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Opinión

Brasil: una elección en la que está en juego la democracia

Río de Janeiro, este sábado, previo a las elecciones presidenciales.

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La elección presidencial en Brasil tendrá consecuencias directas para la región. El destino de la democracia brasileña y la dirección política del país más grande de América del Sur producirán una gran choque, cuyas ondas expansivas y réplicas afectarán a todos los demás países de su entorno. Los reflejos de este proceso brasileño también se sentirán en otros continentes, impactando el curso de elecciones lejanas y el reequilibrio de fuerzas a escala global.

Esta reacción en cadena no sólo está relacionada con el hecho de que Brasil sea un país grande, de dimensiones continentales, cuya producción agrícola, ganadera y minera está directamente conectada con los mayores mercados mundiales. Tampoco es algo que pueda explicarse solamente por el hecho de que Brasil alberga la mayor parte de la selva amazónica, un bioma que es central para el futuro de la humanidad en este momento.

Es cierto que todos estos factores son importantes. Sin embargo, hay un aspecto de esta elección que la hace decisiva no solamente para los brasileños, sino para buena parte de la comunidad internacional. La elección presidencial brasileña de 2022 va a definir el rumbo de la propia democracia y su capacidad para resistir un nuevo tipo de acoso, proveniente de sectores de una nueva extrema derecha populista mundial, que hemos visto en acción en EEUU, Italia, Hungría y Polonia.

El actual presidente, Jair Bolsonaro, fue elegido en 2018 como uno de los máximos exponentes de este nuevo sector a nivel mundial. Hizo campaña elogiando el golpe militar de 1964, que instauró una dictadura de 21 años en Brasil. En sus entrevistas, dijo que el régimen militar brasileño mató a pocos. Debería haber matado más. Bolsonaro tiene como ídolos a generales que han sufrido condenas por tortura en Brasil.

Su propuesta política se sitúa en un polo tan radical de la extrema derecha mundial que, tras sus cuatro años en el cargo, acabó empujando a la izquierda y la derecha tradicionales a una misma coalición. En esta elección se postulan juntos el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva y el exgobernador de São Paulo, Geraldo Alckmin, como presidente y vicepresidente, respectivamente. Los dos siempre han sido rivales entre sí. El PT de Lula y el PSDB, partido de origen de Alckmin, pelearon durante mucho tiempo como los mayores adversarios en Brasil. A pesar de las grandes diferencias ideológicas y los ataques mutuos, ambos se ubicaron en el mismo polo: el polo democrático.

Bajo el gobierno de Bolsonaro, la violencia política ha aumentado. En sus cuatro años de gestión, expandió el uso de armas de fuego en Brasil. En los 16 estados brasileños que ganaron las elecciones de 2018, el crecimiento de los permisos para la posesión de armas de fuego creció en más del 300%. Durante la presente campaña se han producido asesinatos políticos de enorme repercusión, con atentados mortales de militantes bolsonaristas contra votantes del campo contrario. Según una encuesta del Instituto Datafolha, el 67% de los votantes brasileños dice tener miedo a la violencia política y el 9% admite no votar por eso.

Bolsonaro está detrás de Lula en todas las encuestas. Ningún gran instituto brasileño dice que el actual presidente está en condiciones de ser reelegido. Incluso existe la posibilidad de que Bolsonaro sea derrotado en la primera vuelta. Pero nada de eso le importa. El presidente les dice a sus partidarios que las encuestas mienten y que ganará en la primera vuelta.

En julio, un grupo de organizaciones de la sociedad civil brasileña estuvo en Washington, reuniéndose con miembros del Departamento de Estado y con congresistas de la Cámara y el Senado. En estas reuniones, la petición fue una sola: que reconozcan el resultado de las elecciones de octubre en Brasil y que saluden al nuevo presidente electo, sea quien sea, para evitar que Bolsonaro intente subvertir el proceso, como hizo Trump en 6 de enero de 2021 en EE.UU.

Los cuatro años de Bolsonaro han sido un terremoto para la sociedad civil, los derechos humanos, el medio ambiente y la democracia en Brasil. El daño está hecho. Los reflejos se sienten mucho más allá de las fronteras brasileñas. Pero en esta elección, el país tiene la oportunidad de reconstruirse y de volver a vivir las disputas político-ideológicas de manera limpia, dentro de los límites de la democracia. Sin eso, el derrumbe brasileño terminará arrastrando consigo a otros países del mundo, donde los exponentes de esta nueva extrema derecha también se sentirán animados a incursionar.

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