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Las dos Españas y las dos Europas

Un lector de las aventuras del galo más célebre.

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Me hice europeo leyendo Astérix, tal vez al mismo tiempo que el irreductible galo iba europeizándose, esto es, descubriendo Europa de aventura en aventura. Yo era un irreductible hispano de un barrio de Barcelona. Con la dictadura, sólo eran iberos la dama de Elche y el Jabato. Lo cierto es que, durante mucho tiempo, ser ibero, o ibera, en Iberia, rayaba el exotismo.

Lo mismo que tenemos las dos Españas, existían las dos Iberias. Las viejas dos Españas resultan eternas, can never die, como canta Neil Young en Hey, Hey, My, My. Y, por su parte, aún persisten las dos Iberias, acaso sin vocación de infinito. Eso sí, creo que en ambas Iberias hay iguales dosis de legitimidad. De tal modo, por un lado está la gente que dice los iberos (esos son los míos) y, por otro lado, la otra media España, empeñada en decir los íberos. El diccionario de la Real Academia se manifiesta neutral, para eso es real.

Un irreductible crío de barrio que viajaba con Astérix a los Juegos Olímpicos (el rito europeo de masas más antiguo que seguimos celebrando), y que luego le acompañaba hasta el país de los helvecios (los suizos), o hasta la tierra de los belgas, o hasta aquel batiburrillo de reinos godos, ostrogodos y visigodos (todos en el mismo álbum), o me embarcaba con los normandos, y por extensión con los vikingos, o aprendía a decir cuchara en latín (cochlea) en la Roma de circo y esclavos del César, en busca de sus laureles...

Siempre se ha dicho que Astérix es el epítome en tebeo del nacionalismo francés, que representó “la certera idea de Francia”, a la que apelaba el general De Gaulle. Es así, y la cronología lo avala. Al año siguiente de que De Gaulle funde, o instaure, la V República francesa (que es la que aún rige), aparecen las aventuras de Astérix, cuya evidente intención es alentar en los niños franceses el sentimiento de nueva nación, una nación optimista e inquebrantable. El año que dista entre la proclamación de la V República francesa y la aparición de la primera historieta de Astérix el Galo, en la revista Pilote, es el que va del 5 de octubre de 1958 al 29 de octubre de 1959.

Pero a la vez que Astérix desempeñaba directamente esa función, y se comprometía así con su época, y con la política de su época, se impregnaba de otra cosa muy importante, que también estaba sucediendo en aquellos días. El Tratado de Roma (hoy se dice en plural, pues fueron dos), la Europa de los seis (Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo), es decir, el establecimiento de la Comunidad Económica Europea, tiene lugar el 25 de marzo de 1957. Todo esto está sucediendo asimismo en las viñetas de Astérix. Esto es lo que veían Goscinny y Uderzo en las noticias de la tele, cuando cenaban con su mujer y sus hijos, y, claro, escribían y dibujaban el mundo que habitaban. La vuelta al cole, el nacimiento de una idea de Europa... La inspiración es estar vivo.

En los bloques era la marginación, la exclusión, lo que nos hacía irreductibles por dentro. Umberto Eco había distinguido culturalmente entre apocalípticos e integrados. Cada barrio de las afueras era un apocalipsis de la ciudad burguesa, es decir, de la civilización. Por eso, en cuanto se dieron cuenta, se nos pidió que nos integráramos. Aquella era la palabra, y aún persiste, integración. Pero desconfiábamos; porque, cuando alguien más rico que tú te pide que te integres, sabes que en realidad te está diciendo que te desintegres.

Y, al mismo tiempo, éramos además irreductibles por fuera. Se debía esto al franquismo, pues toda dictadura se fundamenta en la autarquía, si no económica, sí social, cultural... (perdón por llamarle cultura a aquello). Nuestra irreductibilidad, nuestro no pasarán resignificado (que se dice ahora), salta a la vista en El sulfato atómico, la primera aventura larga de Mortadelo y Filemón. Sí, es cierto, las rayitas de tinta (para marcar los pliegues en las ropas de los personajes, sus facciones, detallar los fondos...), que entonces le exigían a Ibáñez en la redacción de Bruguera, estaban empapadas de europeísmo, de civilización. El modelo en el que obligaban a Ibáñez a inspirarse, y copiar como un miniaturista cisterciense, era el corazón del tebeo europeo, el que se hacía en Bruselas (aun por encima del francés Astérix). Entonces, en España, el desarrollismo franquista se encontraba en todo su apogeo. El mismo año en que se publica El sulfato atómico, 1969, Franco designa como sucesor al príncipe Juan Carlos, y también es cuando se forma el llamado gobierno monocolor, compuesto mayoritariamente por tecnócratas del Opus Dei.

