A Dios rogando y desde las cloacas espiando

El exministro de Interior y miembro del PP, Jorge Fernández Díaz, llega a la presentación de su libro "Cada día tiene su afán" en la Librería Neblí, Calle Serrano 80, en Madrid, a 10 de octubre de 2019.

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Pasen y lean. Aquello también fue España. Y no hace tanto. Con esto de la pandemia, los contagios y el pugilato para no asumir el desgaste por la gestión de la crisis sanitaria, a veces olvidamos que hubo otros tiempos en lo político aún más aciagos y no tan lejanos. No hace falta irse al siglo pasado para encontrar a un ministro que condecoraba con la medalla al mérito policial a una Virgen, comparaba el aborto con ETA, defendía que una Catalunya independiente "sería pasto del terrorismo" y rechazaba el matrimonio gay porque no garantizaba "la pervivencia de la especie".

La memoria tiene estas cosas, que olvida pronto o almacena selectivamente lo que se le antoja. Pero el pasado siempre vuelve y quien no desfallece en la acción ni en el recuerdo es la Justicia. Lenta pero inexorable. Que se lo digan a Jorge Fernández Díaz, ese hombre que creyó que pasaría a la historia por revelar urbi et orbi que "el demonio quiere destruir España" y resulta que igual su nombre acaba siendo pasto de sentencia por ser uno de los protagonistas, junto a María Dolores de Cospedal y algún otro, del watergate versión española.

Sobre él y la que fuera secretaria general del PP y titular de Defensa está a punto de llegar desde la Audiencia Nacional una posible imputación por malversación, prevaricación y revelación de secretos  con cargo a los fondos reservados. Y todo por obstruir la investigación judicial de la caja B del PP cuando Mariano Rajoy era presidente del Gobierno. Un escándalo sin precedentes en la historia de la democracia, y en el que podrían estar implicados también los servicios secretos, según apunta el juez que instruye el caso. 

Recordarán que el ex ministro fue grabado en 2014 en conversación animada con el director de la Oficina Antifraude de Catalunya, Daniel Alfonso,  y que de aquellas conversaciones se deducía que ambos buscaron pruebas falsas con las que incriminar a dirigentes de ERC y CDC con la inestimable colaboración de sus periodistas de cabecera y el manejo de la Fiscalía. 

Ahora resulta que el muy beatífico ex ministro, de profundas convicciones religiosas pero de escasos principios democráticos, además de fabricar informes falsos sobre independentistas y bolivarianos –también trató de tumbar a Podemos en pleno auge de los morados con el célebre informe PISA–  quería endosar el marrón a su número dos en Interior, Fernando Martínez, que al darse cuenta de la jugada depositó ante notario cuatro mensajes de Fernández Díaz que demostrarían su control sobre una operación de espionaje a Luis Bárcenas. El juez García Castellón atribuye la operación a "órganos superiores" del Estado que pretendían recuperar "material comprometedor" para dirigentes del PP.

El ex titular de Interior pertenece al círculo más íntimo de Rajoy, tiene buenos amigos en varios medios de comunicación que durante muchos tiempo se encargaron de blanquear –cuando no ocultar– sus tropelías y, además, viaja a menudo al Vaticano en busca de la bendición papal. Se creyó impune por sus contactos en el cielo y en la tierra, pero aunque los caminos del señor son inescrutables, parece que el suyo a ojos de la Justicia empieza a ser muy deducible.

 Quien fuera responsable del Ministerio del Interior entre 2011 y 2016 pronto se sentará en el banquillo. Y no para rezar el rosario, como acostumbra cada día, sino como investigado para explicar ante el juez lo que hizo durante sus años en el Gobierno de España para ocultar información sobre la caja B del PP, la  financiación ilegal de su partido durante lustros y cómo utilizó a la Policía y al CNI –si fue el caso– para ocultar actuaciones ilícitas de sus correligionarios.

El bueno de Fernández Díaz, que se reencontró con Dios en Las Vegas, va a necesitar algo más que unos rezos, una peregrinación a Fátima o un grupo editorial a su servicio para que obre el milagro y demuestre que no tuvo nada que ver con tanta inmundicia y tanta cloaca al servicio de un partido que durante años hizo de las estructuras del Estado lo que le vino en gana. Puede que en el cielo toda la basura que el ex ministro acumula en su mochila vital y política no sea pecado, pero en la tierra crear un célula parapolicial, espiar al oponente político, usar a los servicios secretos para ocultar posibles delitos y obstruir la labor de la justicia está castigado en el Código Penal. Y un fanático religioso debería saber que lo de a Dios rogando y con las cloacas espiando no podía acabar bien. Ni es honesto ni es legal. La democracia y el Estado de Derecho es algo con lo que algunos personajes de la derecha aún tienen una relación siniestra. Fernández Díaz es uno de ellos, pero esta vez le hará falta algo más que un ángel de la guarda o un par de padrenuestros para redimirse.

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Publicado el
7 de septiembre de 2020 - 22:54 h

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