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Marruecos: ¿para qué sirven las elecciones?

Personas observan la transmisión del discurso del rey Mohamed VI con motivo del 27 aniversario de su entronización, en Rabat (Marruecos). EFE/ Marta Donat
5 de septiembre de 2026 21:46 h

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El próximo 23 de septiembre se celebrarán en Marruecos las elecciones legislativas , las cuartas desde la reforma constitucional del 2011, impulsada por las masivas protestas populares de la “primavera árabe”. El gran reto que afrontan estos comicios es la tasa de participación en esta praxis marcada tradicionalmente por un alto índice de boicot por la población. El desinterés general por este ejercicio democrático refleja el grado de desconfianza de la ciudadanía de los actores políticos dentro de una monarquía ejecutiva que favorece , con una abierta desfachatez , a una élite política amedrentada que existe única y exclusivamente para servir los intereses del régimen .

Esta cita electoral , la sexta bajo el reinado de Mohamed VI, interviene en un contexto político caracterizado a escala regional por una enésima crisis política con España a raíz de la ola migratoria hacia Ceuta , cuyos entresijos siguen generando debate en las dos orillas el mediterráneo. A nivel local , estas elecciones se celebrarán en el marco de una aguda fragmentación del paisaje político en el país donde la población, particularmente los jóvenes, son profundamente escépticos hacia un proceso político incapaz de responder a las legítimas expectativas populares en materia de educación, sanidad, empleo e igualdad social y territorial . La periodicidad de estos comicios y la dinámica constitucional no han sido suficientes para poner en práctica las reformas políticas necesarias para la democratización efectiva del país y la instauración de una verdadera monarquía constitucional. A todo esto se añade la debilidad de los partidos políticos y la ausencia de una verdadera oposición en las dos cámaras del parlamento.

En Marruecos, las urnas no son el reflejo de la voluntad popular porque no implican necesariamente una alternancia pacífica del poder . Al contrario, son una herramienta para consolidar las prerrogativas del rey e instrumentalizar a las élites.

A partir de esta consideración, las elecciones en regímenes como el de Marruecos , son percibidas como un mero mecanismo para acceder a cargos políticos y permiten el surgimiento de una nueva elite que goza de legitimidad y de una cierta “virginidad” política a ojos de la ciudadanía como es el preciso caso del muy popular, Fauzi Lakjaa, un tecnócrata que preside la real federación marroquí de fútbol, quien se presentará a estas elecciones y será a ciencia exacta el nuevo primer ministro. Por lo cual, no se trata de saber quién dirigirá el próximo ejecutivo sino con qué grado de legitimidad popular ejercería sus funciones.

No es de extrañar que los datos del ministerio del Interior evidencien un retroceso creciente de la tasa de participación en las elecciones que pasó del 58,3% en 1997 al 35,7% en 2007. El número de no inscritos en las listas electorales de las próximas elecciones alcanza 12 millones .

La abstención y los votos nulos son las señas de identidad más relevantes de este truncado proceso de democratización .

La preeminencia de la monarquía , la centralidad del poder, así como el control del pluralismo partidista merced a un sistema electoral viciado, vacían de contenido las elecciones reduciéndolas a un simple canal para la redefinición de las condiciones del acceso al juego político. Se trata para los observadores más avezados de una puesta en escena donde desfilan los actores constantemente y se reparten los papeles bajo las férreas órdenes de un único y exclusivo director. La estructura fundamental del régimen permanece intacta e intocable. La monarquía detectora de todos los poderes queda eximida de cualquier rendición de cuentas ante la ciudadanía. A esto se le llama , la democracia de la vitrina.

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