Los niños perdidos
Un peluche tirado en el suelo, en medio del desconcierto, las cargas y los nervios del traslado de cientos de personas desde las playas hasta las instalaciones habilitadas en el puerto. Lo contaba esta mañana en Hoy por Hoy Julia Molina, enviada especial de la Cadena SER a Ceuta. Las imágenes son impactantes, pero más impactante resulta escuchar a dirigentes del PP, incluido su presidente, Alberto Núñez Feijóo, hablar de esas mismas imágenes que estamos viendo todas y todos y seguir recurriendo al lenguaje de la «invasión». Hay algo profundamente preocupante en una mirada política que, ante miles de seres humanos en condiciones extremas, es incapaz de reconocer al otro como un igual en dignidad. Es un problema de educación moral, emocional y democrática. De humanidad.
Al igual que una frontera no suspende los derechos de las personas que la cruzan, sea de forma irregular o con un pasaporte en la mano, tampoco debería borrar nuestra sensibilidad hacia quienes están sufriendo en Ceuta las consecuencias de una batalla política, ideológica e institucional. Cuando ante imágenes de miles de personas en situaciones extremas dejamos de ver vidas concretas y solo vemos una «invasión», lo que entra en juego no es la realidad, sino sesgos y prejuicios profundamente arraigados. Ser racializadas, magrebíes, subsaharianas, pobres o extranjeras las sitúa en el cruce de desigualdades que facilita que sean percibidas antes como una amenaza que como seres humanos. Ese es el terreno sobre el que se construye el lenguaje del odio y de la falsa invasión; el de los prejuicios que convierten la diferencia en desigualdad y la desigualdad en una excusa para excluir, deshumanizar y violentar.
Cuando eso ocurre desaparecen las vidas concretas, dejamos de ver a las mujeres, a las madres que llevan a sus bebés en brazos, a las niñas y niños pequeños, a los adolescentes… a las personas. Pero están ahí y los ven las y los periodistas que están contando sobre el terreno lo que sucede, quienes trabajan desde las organizaciones sociales y, sobre todo, muchas vecinas y vecinos de Ceuta que llevan semanas haciendo algo tan elemental como dar comida, buscar un lugar donde dormir, acompañar y cuidar. En Sidi Embarek, por ejemplo, la solidaridad vecinal sostuvo durante semanas un refugio improvisado para alrededor de 300 mujeres y niños cuando la respuesta institucional no alcanzaba. Esa también es Ceuta y también merece ser mirada
A quienes se preguntan para qué sirven los derechos humanos, la respuesta es bastante sencilla, sirven precisamente cuando las cosas se complican. Cuando hay miedo, conflicto, escasez de recursos y derechos que están siendo vulnerados. Sirven para fijar límites al poder y para impedir que establezcamos jerarquías entre unas vidas y otras. Sirven para saber quiénes somos nosotras y nosotros mismos, quienes queremos ser y del lado de quién queremos estar, si del odio o del amor. Reconocer los derechos de las personas migrantes no significa ignorar el cansancio, el miedo ni las necesidades de una ciudad que lleva semanas soportando una situación extraordinaria. Es necesario repetir hasta la saciedad que los derechos no compiten entre sí. En Ceuta es falso el dilema que obliga a elegir entre seguridad y dignidad, entre quienes viven allí y quienes acaban de llegar, entre proteger una frontera y proteger a las personas.
La protección de la integridad territorial no puede hacerse a costa de la integridad física, la dignidad y los derechos humanos de quienes cruzan esa frontera. Al igual que tampoco puede descargarse sobre una población que necesita recursos, respuestas y certezas. Para eso justo es para lo que están las instituciones, y por eso resulta especialmente grave que el Gobierno de Ceuta se haya declarado en rebeldía a colaborar con el Gobierno central de Pedro Sánchez solo porque para la derecha y extrema derecha este sea, desde la pandemia, el enemigo declarado al que hay que derrocar, odiar y si es posible, enchironar.
Mientras esa disputa continúa, corremos el riesgo de perder nuestra humanidad detrás de las cifras, las competencias, las fronteras y las palabras con las que se desfigura la realidad. Cuando el lenguaje político convierte a personas en amenazas, lo primero que se pierde es su dignidad a nuestros ojos y la nuestra propia. En Ceuta, entre todos esos miles de personas, hay seres humanos esperando simplemente que alguien los vea como lo que son. Incluidos muchos niños que siguen solos… y perdidos.
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