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Descontento

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Este fin de semana visité, en Elche, un museo pequeño y sencillo, muy bonito, el Museo del Palmeral. Había pasado cientos de veces por delante, pero nunca había sido el momento adecuado, hasta que por fin me encontré por la zona con algo de tiempo y decidí entrar. En apenas cuatro o cinco salas se presenta al visitante la historia del palmeral y de los hombres y mujeres que, a lo largo de muchos siglos, vivieron de los tres cultivos principales de la zona: las palmeras, los granados y la alfalfa. Pero el énfasis, como ya indica su nombre, está puesto en las palmeras y sus dos productos básicos: los dátiles y las palmas blancas para el domingo de Ramos, lisas o trenzadas.

Pero no les voy a hablar de ese museo, que me gustó mucho y me permitió pasearme por un precioso huerto acompañada por el rumor de dos acequias, una a cada lado del sendero, sino de algo que me llamó la atención. En todas las fotos se presenta una sociedad agraria, pobre, muy pobre, casi miserable. Hombres que vestían blusa gris y alpargatas de esparto, mujeres con delantal y toquilla. Casas junto a los campos y palmerales con un hogar donde hacer fuego y guisar en un caldero o una paella de la que luego, cada uno con su cuchara de madera, comía toda la familia.

No soy capaz de ver o imaginar la vida de un siglo atrás sin compararla con la que tenemos ahora y me llama mucho la atención, entre otras mil cosas, algo que se ha instalado sigilosamente entre nosotros, los hombres y mujeres de este siglo XXI: el descontento.

En esa época que reflejan las fotos del museo -sobre los años veinte del siglo pasado- la gente no tenía prácticamente nada de lo que ahora consideramos fundamental, y no nos satisface. Sin embargo, vivían con la esperanza puesta en la fiesta, deseando que llegara el momento de comer bien, de ponerse el vestido o el traje “de vestir”, de poder oír música y bailar, de compartir la alegría con los amigos y vecinos.

No estoy haciendo apología de la pobreza ni me gustaría volver a ese pasado. Es, simplemente, que cuando vuelvo la vista a mi alrededor, descubro en nuestra sociedad un descontento generalizado. Y me preocupa. Estamos perdiendo la capacidad de disfrutar de lo que tenemos -que es muchísimo comparado con nuestros antepasados- y nos pasamos la vida quejándonos, ofendiéndonos, comparándonos con los que tienen más y sufriendo al quedar por debajo en esa comparación. Queremos mejorar nuestras cocinas, nuestros pisos, nuestro aspecto físico, cambiar de coche, de móvil, de tableta, de ordenador... en cuanto sale el siguiente modelo. Y no estamos contentos.

La publicidad nos hace desear más y mejor, nos convence de que nos lo merecemos, de que solo podremos ser felices si tenemos el último modelo de todo. Es necesario que nos convenzan de esto para poder vender más y nos van persuadiendo de que es fundamental comprar para que el progreso siga adelante. La salud se ha convertido no solo en un tema de moda, sino en una fuente de enormes beneficios. Por poner un ejemplo, el comer poco o el ayunar, cosas sanísimas para el ser humano, no tienen un lobby tan fuerte como el veganismo, que da muchísimo dinero a la industria alimentaria.

Ahora que comemos todos los días (ahora que el comer demasiado se está convirtiendo en un problema, con una tasa de obesidad en la población nunca vista) y que podemos elegir qué queremos comer, ahora que tenemos agua corriente y alcantarillado, calefacción y refrigeración, lavadora, lavavajillas, robots aspiradores, ahora que hay transportes públicos asequibles, asistencia sanitaria para toda la población, y vacaciones pagadas... ahora hay más descontento que nunca. No se trata de la indignación, la desesperación que lleva a las revoluciones porque ya no queda nada que perder, sino un descontento sigiloso, casi subliminal, que hace que no consigamos alegrarnos realmente de nada, porque todo podría ser un poquito mejor, porque nada es perfecto, porque siempre existe ese granito de sal o de amargura que nos fastidia la vida.

