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De pandemias y vacunas

Equipo  de vacunación preparando la dosis.

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I.- En sentido estricto se habla de pandemia cuando una enfermedad epidémica se extiende a muchos países o a una localidad o región en su conjunto. Es curioso que el origen, como el de tantos otros vocablos de nuestra lengua, proceda de las raíces griegas 'pan' -todo, en su totalidad- y 'demos' -pueblo-. Los griegos eran tan listos que ya sabían que cuando surgía una enfermedad contagiosa había que evitar "reunir al pueblo", y así evitar que se transformase en una pandemia. Más o menos como ahora con lo de la distancia social, bien poco respetada por algunos, aunque hay que comprender que entonces no había tantos bares como en la actualidad y sus dirigentes, a diferencia de los que gobiernan la Comunidad de Madrid, sabían griego.

Igual que entonces, también podemos referirnos a diferentes tipos de pandemias que, como es lógico, necesitan de distintos tratamientos y/o vacunas. En el supuesto epidemiológico conocido, en este caso como Covid-19, que nos trae de cabeza, el único remedio es la vacuna, cualquiera que sea su santo nombre (Pfizer, Moderna, AstraZeneca, Janssen, Sputnik V, Chinapharma, etc.). Porque está muy bien respetar las normas higiénicas que surjan de la sabia autoridad sanitaria: mascarillas, limpieza de manos, distancia personal, orear espacios cerrados; pero por más vueltas que le demos, para qué vamos a engañarnos, mientras no estemos vacunados o alcancemos el honroso título de 'inmunidad de rebaño'-quién lo diría estaremos más bien chingados. 

En este sentido, los gobiernos de la Unión Europea tomaron dos decisiones sabias, sin las cuales ¡qué habría sido de nosotros, el sufrido personal hispano! La primera, invertir considerables sumas de dinero para que la salvífica vacuna, o toxina atenuada, estuviese disponible en el tiempo récord de un año, cuando antaño tardaba en surgir alrededor de un lustro. Diligencia que ha evitado, por medio de simple cálculo mental, millones de decesos en todo el mundo y decenas de miles en España. La segunda, no menos previsora, consistió en el acuerdo de que fuera la Unión en su conjunto la que contratase y distribuyese la ansiada vacuna. ¿Imaginan ustedes lo que habría sucedido si llegado este trágico momento cada uno de los Estados, regiones o comunidades autónomas hubiesen tenido que afanar por su cuenta, es decir, hacer diligencias con vehemente anhelo, el salvador preparado biológico? El famoso Saqueo de Roma habría sido un juego de niños. Habríamos asistido a la rapiña de todos contra todos, con el riego de que la UE saltase por los aires.

Dicho lo cual, hay que reconocer que por mucha afición que uno tenga a la unión de los europeos, la Unión Europea ha estado gestionando el trascendental negocio más bien con las posaderas. No se me alcanza, en el detalle, qué ha podido suceder, pero que a estas alturas tengamos vacunadas a tan pocas personas en Europa no tiene una explicación lógica, salvo que algo, en algún momento fatídico, se haya hecho rematadamente mal. De todas las maneras esperemos, con fervor de creyentes, que la película acabe bien, pues si cunde el pánico y se impone el sálvese quien pueda -como pretenden algunos- la historia puede terminar mal.

II.- Como era de prever, una epidemia de tal magnitud tenía que provocar una sucesión de 'pandemias' económicas, sociales, políticas y, si se me apura, morales, que ha puesto el globo patas arriba o patas abajo, según se mire, como siempre. Lo cierto es que las economías se han hundido -unas más que otras- hasta un punto no visto desde las guerras mundiales, o la civil en nuestro caso. Hay que saludar y congratularse de que, por primera vez en su historia, la UE ha reaccionado con inteligencia solidaria, acordando poner copiosos fondos, unos mutualizados otros no, pero todos bienvenidos, a disposición de los exhaustos Estados. Una auténtica vacuna económico-financiera imprescindible para salvar empresas, puestos de trabajo y, sobre todo, modernizar nuestro envejecido sistema productivo. Sin embargo, al igual que las vacunas sanitarias, los posibles o dineros no acaban de llegar, no todos los parlamentos nacionales han aprobado todavía los fondos y, para colmo de desgracias, ahora sale el Tribunal Constitucional alemán diciendo que tiene que examinar si esa operación es acorde con la Constitución germana. Éramos pocos y parió la abuela. Recemos a todos los santos, religiosos o laicos, para que la respuesta sea afirmativa porque, de lo contrario, aquí va arder Troya, es decir, la Unión Europea. Supongo que todos somos conscientes de que las vacunas sanitarias y financieras son indispensables para salir del agujero negro en el que estamos metidos, y así recobrar la salud del cuerpo y de las haciendas. Dos vacunas, pues, igualmente preceptivas para hacer frente a la tercera epidemia que en forma de estragos sociales se abatiría -como ya está sucediendo- sobre la vieja Europa, de fallar las anteriores. Si la desigualdad ha crecido como la espuma sin pandemia, podemos imaginar lo que sucedería si el preparado biológico y el metálico o efectivo no llegasen en tiempo útil. 

