Las condiciones de una democracia
Las democracias liberales son resistentes y flexibles. Pero pueden romperse. Y cuando eso ocurre cuesta mucho recomponerlas. Como siempre, ahí está el ejemplo de Donald Trump: si las cosas van bien (el condicional es importante), Trump pasará y el fenómeno autoritario perderá pujanza. Quedarán, sin embargo, enormes fracturas. La desconfianza, la inseguridad colectiva, el revanchismo.
Estados Unidos despertará (en el mejor de los casos, insisto) como si hubiera sufrido una guerra civil. Nada volverá a ser lo mismo.
Tendemos a olvidar que entre las condiciones que conforman una democracia liberal (libertad de expresión, independencia judicial, control parlamentario sobre el gobierno, etcétera) hay dos fundamentales: los valores compartidos y el fomento de la cohesión social. En España, desde hace algún tiempo, flaquean ambas. Y las otras tampoco gozan de buena salud.
Poco a poco, ganar las elecciones o conformar una mayoría viable pareció convertirse en el único objetivo del sistema político. Y cuando la mayoría ya no es tan viable, porque resulta imposible aprobar siquiera unos presupuestos, lo que importa es resistir y evitar una mayoría alternativa.
Comprensiblemente, una parte de la sociedad apoya, con entusiasmo o con resignación, la proverbial resistencia de Pedro Sánchez. Comprensiblemente también, otra parte de la sociedad la considera un abuso.
Volvamos a Trump. Nadie, o casi nadie, lo vio venir. Para la inmensa mayoría de los medios de comunicación, era imposible que aquel energúmeno alcanzara la presidencia. Y ganó. E intentó subvertir de forma violenta la derrota que terminó con su primer mandato. Y, pese a todo, cuatro años después volvió al poder.
Parecía imposible. Pero, leyendo la letra pequeña de la información (los comentarios de los lectores a las noticias, la evolución de las audiencias, la aparición de medios fantasiosos y disparatados como Breitbart News, e incluso atendiendo al oleaje distorsionador de las redes sociales), no lo parecía tanto. Era perceptible un creciente rumor de fondo ya desde los años 80, los de Ronald Reagan, el primero que prometió “hacer grande de nuevo” su país.
La llamada “polarización”, buen negocio para los profesionales de la política y para las grandes empresas de comunicación, fue abriendo una brecha en el sistema. El adversario pasó a ser el enemigo. El bulo adquirió legitimidad, porque lo importante eran las emociones, no los elementos racionales de la realidad. La judicatura dejó de ser una garantía y pasó a ser campo de conquista.
Y la clase política se vio superada por sus electores.
El Partido Demócrata, que había relegado su antigua prioridad (el bienestar económico y la promoción de las clases trabajadoras) para adoptar nuevos baremos basados en criterios más complejos e individuales (la raza, la sexualidad y, en general, cualquier cosa encajable en el neoliberalismo), se desconectó de su gente.
El Partido Republicano dejó de lado sus viejos principios (austeridad presupuestaria, reducción al mínimo posible del poder federal) y consideró que, tras la victoria en la guerra fría, lo oportuno era reforzar la proyección imperial de Estados Unidos.
¿El resultado? Al Partido Republicano le surgió un tumor en forma de Tea Party. El Partido Demócrata derivó hacia el más puro “establishment”, mientras su militancia tendía al activismo universitario.
Entonces apareció Donald Trump. Y secuestró un partido, el republicano, que había dejado de creer en sí mismo. Quizá también, diciendo otro tipo de barbaridades, podría haber secuestrado el Partido Demócrata. Quién sabe. Las sociedades descoyuntadas son presa fácil para la demagogia.
Así ocurren las cosas impensables. Un día surge un concepto tan extraño como “la izquierda plurinacional y soberanista”, al otro se normaliza lo de la “prioridad nacional”, y al siguiente, quién sabe.
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