Íñigo Errejón: ¿tener razón o ganar elecciones?

Manuela Carmena e Íñigo Errejón en su primer acto juntos en La Nave de Villaverde.

El pasado 16 de febrero Íñigo Errejón y Manuela Carmena, arropados por unas 2.000 personas, celebraron su primer acto electoral en la capital madrileña para presentar sendas candidaturas al Ayuntamiento y a la Comunidad de Madrid. Este movimiento, con la vista puesta en el próximo 26 de mayo, ha vuelto a poner sobre la mesa el debate sobre las diferentes sensibilidades existentes en Podemos y, sobre todo, el debate sobre los planteamientos teóricos defendidos por el propio Errejón. La discusión es pertinente toda vez que continúa generando efectos en un espacio político que transciende al propio Podemos, como hemos visto con la reciente decisión de Equo de abandonar la gestación de la confluencia de Unidas Podemos en Madrid y abrir negociaciones con la nueva plataforma encabezada por Errejón y Carmena.

Más allá del debate orgánico sobre los tiempos y las formas de la decisión tomada en su día por el otrora candidato de Podemos a la Comunidad de Madrid, merece la pena detenerse en analizar algunas de las motivaciones ideológicas que han llevado a Errejón a realizar este movimiento. Este ejercicio es necesario porque se ha instaurado, tanto en el seno de Podemos como en buena parte de los medios de comunicación, un relato por el cual los partidarios de Errejón preferirían ganar las elecciones a defender ideas y valores de forma clara y contundente. Así, no faltan quienes encuentran más moderada su propuesta que la de Pablo Iglesias, o incluso próxima al PSOE.

En cierto modo, es correcto decir que el errejonismo plantea el siguiente debate a las llamadas fuerzas del cambio: tener razón o ganar elecciones. Errejón, como buen lector de Laclau y Mouffe, sabe que no basta con enunciar una supuesta realidad preconstituida en una esfera independiente de la política, pongamos por caso la económica, en la que reside la verdad objetiva de lo social. Si la izquierda quiere conectar con la mayoría de la sociedad, no puede jugar a desvelar el auténtico conflicto –lucha de clases, siguiendo con nuestro ejemplo economicista– que desencadena todos los demás y que permanece oculto a los ojos de la mayoría. Si una fuerza política se limita a revelar esa verdad objetiva que solamente unos pocos ven puede tener razón pero, en la medida que no conecta más que con una selecta vanguardia y se dirige con cierta prepotencia intelectual a los demás, nunca ganará elecciones.

La cuestión clave aquí es que no hay tal realidad constituida por fuera de lo político. Evidentemente, hay hechos objetivos incontestables, pero el significado de los mismos está siempre abierto a una legítima disputa. Y esa disputa discursiva es lo que se juega en el terreno exclusivo de lo político. Así, que un poblado quede devastado tras un seísmo pude ser interpretado como un castigo de los dioses o como el resultado de un urbanismo irresponsable. De las dispares interpretaciones se derivarán, como es natural, responsables distintos de la catástrofe y medidas diferentes para evitar su repetición en el futuro. Por tanto, la operación política por excelencia no consiste en enunciar una verdad objetiva –en tener razón- sino en construir una interpretación de los hechos que configure el sentido común mayoritario.

Descartada la opción que se inclina por tener razón frente a ganar elecciones, pareciera que solamente nos queda aglutinar el mayor número de voluntades posibles para el triunfo electoral. Esto es precisamente lo que vienen haciendo los partidos catch-all desde la segunda mitad del siglo XX en Europa occidental. Se trata, como sabemos, de partidos que diluyen o suavizan sus ideologías de origen con la finalidad de atraer al mayor número de votantes. No obstante, sostenemos que la operación política que defiende Errejón es esencialmente distinta. Y lo es porque no se trata tanto de sumar voluntades ya existentes como de construir una nueva identidad colectiva.

Lo que distingue la estrategia catch-all de la apuesta por constituir una hegemonía en términos gramscianos es la diferencia entre la suma y la articulación. Una mera suma de voluntades agrupa o aspira a agrupar a cuantas más mejor sin límite teórico alguno. La articulación transforma a ambas partes, tanto a la incorporada como a la naciente identidad colectiva. La articulación hace que cada parte se trascienda a ella misma en un todo superior a la suma de las partes. Este proceso articulatorio no es pacífico ni está exento de contradicciones. De hecho, debe gestionar de forma permanente la irresoluble tensión entre la reafirmación de lo ya articulado y la necesaria apertura a nuevos elementos. Un exceso de reafirmación impediría su crecimiento, mientras que un exceso de apertura entrañaría el riesgo de articular elementos muy dispares e implosionar la contingente unidad lograda. Para gestionar tan delicado equilibrio, el populismo se propone trazar una frontera al interior de la comunidad política que construya antagonismos constitutivos de la diferencia. Dicho en otras palabras, la construcción de un pueblo, de una nueva identidad colectiva, precisa en la operación hegemónica de la articulación de un exterior constitutivo identificable como el adversario común de todas las voluntades articuladas. Ese fue el rol jugado por el significante “casta” en los orígenes de Podemos.

Por tanto, -retomando el dilema inicial-, se trataría de ganar elecciones, sí; pero no con el sentido de las voluntades y demandas ya dado en la sociedad. No como mero representante de lo existente. La operación articulatoria no desconoce el sentido común existente y opera desde él, pero traza a su vez un horizonte de esperanza colectivo que permite, si dicha operación es exitosa, empujar el sentido común hacia nuevas posiciones. Ese horizonte común es el que consigue engarzar demandas y voluntades heterogéneas mediante un lazo afectivo que logra una identificación compartida. Un horizonte que se concreta en el nombre del cambio que se pretende y que encuentra como obstáculo a realizarse la presencia de su antagonista: democracia vs mafia, por ejemplo. Así, Errejón declaró en una reciente entrevista en el plató de El Intermedio que su objetivo prioritario era: “conquistar las instituciones, sacar de allí a la mafia y devolvérselas a gente.” Por su parte, en la puesta de escena con Carmena, Errejón aclaró que su propuesta no estaba dirigida solamente “a la gente de izquierdas” sino “al conjunto de los madrileños” e insistió en la idea de “construir justicia social” como horizonte de esperanza, esto es, como nombre del cambio. Representar el sentir mayoritario y fraguar una voluntad trasformadora no solamente no son movimientos incompatibles desde su marco teórico, sino que serían dos caras de una misma moneda en la medida que una no se explica sin la otra.

Todas estas precisiones deben ser tenidas en cuenta si queremos tener un debate fructífero sobre la propuesta política de fondo de Íñigo Errejón. No se trataría, en conclusión, de una diferencia de grado en la moderación o en la radicalidad de su propuesta, sino de una forma distinta de entender la política para la que no habría nada más radical que construir una nueva mayoría con voluntad de cambio. Es aquí donde entran en juego la transversalidad y la voluntad de superar el eje izquierda-derecha. El salto de tener razón sin más a ganar elecciones en el marco de la disputa por el sentido común.

Por último señalar que, a nuestro parecer, si esta propuesta encuentra dificultades para ser entendida se debe principalmente a la falta de tradición política, práctica y teórica, en este sentido. Quizá sea necesario acudir a escuelas de pensamiento más heterodoxas que las europeas para encontrar nuevas herramientas con las que analizar el presente y entender nuestro futuro.

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