III.- Tengamos cuidado con los malabarismos y las distracciones. De las vacunas o remedios que apliquemos a las tres epidemias -sanitaria, económica y social- que  tenemos  delante,  dependerá la salud política de nuestras democracias y del futuro de la UE en su conjunto. Por la sencilla razón de que estamos ante una cadena de pandemias, y del acierto o el error en el tratamiento de cada una de ellas dependerá, igualmente, que nos crezcan o no como enanos los populismos que, cual carcoma, acaben erosionando la democracia y la propia Unión.

De momento, no se puede afirmar que seamos un ejemplo de eficacia ejecutiva en comparación con lo visto en otras latitudes. Después de los estragos de Trump, los EE.UU. de Biden están recuperando el tiempo perdido, tanto en velocidad de vacunación como en una masiva inversión en la economía. Por cierto, financiada en buena parte con una subida de impuestos a las grandes corporaciones y a los más ricos. También Gran Bretaña, después de los extravíos y extravagancias de su primer ministro, se ha puesto las pilas y tiene vacunado a más del 50% de sus ciudadanos, reduciendo así la mortandad a cifras mínimas, cuando hace bien poco estaba en guarismos máximos. Por no hablar de China, con 1.400 millones de habitantes, más de tres veces la población de la UE, y con cifras de contagios y decesos muy inferiores. No me gusta nada el sistema político chino para la UE, pero me resulta un argumento pedestre sostener que los números de víctimas del gigante asiático están trucados. En la actualidad, es absurdo pensar que se pueden ocultar millones de contagiados o cientos de miles de muertos en un país abierto al comercio, al tráfico de personas y a las inversiones extranjeras. La realidad es que la UE no lo ha hecho bien, está retrasada y tiene que recuperar el tiempo malgastado, o lo podemos pasar de pena. No sé si hemos caído en la cuenta de que los males e infortunios de nuestra vida política, en forma de populismos varios, radicalismos y euroescepticismos, hincan sus raíces en los desvaríos del pasado al hacer frente a la crisis del 2008. Y esas plagas pueden expandirse cual carcinoma si las vacunas, ya sean sanitarias o económicas, se retasan en demasía. La epidemia de la desigualdad, que corroe el cuerpo social, y el crecimiento de la extrema derecha, que erosiona la democracia, son tan peligrosas como el Covid-19.

IV.- Ahora se habla de una conferencia sobre el futuro de Europa y está bien reflexionar y debatir sobre los cambios que la Unión necesita como el comer, pero hay que evitar el caer en lo que se ponía en boca del político Romanones, que decía aquello de que, si no sabes cómo resolver un problema, crea una comisión o una conferencia. Porque el éxito de ese futuro conclave dependerá de cómo resolvamos las urgencias del presente. Sin olvidar, claro está, el resultado de las elecciones alemanas del próximo 21 de septiembre y de las presidenciales francesas del año que viene. Elecciones cuyo resultado pende, de igual suerte, de cómo juzguen los ciudadanos el tratamiento que hayan hechos los gobiernos de las pandemias ya mentadas.

En fin, no recobraremos la salud física, económica y social simplemente regresando a la situación anterior a las pandemias. Es decir, volviendo a la ‘normalidad’ anormal de antaño. Por el contrario, Europa y España tienen que aprovechar las lecciones de este periodo tan duro para dar un giro a sus políticas y objetivos estratégicos. Sin duda se necesita una vacunación masiva y adelantar los fondos de recuperación, pero también mutar los modelos productivos en el sentido ecológico, digital y social, al tiempo que se gana autonomía estratégica en todos los órdenes. La UE tiene que acoplarse y soldarse más si pretende competir en el espacio global con potencias como China o los EE.UU. De lo contrario, corre el riesgo de deslizarse hacia una decadencia relativa.

* Nicolás Sartorius es presidente del Consejo Asesor de la Fundación Alternativas. Su último libro se titula "La Nueva Anormalidad"

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Publicado el
17 de abril de 2021 - 22:14 h

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