Esto, este clima político, lo vendió la dictadura como aperturismo; pero basta con hojear la gran aventura de Mortadelo de aquel año, para comprender que no era aperturismo, sino cerrazón; porque en El sulfato atómico, viñeta tras viñeta, uno se daba de bruces con un cúmulo de alambradas y barreras fronterizas, y soldados brutos, y de caqui, y con gorras de plato, caricaturas de regímenes autoritarios. De este modo comprendíamos que nosotros éramos los de adentro, no los de afuera. Todo lo contrario de Tintín en El cetro de Ottokar. No había que ir, ya estábamos. El extraño país de Tirania al que viajaban Mortadelo y Filemón se parecía demasiado al nuestro, aunque no lo pretendiera el dibujante. De ese modo, éramos irreductibles; pero a lo extranjero, pues aquí ya se encargaba el Caudillo de reducirnos hasta la nada a fuerza de cárceles, fusilamientos y represión.

Al final, el chico muere (es un spoiler de cómo acaba el franquismo), y llegaron nuevos tebeos que nos harían aún más europeos como lectores, como individuos, pues todavía no éramos europeos colectivamente, como país. En las páginas del mensual Totem (subtitulado: La Revista del Nuevo Cómic), confluían Guido Crepax, Moebius, Jacovitti, Bretécher, Druillet, Muñoz y Sampayo (dos argentinos que nos americanizaban desde su exilio europeo, esto es, estética americana pasada por la fascinación cultural de Europa), y por supuesto Hugo Pratt. Lo que en Astérix era recorrer Europa, se invertía en Corto Maltés, y era entonces Europa quien recorría el mundo y me recorría a mí. Porque Corto Maltés es la representación de una Europa humana, humanizada, hecha con pedazos de Venecia, con carne de Rimbaud y hasta con esquirlas de nuestra guerra civil. Una Europa culta, que tampoco ya existe.

Fue la cultura popular, fueron los tebeos, los que, en buena medida, nos hicieron sentirnos europeos, desear serlo, mucho antes de que España se adhiriese de pleno derecho a la Unión Europea, en 1986. Esto no significa mucho; pero ayuda a entender que Europa, además de elevar Eurovisión a fiesta nacional, y hacernos confundir Darth Vader y Von der Leyen, también es un proyecto o una idea cultural. Lo desesperante no es que no tengamos hoy una cultura europea compartida, sino que la cultura está devaluada en todas partes.

Corto Maltés es una mezcla de individualismo y de internacionalismo, de cosmopolita, y también de apátrida. Nada más parecido a la cultura. Sin embargo, es todo lo contrario a esto lo que quiere irrumpir con fuerza en las próximas elecciones europeas. El identitarismo disfrazado de reivindicación de la cultura, el esencialismo disfrazado de defensa de la tolerancia, la intolerancia disfrazada de libertad, la persecución de la individualidad disfrazada individualismo..., con todo esto pretenden imponerse los políticos antes conocidos como ultraderecha.

Mientras tanto, la Europa que quiere salvarse de eso no acierta a ofrecer un nuevo modelo, una esperanza. Todas las candidaturas proyectan una imagen de Europa como un lugar habitado únicamente por gente de clase media, burócratas, personas ajenas biográficamente a las heridas que a diario sufre nuestro continente. Es verdad que hablan de los desfavorecidos y de los excluidos, pero a estos no se les ve incluidos ni representados de ningún modo. Ni siquiera simbólicamente. Para ser europeo hay que tener estudios, ese es el mensaje. No ofrecen una cultura, la exigen. Se enfrentan, así, una Europa irreal y una Europa fanática. Una Europa difuminada, agarrada a un dibujo de sí misma, donde ya no se la reconoce. Se abre una sima entre la gente que habita nuestras ciudades y pueblos, y el tipo de sociedad que les proponen sus representantes. No hay nada material en medio que haga de argamasa entre ambos. Y mordiéndole los talones y el cuello a esta Europa, los que ahora se reclaman irreductibles, con sus alambradas.

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