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¿Magnifica humanitas o magnifica intelligentia artificialis?

León XIV advierte del riesgo de delegar en la IA decisiones que corresponden a los humanos EFE/EPA/GIUSEPPE LAMI
18 de septiembre de 2026 22:07 h

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El 15 de mayo de 2026, León XIV firmó Magnifica humanitas, su encíclica dedicada a «la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial». No es una encíclica contra la inteligencia artificial. Es una reflexión sensata que nos advierte contra un nuevo becerro de oro. Una advertencia frente a la posibilidad de que, fascinados por la IA, acabemos contemplando a las máquinas con admiración, incluso llegando a adorar la inteligencia que nosotros mismos hemos construido, delegando en ella nuestras propias capacidades cognitivas y responsabilidades. Con ello estaríamos renunciando a cualquier cosa que podamos llamar libertad. 

La elección del título no es ornamental. León XIV sitúa la inteligencia artificial dentro de una reflexión mucho más amplia sobre la dignidad humana, el bien común, la justicia social y los límites del poder tecnológico. La pregunta que recorre el texto no es hasta dónde llegará la IA, sino hasta dónde la dejaremos ir y qué sucederá con nosotros mientras tanto. 

Me gustó especialmente esta referencia del Papa a la IA contemporánea: «Las inteligencias artificiales modernas están más “cultivadas” que “construidas”». Como la inteligencia humana, que ha de ser permanentemente cultivada y no delegada. Sería el mayor contrasentido diseñar inteligencia artificial que se desarrolla y cultiva, aunque sea a partir de arquitecturas de computación neuronal, datos y algoritmos de aprendizaje dados, y embrutecernos nosotros por el camino. 

Las máquinas no se quieren unas a otras. Le pregunté a uno de los modelos de IA de ChatGPT si quería a Fable, otro modelo de vanguardia, en este caso de Anthropic, y me dijo que no, que no experimenta afecto, rivalidad ni admiración por ese ni por cualquier otro LLM. Tampoco por nosotros. Las IA no padecen dolor, no contraen compromisos, no aman ni responden moralmente por las consecuencias de sus decisiones. Pueden simular empatía, amor, felicidad, pena o angustia sin sentirlas. Al menos de momento. 

Entonces, ¿por qué puede tener sentido que el Papa nos recuerde la grandeza del ser humano? Tal vez porque hemos empezado a compararnos con las máquinas, sobre todo en aquello en lo que salimos mal parados. Son, sin cuestión, más rápidas en los cálculos, almacenan más información, descubren lo oculto en cantidades ingentes de datos y generan textos, imágenes o código como casi nadie e infinitamente más rápido que cualquiera. Muchas voces gritan lo que ya sabíamos, pero ahora como si hubiesen vivido una revelación: ¡Nosotros somos lentos, falibles, olvidadizos, ineficientes, dubitativos, vulnerables, distraídos, envejecemos, enfermamos y tenemos que descansar y hasta dormir! 

Por eso Peter Thiel -figura muy influyente y controvertida en Silicon Valley por sus posiciones libertarias y extremadamente conservadoras- cree que hay que construir una nueva torre de Babel, ahora símbolo de un progreso técnico que en la reinterpretación alegórica que hace el Papa en su encíclica está dominado por la soberbia, la fragmentación y la voluntad de poder. No es en esta ocasión una construcción que busque sin más alcanzar el cielo, sino instalar en él los centros de datos, como ya nos ha anunciado Elon Musk que hará. 

León XIV pide en su encíclica «desarmar» la IA. Ese desarme no apela a que haya de ser destruida ni tan siquiera detenida completamente en su avance. Apela a evitar que sea el arma en manos de unos pocos para someter a los demás, enriquecerse a su costa y, en última instancia, deshumanizarnos a todos. 

Hizo bien el Papa en escribir su Magnifica humanitas. No podemos dejar que el discurso dominante acabe siendo el magnifica intelligentia artificialis de Peter Thiel y otros como él. Thiel, cofundador de Palantir Technologies, la empresa de la guerra digital, lleva algún tiempo previniendo al mundo sobre el Anticristo. Para él el Anticristo podría alcanzar un poder mundial bajo la promesa de proteger a la humanidad de amenazas como la guerra nuclear, el cambio climático o la propia IA. Sí, ha leído bien, pero deténganse un poco a pensar lo que ha leído. Él y otros como él prefieren que todos perdamos, y hasta lo perdamos todo, si no hay garantías de que ellos ganen lo que consideran una carrera y yo califico de estampida.

Debemos defender esa magnífica humanitas sin extremos: ni siendo apocalípticos ignorantes ni optimistas ingenuos. En ambas posturas gana la máquina y quienes quieren usarla como ariete o señuelo, respectivamente, y lo estamos viendo estos días en los que vivimos entre alertas apocalípticas, propuestas de desaceleración de la IA por parte de quienes siguen pisando el acelerador hasta el fondo y un mundo desconcertado y atemorizado que no sabe qué hacer ni a qué atenerse.

El Papa quiere que gane la humanidad. Yo, desde el descreimiento, también, y para eso no podemos dejarnos deslumbrar por la inteligencia que hemos cultivado, olvidando la magnífica humanidad que la hizo posible. 

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