Sin feminismo no hay justicia

El decano del Colegio de Abogados de Madrid, José María Alonso.

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Dos mujeres se encontraban en la Antigua Roma recordando anécdotas de cuando jugaban juntas en la infancia. Reían, bailaban y probaban ese delicioso vino que servía aquella conocida popina de su localidad. Llegaba la hora de volver a casa, donde sus respectivos maridos las esperaban. Así que, como cada vez que probaban vino, se dispusieron a limpiarse los labios para evitar la más cruel de las condenas. Ese día, una de ellas, no consiguió deshacerse del olor a vino que dejaba su aliento y en el mismo instante que saludó a su marido, este comenzó a golpearle hasta la muerte. El marido había ejercido su derecho: el derecho de beso.

En efecto, en la Antigua Roma existía el ius osculi y consistía en que las mujeres tenían totalmente prohibido probar el vino. El marido ostentaba un derecho de beso, es decir, a besar a su mujer cada vez que esta entraba por la puerta de casa, para así comprobar que no olía a vino y que, por consiguiente, había cumplido con esa norma misógina. El derecho no terminaba en ese beso, sino que, en el caso de que la mujer hubiera bebido vino o que el marido así lo sospechase, este podía ejercer el castigo por su propia cuenta, que iba desde un aislamiento total en su habitación hasta golpearla hasta la muerte. La mujer ni siquiera era sometida ante esta norma injusta a un juicio público, es decir, la mera declaración de su tutor legal servía como prueba para que el marido tomara justicia por su cuenta y pudiera asesinarla en el preciso instante en el que creyera que había consumido vino bajo total impunidad. 

La mujer, en efecto, ha ido a lo largo de la historia teniendo que ganarse derechos que ya correspondían a los hombres desde un principio. Esto es, feminismo significa esa lucha social y política que la mujer ha tenido que ir conquistando a lo largo de los siglos, mientras que el hombre ya la tenía conquistada por el mero hecho de nacer varón. Es por ello que considero no solo desafortunadas, sino erróneas, las palabras que el Decano del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid pronunció hace unos días. “No tenemos que tener una justicia ni machista ni feminista, sino independiente”.

Y es que la propia independencia judicial no se puede desligar del contexto social existente en una comunidad. Es más, la independencia e imparcialidad judicial encuentra su máxima expresión cuando comprende los factores sociológicos, políticos y sociales que acontecen en su sociedad. Un juez no es un individuo aislado socialmente que vive en una cabaña al estilo Thoreau y que debe estar en cero contacto con la sociedad para poder ser más independiente e imparcial. Al contrario, sus dos funciones esenciales encuentran su sentido en el entendimiento del contexto social en el que viven. El conocido filósofo Hegel argumentaba que la libertad del individuo alcanzaba su sentido con El Estado, es decir, gracias a la comunidad. Bajo mi punto de vista, con el feminismo y la justicia pasa lo mismo. Las dos funciones esenciales del juez, a saber, la imparcialidad e independencia, no se pueden materializar si no se tienen en cuenta los factores que están impregnados en la sociedad, en este caso, el machismo que no solo se encuentra en las instituciones, sino en la propia sociedad. Ergo, no solo es necesaria una justicia feminista, sino que sin una justicia feminista no se puede hablar de justicia.

Pudiera parecer que hemos tenido que remontarnos a la Edad Antigua para poder encontrar vulneraciones de derechos a las mujeres por el mero hecho de serlo, pero nada más lejos de la realidad. En España, hace menos de 100 años, concretamente en 1932, no era delito que el hombre matase a su mujer si entendía que esta le había sido infiel. El castigo podía ir desde una infracción civil hasta el destierro y no fue hasta 1963 cuando se prohibieron legalmente estos asesinatos de violencia de género. Aun así, la mujer seguía siendo ignorada para hacer vida en sociedad y no fue hasta 1981 cuando pudo por primera vez abrirse una cuenta corriente a su nombre sin permiso del marido así como tener un pasaporte propio. Vemos como desde el derecho de beso romano hasta que la mujer pudo estar protegida por la ley en España han pasado más de 2.500 años. ¿Qué es lo que nos hace creer que toda esa cultura machista impregnada durante más de dos milenios se ha podido solucionar con la aprobación de unas normas que no tienen ni medio siglo? 

Huelga recordar que no han pasado ni 6 años del caso de La Manada de Pamplona, donde uno de los jueces calificó dicha violación de “jolgorio”, violación que, por cierto, no debe ser tenida en cuenta en singular, ya que como bien recordó el Tribunal Supremo, a pesar de no poder entrar a resolver en el fondo de la cuestión ya que ninguna de las partes lo pidió en casación – requisito indispensable del principio acusatorio – se violó en diez ocasiones a la víctima. En otras palabras, donde el Tribunal Supremo vio diez violaciones, uno de los jueces de primera instancia vio un “jolgorio”. Precisamente por eso hace falta una justicia feminista. Para que la imparcialidad y la independencia los jueces no se vea vulnerada por el machismo. Para que no puedan existir absoluciones por agresión sexual como la del caso de la minifalda, donde el Tribunal entendió que la falda de la víctima había provocado al empresario por su manera de vestir, incluso demostrándose días después que ni siquiera la víctima llevaba una falda puesta sino unos pantalones vaqueros. Para que una jueza no pregunte a la víctima si cerró bien sino para que entienda por qué no las pudo cerrar. 

En definitiva, no solo el feminismo en la justicia es necesario, sino que tienen que ser ellas mismas, es decir, las mujeres, las que protagonicen también las grandes decisiones que se toman en este país. Es inconcebible que exista una mayoría femenina en la judicatura, concretamente del 54%, pero que el máximo órgano jurisdiccional de nuestro país, el Tribunal Supremo, esté compuesto por un 79% de hombres, según datos del propio Consejo General del Poder Judicial. Porque, al igual que el derecho de beso no se derogó por querer respetar a la mujer, sino más bien para proteger al hombre cuando comenzó a existir el herpes labial, tampoco se va a lograr la independencia e imparcialidad plena si no se aplica perspectiva de género a las decisiones judiciales en las que la mujer juega un papel especial por su condición sexual. Porque la justicia sí debe ser feminista y no machista, porque no se puede equiparar lo que pretende discriminar a un sexo con lo que intenta evitar precisamente dicha discriminación.

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