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OPINIÓN | 'Francia, entre la protesta social y el caos organizado', por Neus Tomàs

La juventud reclama su futuro

Un coche arde en la Plaza de la República de París mientras se producen enfrentamientos entre manifestantes y la policía durante una manifestación contra el aumento del coste de la vida y los recortes en los servicios públicos en París, Francia, el 17 de octubre de 2026.
19 de octubre de 2026 21:54 h

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“Todo es artificial”, le dijo este adolescente a su padre, en mitad de una angustia arrolladora que se ha materializado en un diagnóstico de depresión, tratamiento psiquiátrico, y protocolos especiales en el centro educativo. El padre es mi amigo, y algunas tardes me lo encuentro por la ciudad caminando cabizbajo, alicaído, o directamente quedamos para acabar charlando sobre el tema que más le preocupa. “¿Y tú no crees que el chiquillo tiene razón?”, pregunto, cautelosa, intentando entender; él me mira con esos ojos que rastrillan el silencio en busca de un apoyo necesario.

Desde hace varios años, he ido acompañando el crecimiento de los niños de mis amistades, y viendo cómo se enfrentaban a una incertidumbre para la que no parecen existir respuestas sencillas. Algunos han sufrido bullying, otros simplemente irradian una tristeza contagiosa; los que se acercan a la mayoría de edad confiesan abiertamente que quieren votar a la ultraderecha. En el contexto actual, las palabras que refieren la artificiosidad de las cosas me resuenan una y otra vez mientras observo a mi alrededor y me doy de bruces con el fracaso del pacto electoral a la izquierda del PSOE, la omnipresencia de un internet que multiplica los discursos de odio, o las hordas de turistas despreocupados que, estas semanas, arrastran maletas por nuestros barrios. Y, entonces, brota una luz, la de las protestas que está protagonizando una juventud desesperada en distintos lugares del mundo. Nadie puede asegurar que nos encontremos ante un proceso orientado hacia la consecución del bien común –algunos manifestantes, no hay duda, parten del nihilismo, de un espíritu iconoclasta que persigue acabar con todo lo que les ha fallado, incluida la democracia–; pero, sí se puede inferir lo siguiente: que ese despliegue de ira no es artificial, que quizá lo único real para muchos de esos muchachos sea la presencia colectiva en las plazas, donde gritar sus reivindicaciones.

“Ira” es una palabra que se repite en numerosos informativos franceses; a veces, hasta la pronuncian en plural. A lo largo de varios días, hemos contemplado cómo los estudiantes del país galo se organizaban para reclamar mejoras notables en la educación que reciben –hoy hecha añicos– y, en general, el fin de la “vida cara”, la de la inflación disparada, en parte debido al precio de los combustibles. A los chicos y chicas se les sumaron los chalecos amarillos, varios sindicatos, ciudadanos de a pie, así hasta casi un millón de personas bajo el paraguas de un malestar que también es intergeneracional. Los actos vandálicos que se han saldado con más de mil comercios saqueados, edificios reducidos a cenizas, barricadas, quema de coches y 2.000 detenidos nos dan pistas sobre un modelo inoperante, lejano ya a aquellos estados del bienestar de antaño que aunaban la justicia redistributiva con la promesa de servicios públicos de calidad. El aclamado economista Thomas Piketty comenzaba su última tribuna en Le Monde, precisamente, detallando la degradación de las instituciones educativas: desde 2017, la inversión por alumno ha caído un 20% –asevera–, aunque el gobierno haya señalado “con una buena dosis de mala fe” el aumento del presupuesto total, que no compensa la inflación ni el crecimiento del número de estudiantes. Ellos, claro está, no se han creído las cifras trucadas.

Pero sigamos recorriendo países: las protestas que no cesan en Albania o Italia; la exigencia del derecho a la vivienda que ha movilizado a los jóvenes portugueses, actualmente acampados en algunas plazas de Lisboa y Oporto; sin contar con la ira patria, la cual se mantiene pacíficamente concentrada en torno a Sol y otros enclaves de España, en duelo aún por la muerte de la anciana desahuciada Maricarmen. Mientras a este lado del Atlántico se sucedían, el pasado fin de semana, las muestras de rabia contra la ineptitud institucional, proveedora de grandes desigualdades, en Estados Unidos, Meta suspendía temporalmente la cuenta de Instagram del movimiento anti-trumpista No Kings el día elegido para manifestarse, según argumentan los organizadores. A las puertas de la segunda vuelta de las elecciones brasileñas, Lula ya ha denunciado el tratamiento favorable en redes de su adversario, Flávio Bolsonaro. Desde luego, mucho más sutiles que un contenedor ardiendo, que la barricada que bloquea el paso o los gases lacrimógenos lanzados para reprimir los alzamientos populares, son los poderes de una oligarquía que influencia la opinión pública para el beneficio de las élites, con la connivencia de quienes se empeñan en destruir la arquitectura protectora de lo común. Y eso, por desgracia, es fácilmente constatable. 

Así que todo es artificial, excepto alguna cosa. Yo, que siempre he tenido una especial aversión a la violencia, creo poder afirmar que la ejercida a partir de recortes sociales, encogiendo las posibilidades de formación y futuro de la juventud, relegándola a vivir peor que sus padres, condenándola a habitar tabucos compartidos a la espera de un horizonte de caos climático, es tan verídica como las voces tristes, desgarradas y combativas que ahora escuchamos desde tantos puntos del mapa. Tal vez nos encontremos ante los primeros pasos para hacer del mundo un espacio real, la estructura sólida que cobije a la generación más maltratada de la historia, aquella que ni siquiera puede asegurar a qué temperatura desbocada transcurrirá su vejez. Deberíamos juzgar esta movilización masiva, de cariz ya internacional, como una toma de tierra: para bien o para mal, apoderarse de la calle parece la antítesis del algoritmo amañado, o de la experiencia alienada de ver morir tu porvenir. 

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