El estallido de una casa que nunca poseímos
Aquel 15M de 2011, yo ya había emigrado. En la última clase de español que di en la Universidad de Texas –donde echaba horas a cambio de una beca de estudios– recuerdo haberles puesto a los muchachos unas diapositivas con las cifras de la crisis, y las tímidas respuestas que, por aquel entonces, emitía Democracia Real Ya, grupo heredero sui generis del movimiento activista V de Vivienda. Dije algo así como “esto va a explotar”, y lo hizo a los pocos días con las acampadas que todos conocemos. Tras mi vuelo de vuelta a España, pasé unos días en Madrid que me permitieron renovar el visado de la emigración y asistir a los últimos coletazos de aquella movilización masiva después de que el PP hubiese arrasado en los comicios autonómicos y municipales.
Hice muchas fotos, y creé un álbum para Facebook –todavía, red de los jóvenes– llamado “Sol en desolación, desde la tierra cianótica”, pues azul era el color que provocaba la cianosis en la piel y así se nos había quedado el mapa electoral. Los recortes de Zapatero, que nos habían conminado a marchar y, a su vez, a cuestionar el significado de la soberanía nacional por las presiones de Europa a un gobierno democráticamente elegido, fueron el disparador de una indignación legítima, aunque lo peor estaría por llegar: años de la mal llamada austeridad –de empobrecimiento generalizado– que hemos seguido arrastrando.
Ahora, cuando esa plaza matritense, tan inhóspita tras las obras, vuelve a abarrotarse con las carpas, talleres y reivindicaciones de una población al límite, algunas sacudimos la memoria de aquel 15M que desató tantas ilusiones como decepción alimentó, a largo plazo, su traducción institucional. Mi nostalgia, entiéndase, es reflexiva –en la terminología de Svetlana Boym– y agridulce, puesto que los sueños contenidos en aquellas pancartas nunca terminaron de materializarse y el mundo, así, en general, ha ido bastante a peor.
Pero hubo impulso en aquellas manos rebeldes, pronto organizadas. Antes de que el capitalismo de la vigilancia despegase en todo su esplendor y los tecno-oligarcas desplegasen sus ubicuos mecanismos de control, se consiguió subvertir la escena mediática a través de las redes sociales, y crear una serie de canales informativos fieles a la verdad y orientados a lo social, como este periódico mismamente, fundado en 2012. La multitud callejera se acabó distribuyendo en “mareas” por sectores laborales –la blanca, la verde…–, que aún mantienen su simbología y regularmente se manifiestan. El feminismo brotó como la mayor fuerza antifascista de nuestro país y, a nivel global, el neoliberalismo perdió su pátina de capital simbólico, como ya señalase Mark Fisher.
Hay teóricos que subrayan, asimismo, que el 15M retrasó la aparición de Vox precisamente por su calado en el imaginario colectivo. Y, aunque los partidos de izquierda que de ahí nacieron o bajo su paraguas se reformularon hoy en día se hallan en horas bajas, debido a una mezcla infame de acoso exterior (judicial, mediático) y cainismo interior, su acción de gobierno logró victorias importantes, solo hay que ver cómo ha subido el salario mínimo. Y, sin embargo, nada de esto parece haber sido suficiente frente a la trituradora de la historia que nos mantiene pequeñitos, jibarizados, a la intemperie.
Han estallado por los aires los cimientos de una casa que nunca poseímos; sus vigas y pilastras se desplomaron; a través de las ventanas difuminadas entre los escombros solo se contempla la codicia especulativa. Y esto ha ocurrido en mitad de la calcinación de la casa común, nuestro planeta, de manera que andar al fresco tampoco es seguro. No son metáforas: la crisis habitacional se presenta aún más dañina en mitad de la emergencia climática, pues el hacinamiento, vivir en un bajo o en zonas inundables, en edificios ruinosos expone a la ciudadanía a la pobreza energética, las muertes por calor o las inundaciones; sin contar la desgracia del sinhogarismo. En un contexto de vulnerabilidad creciente, haber desdeñado o postergado el problema de la vivienda es imperdonable; con la responsabilidad compartida entre ayuntamientos, comunidades autónomas y el gobierno central, a menudo predispuestos a seguir convirtiendo nuestras ciudades en parques temáticos para el turismo mientras la ciudadanía se ve expulsada de sus lugares afectivos, la cercanía a colegios o centros de trabajo. Pero voy a ir más allá, pues se han olvidado también las recomendaciones pandémicas de trabajar desde casa (¿cuál?), y hasta la gran fractura generacional que atraviesa los debates más perentorios de nuestro siglo. Sin el refugio de las cuatro paredes –así como del ecosistema que las sostenga– ninguna sociedad puede considerarse a salvo.
Y, ahora, ¿qué va a pasar? Un decreto guarda poco de varita mágica y, lo que es más grave, ningún partido de los denominados progresistas parece contar con las herramientas como para capitalizar el descontento popular, por lo que este corre el riesgo de vaciarse en el abstencionismo. Con Ceuta aún por resolver, y el escenario internacional en contra, la vivienda viene a añadir más combustible al incendio ya latente, mientras la oposición se frota las manos al contemplar, en directo y viralizada, la ruta de las llamas. Pensando en clave electoral, es tarde para construir vivienda social en cantidades significativas, y mucho me temo que la cianosis ha regresado con sus cuerpos azulados. Aquel 15M actuó como denuncia de un fracaso civilizacional y catalizador de una energía social, barrial, hoy a medio gas y rodeada por la gimnástica de distintos sectores de (ultra)derecha, tan en forma que da miedo. Algunas seguimos creyendo que el destino no está escrito y, en cualquier momento, puede regalarnos profundos cambios hacia el bienestar, la alegría, el buen vivir… Pero los antecedentes son tan sombríos; la memoria, tan sabia… y el futuro, ¡ay!, ojalá no rime con la demolición.
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