Nos hemos puesto a nosotros mismos en una situación estúpida que impide nuestro bienestar teniendo tanto para estar contentos. Salimos a caminar -porque hay que mantenerse sanos- contando los pasos que damos, en lugar de contar las bellezas que hemos visto en nuestro paseo -las primeras hojas verdes en los árboles, las flores recién nacidas, las nubes que cruzan un cielo azul-; vemos películas siempre que queremos, cómodamente recostados en nuestro sofá, y buscamos los fallos, en lugar de apagar el aparato si no nos gusta lo que vemos, y coger un libro que hace tiempo que queremos leer. Vamos a restaurantes y valoramos con estrellas en distintas plataformas si la cocción del arroz era la correcta o la salsa estaba en su punto. Nos miramos al espejo y, en lugar de vestirnos del modo más favorecedor para el cuerpo que tenemos, tratamos de forzarlo a que se parezca a otros cuerpos que nos ponen como modelos, para poder llevar una ropa que no nos sienta bien. Y luego nos deprimimos al vernos tan poco favorecidos.

Estamos perdiendo la naturalidad, la alegría, la paz de nuestro espíritu. No nos queda tiempo para meter, ni con calzador, todo lo que sería necesario para cubrir esas expectativas que, de algún modo, pensamos que debemos satisfacer. Tenemos máquinas que solventan una buena parte del trabajo que nuestros antepasados tenían que hacer cada día y, sin embargo, cada día tenemos menos horas. Acabamos las jornadas agotados y con la sensación de que no hemos hecho todo lo que pensamos que debíamos hacer.

¿Cuánto tiempo hace que no han oído la palabra “contento”? Da la sensación de que ya no se lleva, de que estar contentos es de tontos, porque se piensa que estar contento es conformarse con lo que uno tiene y lo que uno es, y eso no es bueno, nos dicen. Porque siempre se puede y se debe querer más, todo se puede optimizar, se pueden tener más beneficios, se pueden tener mejores músculos, se puede estar más delgado, se puede tener un piso más grande, mejor decorado, con sábanas de mayor número de hilos. Se puede tener un coche más moderno y más grande. Hay destinos de vacaciones más glamurosos que irse un fin de semana a un pueblo a ver pasar el tiempo; pero también lo del pueblo vale, siempre que se haga un retiro de Ayurveda o que nos enseñen a hacer magdalenas caseras o algo que compense el dinero que hemos pagado por ello. 

Corremos incesantemente detrás de algo que ni siquiera sabemos nombrar pero que está ahí, lanzando destellos detrás de la siguiente colina que hay que subir para alcanzarlo. Y cuando llegamos, hay otra, y otra, y los tentadores destellos están cada vez más lejos. Seguimos, subimos, trepamos... y no estamos contentos.

Yo tampoco tengo la solución. Tampoco quiero volver al pasado, a la cuchara en la olla común, a blanquear de cal las paredes del hogar para quitar el hollín de todo un año, a malvivir de ejercer un oficio impuesto, sin haber tenido ocasión de ir al colegio, a ahorrar cada céntimo para poder pagar a un médico en caso de necesidad extrema. Pero sí que me gustaría vivir en una sociedad donde la gente esté más tranquila, más contenta, donde a nadie le guste oír insultos, donde no sea necesario que exista la figura de “delito de odio”, donde nos alegremos de haber conseguido una educación gratuita para todo el mundo, y una sanidad pública para la que no hay que gastarse los ahorros, donde no estemos siempre mirando el detallito que no está bien, en lugar de disfrutar de todo lo bueno que tenemos y que tanto nos ha costado conseguir.

Si en un futuro, la civilización, como la conocemos ahora, desapareciera, piensen en cuántas cosas recordaríamos con nostalgia y contaríamos a nuestros descendientes en las noches oscuras, frente al fuego. Esas son las que tenemos que cultivar y disfrutar ahora que las tenemos, y enseñar a nuestros hijos a que las aprecien.

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