dólares anuales, en un territorio cuyo PIB era de 3.500 millones de dólares antes de la guerra y ahora no vale nada. Vale más el pan que la mantequilla, y, además, la existencia de esta fuerza internacional no tendrá sentido una vez se desarme Hamás. Esta fase tendría que hacerse antes de dos meses tras empezar el plan, algo bastante improbable. Por su arte, Israel estaría obligada a permitir la construcción de unidades residenciales prefabricadas temporales en ubicaciones aprobadas por el comité nacional palestino, aunque esto entra en colisión con algo que comentaré de la fase quinta.
La tercera fase, que empezaría al cabo de un mes y que podría durar tres meses, sería la más intensa, pues Hamás debería entregar todas sus armas al NCAG y permitir la destrucción de todos los túneles. Hamás de momento continúa diciendo que no se desarmará hasta que todas las tropas de Israel se hayan marchado, algo que no está previsto del todo en el nuevo plan, por lo que, de nuevo, vamos a tener un serio problema. La cuarta fase, que abarcaría del tercer al octavo mes desde el inicio, cinco meses, sería para recoger y registrar las armas, un tiempo totalmente desmesurado y que se solapa con la fase anterior. En esta etapa, las fuerzas israelíes comenzarían a retirarse de forma gradual, pues en la fase quinta, muy importante, prevé “la retirada completa de las fuerzas israelíes de Gaza salvo por una presencia en un perímetro de seguridad”, es decir, sí pero no, lo que equivale a decir que no se retiraran del todo, con lo cual se hace imposible el desarme total de Hamás. Peor no se podía diseñar. Además, la prometida etapa de reconstrucción no empezaría hasta completar todo este ciclo de 250 días, y está condicionada al desarme total de Hamás y la Yihad Islámica. El 15 de marzo, Israel dio un lazo de dos meses a Hamás para su desarme completo, algo imposible de conseguir en estos momentos, por lo que el riesgo de una nueva intervención militar israelí está presente. No hay que olvidar que en junio está previsto que haya elecciones en Israel, y Netanyahu querrá mostrar algunos triunfos, y las prisas van en contra de la racionalidad en la toma de decisiones y en la planificación de un auténtico plan de paz.
Recapitulando, no sabemos cuándo empezará el proceso, la secuencia no es la correcta, los tiempos tampoco, la reconstrucción solo empezará en las zonas completamente desmilitarizadas, las demás, que se apañen; no se han recogido todavía los fondos económicos para empezar la reconstrucción, y los países del Golfo que se habían comprometido a poner “algo”, ahora están en guerra y no prestan atención a Gaza; no hay el número previsto de tropas de “estabilización”, 20.000, y seguramente no hacen falta; habrá problemas con el desarme de Hamás, a la que se invita a una rendición política a cambio de nada, ya han dicho que no se desarmarán hasta que se retiren completamente las fuerzas militares israelíes, se reconozca el derecho a un Estado palestino y se desmantelen las fuerzas paramilitares que Israel ha fomentado en Gaza; Israel, además, no muestra ninguna señal de retirarse, y existen demasiados precedentes de incumplimiento de sus compromisos. También cuenta el aumento de los asentamientos y la violencia creciente de los colonos en Cisjordania, que actúan con total impunidad, y que estos días ha sido denunciado por Ramiz Alakbarov, coordinador especial adjunto de la ONU para el Proceso de Paz en Oriente Medio, lo que supone un problema añadido de primer orden y ha tirado a la Autoridad Nacional Palestina al cubo de la basura. El proceso diplomático ha quedado reducido al desarme de Hamás, y Gaza ya está pagando el precio de las guerras de Irán y Líbano.
Desde una perspectiva del análisis de negociaciones de paz, el plan presentado para Gaza constituye un ejercicio de ingeniería diplomática profundamente defectuoso, que ignora de manera sistemática los principios fundamentales que determinan el éxito o el fracaso de cualquier proceso de desarme y reconciliación. Un desarme funcional exige, como mínimo, que el grupo armado perciba que la rendición de sus armas no equivale a su eliminación política y física, y que exista un horizonte político claro, en este caso, la viabilidad de un Estado palestino, que otorgue sentido al proceso. Al ignorar estas condiciones, y al mantener una presencia militar israelí indefinida como variable de control, el plan no constituye técnicamente un proceso de paz, sino un instrumento de rendición unilateral sin contrapartidas, condenado al fracaso antes incluso de haber comenzado. En síntesis, un plan de paz que no aborda las causas estructurales del conflicto, que no equilibra las obligaciones de las partes, que carece de financiación asegurada y de mecanismos de verificación creíbles, y que ni siquiera define cuándo empieza, no es un plan de paz. Es, en el mejor de los casos, una hoja de ruta hacia el fracaso anunciado y, en el peor, un instrumento para consolidar el statu quo de la ocupación bajo una cobertura de legitimidad diplomática.
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