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Es un desahucio igualmente

Una pancarta crítica con los caseros en la manifestación por la vivienda del pasado 13 de octubre.
27 de febrero de 2026 22:19 h

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Hace unos meses escribí, en este mismo diario, una serie de palabras muy benévolas con los arrendadores de lo que hasta ahora sigue siendo mi casa. Entiéndase mi casa como el lugar en el que guardo mis cosas, al que llegan mis cartas y, claro, el espacio en el que puedo tomarme el privilegio de refugiarme del mundo cuando el mundo se pone patas arriba. Entiéndase mi casa como el altar de sacrificios en el que degüello una parte importante de mi nómina para que mis arrendadores puedan pagar tranquila y relajadamente las cuotas de su hipoteca mientras ellos viven en otro lugar. Entiéndase, entonces, mi concepto de palabras muy benévolas cuando lo que dije, refiriéndome a ellos, es que había tenido suerte con mis caseros. Dice así:

Eran, siguen siendo, una pareja joven. Ella es extranjera y él no; él es de acá, o eso dice él, porque Él tiene un petulante acento castellano que arrastra las eses de aquí para allá como si fuesen las ubres de una mula vieja; un acento castellano petulante que es exactamente el acento que tienen los que dicen ser de aquí, pero se avergüenzan de ser de aquí. Igual que ese escritor de Águilas que hace libros que relativizan la credibilidad de las denuncias de violencia de género o ese otro escritor de Cartagena que confunde sin distinción la decrepitud de su vida con la decrepitud de Occidente. Los dos trabajan en el sector de la informática; esto lo sé porque he bicheado su LinkedIn.

Según la historia que nos contaron, supongo que será cierta, compraron la casa en la que vivo -es decir, repito: mi casa- con intención de vivir ellos aquí. Pero, pobres de ellos, consiguieron un puestazo de trabajo en no sé dónde que no podían rechazar y tuvieron que poner el piso en alquiler. Pedían originalmente 1.400 euros al mes por él y tras una buena negociación acabaron aceptando 1.200. La casa es un séptimo con piscina en la azotea y buenas vistas, pero las ventanas son viejas, el suelo es más guarro que una sobremesa en El Ventorro y de los armarios empotrados podría salir fácilmente un poltergeist. Mil doscientos euros les pareció correcto y para nosotros era tan urgente que no podíamos pensárnoslo mucho más. Durante algo más de dos años, la relación ha sido correcta: pagar antes del día 5 y recibir a cambio una atención más o menos apresurada de las demandas de mantenimiento que teníamos. Cómo estarán las cosas para decir que eso es tener suerte.

Un rato después, más o menos la semana pasada, recibimos un mensaje de los propietarios: “¿Os importa dejarnos entrar en el piso? Queremos pasarnos con un amigo arquitecto que tome medidas del piso para una futura obra. No os vamos a engañar: nosotros también vivimos de alquiler en Madrid y antes de final de año tenemos que irnos del piso, y quizá tengamos que mudarnos de vuelta a Murcia antes de tiempo”. El error fue decirles que sí. A los dos días apareció Él por allí con unas pintas de protagonista de un ensayo de Raquel Peláez insoportables y dos arquitectos que eran, a todas luces, decoradores de interiores. Una vez allí, o sea, aquí, nos contó lo malísimos chunguísimos que eran sus caseros y cuánto palo le daba a Él y a Ella -jo, tíos- pensar siquiera en que ella estaba, en realidad, en una situación parecida. “Pobre de mí, solo tengo un piso en propiedad”, entendí que nos estaba diciendo. Nos dijo que, pese a las apariencias, todo esto era solamente teórico y que, en caso de tener que volver al piso, nos avisarían con bastante tiempo. “Ya sabéis que el mínimo legal son dos meses, pero os avisaríamos con más margen”, nos dijo. “Lo de los planos es porque compramos la casa prácticamente sin venir a verla, no hemos tenido tiempo de ver cómo es en realidad”. Hasta nos estuvo preguntando por la piscina y por el balcón y por los vecinos.

Esta semana, sin embargo, Ella nos envió un mensaje de WhatsApp larguísimo en el que nos decía que lo sentía muchísimo y que habíamos sido inquilinos increíbles, pero que el uno de abril tenemos que pirarnos de acá. Es decir, que el “más margen” al que hacía referencia la semana pasada era, en concreto, cinco días más de margen. Sus caseros chunguísimos de no sé dónde les habían dado de margen hasta final de año, y para diferenciarse de ellos, supongo que en alguna perversa competición para ver quién es el propietario de vivienda más cabrón de este país, nos ofrecían la friolera de cuatro veces menos tiempo. Al final mis caseros han resultado ser gentuza, como casi todos los caseros.

Podría pensar que lo mío es un caso aislado, una concatenación desafortunada de circunstancias personales, una pareja joven con mala suerte en Madrid que necesita recuperar su piso en Murcia. Pero no. Lo que nos pasa a nosotros forma parte de algo mucho más grande y bastante más obsceno. En 2026 se extinguirán o vencerán en España más de 632.000 contratos de alquiler, la mayoría firmados en 2021, en plena pandemia, cuando los precios estaban relativamente contenidos y la ley obligaba a una prórroga mínima de cinco años. Lo que significa, traducido al idioma de los que pagamos, es que cientos de miles de inquilinos van a sentarse frente a sus propietarios para escuchar cuánto vale ahora su necesidad de techo. Se calcula una subida media de unos 1.735 euros anuales por contrato, algo más de 140 euros al mes.

Porque lo que suena fenomenal en una conversación de sobremesa (comprar un piso sin verlo, alquilarlo para que cuatro chavales te paguen la hipoteca mientras tú haces carrera por ahí y, llegado el momento, recuperar tu activo) tiene consecuencias muy concretas cuando el activo es la vida de otro. Claro, claro, nosotros somos jóvenes, tenemos margen de movimiento, no hay criaturas de por medio, ya encontraremos algo. Imagina que esta jugada se la hacen a alguien sin colchón, a alguien con dependientes a cargo, a alguien que no puede absorber 145 euros más al mes ni una mudanza exprés en primavera. Lo que ocurre cuando decides hacer negocio de una necesidad básica es que no puedes permitirte la franqueza, porque necesitas dar una puñalada amable para no sentirte como el cacho de escoria que eres. Y entonces todo se convierte en una cuestión de modales. No de derechos, no de estructura económica, no de acceso desigual a la vivienda: de formas. El margen legal son dos meses, dicen. El margen moral, al parecer, son cinco días extra y un mensaje larguísimo con un lo sentimos muchísimo, obviando lo perverso, lo cruel y lo psicopático que tiene la obscenidad de este sistema que convierte a gente perfectamente integrada, perfectamente moderna y perfectamente simpática en ejecutores rutinarios de un desahucio con muy buenas formas.

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