Una película de terror
Busco una casa encantada, de esas que se caen a cachos, con un jardín lleno de hierbajos, ortigas, maleza e incluso plantas carnívoras, una casa de esas que los críos pasan corriendo por delante muertos de miedo, donde dicen que vive un hombre desfigurado que lleva guantes con navajas a lo Freddy Krueger. Una casa con cadáveres enterrados en el sótano cuyos fantasmas salen por la noche buscando venganza, con retratos de personas que te siguen con la mirada o poblada de espíritus malignos que se meten en los electrodomésticos para fastidiarte la cena, el último capítulo de la serie o la colada.
Busco una casa de película de terror, de esas que se heredan de un pariente lejano a quien nunca habías conocido o que compras creyendo que es una ganga, sin saber que pertenecía a Jeffrey Dahmer. Busco desesperadamente una casa encantada que esté en el centro de la ciudad, cualquier barrio me vale, estoy dispuesta a reformarla, enfrentarme a sus fantasmas y dar de comer a las plantas carnívoras. Después de tres años buscando un piso para comprar en Madrid, me he dado cuenta de que este es el único tipo de vivienda que puedo pagar.
Durante más de una década vivimos en un piso de dos habitaciones en el barrio madrileño de Malasaña. Así empieza la película y, como muchas del género terrorífico, tiene un primer acto maravilloso: una familia feliz, un piso cerca de todo, una situación inmejorable. Hasta que los propietarios deciden venderlo. Aquí aparece el primer susto, el precio: 680 mil euros. Hablo de un piso de dos habitaciones sin ascensor que necesita una reforma a gritos. Somos una pareja con una niña, ambos trabajamos, él en la tele y yo en la prensa, y es impensable para nosotros comprar el piso que llevamos años alquilando. Recuerdo la que se montó por el famoso chalé en Galapagar de una pareja de políticos de cuyos nombres no me quiero acordar. Para mí, el escándalo es que el chalé costara menos que nuestro piso de Malasaña.
En nuestra búsqueda nos hemos encontrado con situaciones insólitas y viviendas mediocres con delirio de grandeza. No se me olvida un piso de 450 mil euros en la Calle Espíritu Santo. Cuando entramos a mirarlo había un hueco abuhardillado a la derecha. Pregunté si era una despensa y me dijeron que era el salón. Me reí, creyendo que era un chiste, mientras todos me miraban muy serios. O quizás, en el fondo, muy en sus adentros, se reían de mí. No, efectivamente la película en la que nos estábamos metiendo no era una comedia, era terror gore, terror duro, sangre y vísceras por todos los lados, la codicia campando a sus anchas y la frase de un exministro de economía, que terminó en la cárcel, resonando en mis oídos: Es el mercado, amigo.
El mercado es sin duda el villano de mi historia. Parece una entidad fantasmagórica, que nadie puede tocar o ver y que no atiende a razones. Es indestructible, intangible, imparable y está sediento de sangre. La defensa del libre mercado siempre aparece cuando un grupo muy reducido de personas está ganando una cantidad desorbitada de dinero, en este caso a costa de un derecho fundamental. Lo peor es que el capitalismo es como un virus de las historias de zombies, que contagia con tal facilidad que en pocos días incluso los más humanos empiezan a desayunar cerebros. Los buitres del mercado inmobiliario ya no son solo los fondos de inversión, sino una buena parte de los propietarios. Ya sean grandes o pequeños, ninguno duda en vender una infravivienda por una cantidad superlativa. El mercado inmobiliario es una película de Hitchcock, con decenas y decenas de pájaros sobrevolando los pisos en venta.
Hay un dato estremecedor: La compra de viviendas sin hipoteca marcó un récord a principios de año, casi un 35% fueron compradas a tocateja. Sin dar muchas vueltas me vienen algunos conceptos a la cabeza: herederos, especulación, lavado de dinero... Como decía Honoré de Balzac, detrás de cada gran fortuna hay un delito. Los ciudadanos estamos viviendo un rápido proceso de expulsión del centro de la ciudad.
Nos lo han dejado claro: Madrid no es para nosotros. El mundo del alquiler también da miedo. Hay un monstruo bajo la cama de cada inquilino. También hay uno bajo la nuestra. Le pagamos el 50% de nuestros ingresos y le parece poco. Blasfema por las medidas del Gobierno que cohíben su afán usurero, aunque para nosotros sean anecdóticas e insuficientes. La oposición no propone nada nuevo, centra sus esfuerzos en el viejo fantasma de la migración. No dejemos que nos infundan la mentira, y menos el discurso de odio. Lo que da pánico en este país es el precio de la vivienda. Quizás haya que decirlo tres veces, como quien llama a Beetlejuice, para que gobierno y oposición se enteren: Vivienda, vivienda, vivienda. Mientras tanto seguimos resistiendo en el centro, pagando un nuevo alquiler desorbitado y buscando la maldita casa encantada.
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