Baretocracia

Un bar típico español un día antes del cierre de toda la hostelería en Madrid para frenar la pandemia en marzo de 2020.

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No he sabido encontrar el momento justo, pues con el frío de la noche, no estaba a gusto

Gabinete Caligari

Resulta que Azaña, Valle-Inclán, Indalecio Prieto, así como otros egregios miembros del Comité Republicano, tenían costumbre de merendar en el Café Regina de la calle de Alcalá, en el que abundaban las mujeres de vida probablemente nada alegre y al que una mujer decente de los años treinta no se podía ni asomar. Así lo cuenta Josefina Carabias —la primera periodista en el parlamento, en la radio, en tantas cosas— y lo cuenta excelentemente, aunque no sea un tío y no se llame Chaves Nogales. Merendaban en el Regina pero tomaban el aperitivo en el Ateneo y el café en la Granja del Henar o en el Negresco.

España siempre ha conspirado en los bares y se ha desangrado en ellos y se ha cubierto de razones y de dolores y de argumentos en las tertulias de cada establecimiento que atraía hacia Madrid a todo aquel que quería absorber algo de todo aquel conocimiento. Madrid era entonces el rompedero de todos los cafés y todas las barras. 

Luego ha parecido trocarse porque no son las ideas del dolor de España o de salvarla las que se acunan entre mandiles y bandejas y barras y cafés sino que toda España es ya un gran bar sin que quepa más esperanza ni más literatura que echarle.

España es toda ella un gran bar.

No hay mayor fuerza de presión ni mayor lobby ni otra inquietud más grande en la patria pandémica que la de los bares. Los bares sufren, España se desangra. He oído más testimonios y más dolores y más quejas y más soflamas de los dueños de la hostelería patria que de las familias dolientes de las víctimas de esta hecatombe sanitaria. No es que me parezca mal, oiga, es que lo constato. He visto en la televisión subir y bajar persianas y limpiar terrazas y contar su drama miles, cientos de miles de veces, muchas más que ataúdes he visto salir en masa hacia los crematorios. Nuestros bares son nuestro duelo.

Todo ello era casi una constancia. Somos el bar de Europa y los mecs de la France se han dado cuenta a tiempo y han emigrado a libar sus desgracias en nuestros garitos. Cosa diferente es ese momento en el que te das cuenta de que no hay poder fáctico ni lobby con más potencia en esta nuestra patria que el de la hostelería. Han sufrido y sufren en esta crisis. Eso no se lo niego. Sufren también, aunque no lo crean, los pilotos y las azafatas, los chupatintas de las agencias de viaje, las esteticistas y los del gremio del textil y tantos otros y lo han hecho de forma injusta y descarnada los libreros, ¡vaya usted a saber por qué! ¡Solo los que no tienen costumbre pueden imaginar inexistentes riesgos epidemiológicos para cerrarlas! Yo, ya se lo aviso, soy poco de bares ya y mucho del que Larbaud llamó "le vice impuni".

Fíjense lo que arriesgo escribiendo estas líneas. Yo que pertenezco a la primera generación de la democracia que creció y vivió y amó y se divirtió y se liberó en los bares. 

Lo cierto es que hay que constatar que no hay nada que tenga más poder en nuestro país que los bares. Se lo he visto en la mirada a Urkullu, cuando ha decidido no recurrir el aberrante auto que le desapoderaba para mantenerlos cerrados por los contagios. Lo han hecho tres jueces de los que niego la imparcialidad si les gusta ir de txiquiteo, si no conciben la vida sin sus cañitas. Hay muchos jueces de bares, dense un rulo si no por la villa de París. ¿Eran imparciales o tenían interés directísimo? Lo cierto es que el sinsorgo, el bocachancla del juez Garrido y sus acólitos, han dictado un auto que podía haber sido perfectamente recurrido y él mismo recusado, pero el lehendakari se aquieta porque ¿a qué enfrentarse de nuevo a cara de perro con los todopoderosos bares si ahora tiene la coartada que le han dado unos jueces que nunca tendrán que vérselas con la responsabilidad en número de contagios o muertes de su decisión?

A Urkullu, sí, a Urkullu, esos votos o esa loca decisión le podían haber pasado factura. Ahora las togas le brindan ese burladero. Esos jueces que son irresponsables de las consecuencias de sus decisiones, por su propia naturaleza, y que sin embargo nos gobiernan. No hay peor gobierno que el gobierno de los jueces puesto que es un gobierno de irresponsables. ¿Quién les va a pedir cuentas y cómo? Los cierres de la hostelería han permitido bajar los contagios de una forma mucho más rápida en todos aquellos lugares en los que se han practicado pero ¡qué le importa eso a un señor que se descojona en su ignorancia del saber de los otros! Se frotan las manos los grandes despachos dedicados a las demandas masivas. Todo es negocio menos la muerte.

El bar que se tragó a todos los españoles es una obra que está en cartelera en el Centro Dramático Nacional. Es un título profético aunque no vaya de eso.

Ahora los bares nos van a demostrar, además, que pueden más que cualquier corporación o gobierno, local o europeo, o ley de protección de datos y que somos igual de dóciles a su mandato que al de las GAFAS. Los bares y los restaurantes —esos sitios cerrados que para cumplir su misión precisan de nuestra bajada de protecciones, de esas mascarillas mil veces tocadas y retiradas y quizá no vueltas a subir— van a implementar un rastreo de contagios como forma de dar no sé qué tipo de seguridad. Ese rastreo que Ayuso proscribió desde el lejano verano en el que casi no había casos. Ese de la aplicación europea que ni dios se ha bajado. Ahora para entrar en el paraíso va a hacer falta dejar rastro amable de nuestro paso en forma de código QR. No se preocupe si no tiene móvil, que se lo imprimirán ellos. ¿Cómo y por qué he de dejar constancia de dónde estoy y con quién? ¿Qué gobernante osará obligarme? ¿Qué ley podría constreñir así mi libertad? Será la ley del deseo y el derecho de admisión, que no hay norma de mayor enjundia. Entrar al paraíso le costará el precio de lo que consuma y el de su privacidad y si no, se queda fuera. ¡Qué Parlamento podría conseguir tan glorioso resultado!

Me dicen que hay gente cuya vida social gira en torno al bar de enfrente, que se agota y se extingue y se le amazacota el alma sin él. Dicen que la gente tiene amigos de bar, que usa de psicólogos a los camareros, que se apelotona en las barras para comentar e imprecar a los que salen en la pantalla del sempiterno televisor a tope.

Sucede que las redes sociales se han convertido en esa inmensa barra y que los gobernantes y los políticos son como ese cliente sonado que repite su sonsonete absurdo e irracional que algunos le jalean y otros oyen como quien oye llover. ¿Les escuchan? Piden otra caña mientras exigen más vacunas o dicen que esta democracia no vale una mierda o que la pandemia es mentira o que les demuestres que no te has vacunado de rondón.

No saben que ni las vacunas se producen en los bares ni la investigación se hace en las barras ni la gestión nace entre tapas. Ya, créanme, ni esperanza hay de que las revoluciones o los golpes se gesten en ellos.

Somos un país de camareros y de personas que les piden una caña.

No es que seamos una democracia plena o imperfecta, es que somos una baretocracia.

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Publicado el
13 de febrero de 2021 - 21:56 h

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