Todas las certezas que murieron en esos trenes
Escucho la expresión “restos biológicos” en el telediario cuando el periodista explica el proceso consistente en identificar los cadáveres y donar a los familiares una huella reconocible de lo que algún día fue un ser querido: alguien que hablaba y amaba, cumplía sus obligaciones laborales o celebraba los aniversarios de boda. “Restos”, y me imagino una muestra orgánica junto al amasijo de plásticos y metales como el milagro de la vida que aún supera a todo lo sintético y, sin embargo, se ha desintegrado en un tramo específico de los raíles. Mi madre me riñe y corrige mi pensamiento escabroso desde la ternura de quien ha parido y sabe lo que vale un cuerpo cuando atraviesa los canales de otro, y yo le pido disculpas –a ella, a quien pueda sentirse ofendido por la ruta que ha tomado mi imaginación doliente–, pero no me quito el sintagma de la cabeza, “restos biológicos”, porque cojo casi todas las semanas trenes que circulan sobre la misma vía y aún reverbera en mi memoria el horror de Adamuz. Es como si una pesadilla recurrente me impidiese funcionar con normalidad y sé que a eso la psicología le otorgó el nombre de trauma. Recuerdo a Lorca, a Drummond de Andrade, a los poetas que alguna vez se aventuraron a desengranar el sentimiento del mundo que cercena la individualidad y la convierte en materia compartida. Es inconcebible –me repito–, inefable este déjà vu y, simultáneamente, a los vivos se nos impone la necesidad de sanar de inmediato para que la máquina siga rodando a la misma velocidad despiadada que deja a muchos por el camino.
Me siento en duelo por las víctimas, así como por las certezas que se marchan con ellas hacia el agujero de las cosas perdidas, algunas de ellas constitutivas de nuestra subjetividad y el universo en el que nos hemos criado como hijos e hijas del estado del bienestar. La tarde en que ocurrió la tragedia de Adamuz, yo me encontraba recorriendo en ferrocarril la misma ruta mortal, apenas unos kilómetros adelantada, en dirección a Barcelona, donde me iban a entrevistar para un programa de televisión. Había mirado el móvil durante el trayecto y en las redes ya podían leerse los primeros testimonios del accidente, pero como España es ese país desarrollado cuyo transporte nunca falla, me fui a cenar con un amigo creyendo que se trataba de un incidente menor hasta que, de regreso al hotel, sola, comprobé que tenía decenas de mensajes queriendo resolver la incógnita de mi paradero, mi seguridad, mis latidos. Luego arreció el caos de la vuelta a Córdoba (donde resido), el conteo de afectados, y la solidaridad de una ciudad que se volcó donando sangre y regalando cuidados a los heridos en mitad de un clima, en principio, libre de crispaciones políticas. El arrojo humano y la sombra de la parca, parecía, debían darse la mano para forjar una tregua que no tardía en saltar por los aires: de Adamuz a Urda, el cementerio acoge un trajín inusitado. Nunca un Halloween se nos hizo más largo.
Decía Bruno Latour que el suelo de hoy se está desmoronando bajo nuestros pies. El filósofo apuntaba a una inestabilidad desatada, sobre todo, por la crisis ecológica: efectivamente, que se multipliquen las inundaciones y los incendios representa la imposibilidad literal de hallar una superficie que pisar sin correr peligro; pero, más allá de los desastres concretos, subyace una noción del mundo como lugar cada vez más inhabitable, donde somos refugiados, víctimas o daños colaterales, pero jamás una ciudadanía plena, protegida por un sistema de derechos y verdades a los que agarrarse en cualquier circunstancia.
A la luz de los recientes accidentes en la vía que conecta Madrid con Andalucía, hemos descubierto que tal vez no podamos confiar en las infraestructuras de las que antaño nos vanagloriábamos, al igual que con la dana de Valencia advertimos la incompetencia de unas autoridades incapaces de activar y, posteriormente, reforzar los servicios de emergencia que habrían de salvarnos de morir ahogados. Tampoco la sanidad pública ofrece las garantías para las que fue diseñada, y las huelgas de profesores han puesto sobre la mesa unas carencias estructurales que impiden al alumnado estudiar en condiciones dignas. En otras palabras: hemos ido sumando miedos con cada catástrofe, hasta que el cúmulo de todas ellas –algunas, sobrevenidas de golpe; otras, anunciadas y planificadas desde las instituciones– torna la vida insoportable, cuando no la aniquila.
¿Cómo lograremos sobreponernos? Si no hay tiempo para el duelo, si el final injusto de una persona supone el combustible ideal para el rédito electoralista sin escrúpulos. ¿Podremos volver a creer alguna vez en las posibilidades de un país capaz de proporcionarnos el hogar seguro al que cada quien aspira? ¿De qué manera se repara tal avalancha de daño, cuando el daño ya es incuantificable y no se puede acotar en el calendario de tanto que se reitera? Mucho me temo que esta doble pesadilla ferroviaria ha acabado por apuntalar una percepción generalizada entre la población desde hace años: la incertidumbre más profunda junto a la soledad frente a dolorosos imprevistos. Una vez un estado ha alcanzado este punto, resulta muy complicado recomponer los pedacitos de la casa en ruinas, porque crece la voluntad de no pagar impuestos (¿para qué, si no se traducen en mejores protecciones? –espetarán algunos–); la vulnerabilidad que sentimos es susceptible de mutar en agresividad como forma de autodefensa; y, todo ello, aunado a la manipulación digital que fragmenta la atención, termina consolidando un malestar que, a su vez, retroalimenta el círculo vicioso. No es casualidad que media Europa esté ardiendo en protestas surgidas de múltiples causas, aunque solo podamos observar, ocasionalmente, algunas mechas localizadas.
Urda era lo último que precisábamos para seguir jugando con fuego. Sus “restos biológicos” no deberían ser gratuitos, pues no solo simbolizan las tumbas de los fallecidos sino también el fallo sistémico y sus pavores asociados: que se nos derrumbe el suelo, con todas sus certezas; que nos explote la muerte en la cara.
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