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OPINIÓN | 'Europa, la hipocresía y la ofuscación', por Enric González

Europa, la hipocresía y la ofuscación

La Alta Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Kaja Kallas. EFE/EPA/MOHAMED HOSSAM

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Hacen falta siglos para que un imperio asimile su decadencia. Recuérdese el periplo descendente de España entre el XVII y el XX. En el caso de los países europeos, cuya antigua hegemonía mundial colapsó en un doble suicidio colectivo (1914-1918 y 1939-1945), la decadencia ha dejado dos rasgos característicos: la hipocresía y la ofuscación.

Vamos con la hipocresía. Hace un par de semanas, la jefa de la diplomacia europea, la estonia Kaja Kallas, reaccionó al secuestro de Nicolás Maduro y su esposa con una frase esperable: “Bajo cualquier circunstancia, los principios de la legalidad internacional y la Carta de las Naciones Unidas deben ser respetados”.

Por supuesto, añadió que desde Bruselas los acontecimientos eran “seguidos con atención”. Esa es una especialidad europea: la atención como sustituta de la acción.

¿Legalidad internacional? La Unión Europea no se obsesionó con ella cuando Bill Clinton aprobó, en 1993, las “extraordinary renditions”, es decir, el secuestro de ciudadanos (presuntos terroristas) en cualquier lugar del mundo y su traslado a un tercer país (Egipto y Libia, sobre todo), donde podían ser interrogados bajo tortura. Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, George W. Bush hizo un uso intensivo de las “extraordinary renditions”. Como el objetivo consistía en desarticular Al-Qaeda, la UE cooperó.

La OTAN estableció pasillos aéreos (encubiertos) para los vuelos de los secuestrados, con el asentimiento de sus países miembros, mayormente europeos. Los servicios secretos italianos cooperaron con la CIA para secuestrar en Milán al egipcio Abu Omar. El Reino Unido ofreció sus aeropuertos. Polonia acogió secuestrados en la base militar de Stare Kiejkuty.

Para qué recordar el bombardeo de Serbia. Para qué recordar el bombardeo de Libia (iniciado por aviones franceses, poco después de que Gadafi financiara la campaña electoral de Nicolas Sarkozy).

La hipocresía, dirán algunos, es parte de la diplomacia. Cierto. Pero no encaja con los alardes de “superioridad moral”, tan frecuentes entre los dirigentes europeos. Con la presunta superioridad moral, en este caso, se intenta disimular la inferioridad física.

Un monumento a la hipocresía ha sido la actitud europea respecto a la OTAN a partir de 1991, cuando se disolvió la Unión Soviética y la alianza atlántica dejó de ser útil para Estados Unidos. Pese a ser conscientes de lo contrario, los dirigentes europeos simularon (y prometieron a los ciudadanos) que el paraguas defensivo iba a durar para siempre y, además, seguiría saliendo baratísimo. Ahora, cuando Donald Trump ha dejado las cosas claras, todo son caras de sorpresa.

Vayamos con la ofuscación. Que tiene causas históricas y dignísimas raíces ideológicas, pero no deja de ser ofuscación. Y viene de antiguo. En 1933, por ejemplo, el Partido Laborista británico patrocinó una huelga general destinada a forzar el desarme del país. Y el sindicato de estudiantes de Oxford proclamó su rotunda negativa a combatir. Era comprensible. El Reino Unido estaba traumatizado por la carnicería de la Primera Guerra Mundial. Todos querían la paz. Pero Adolf Hitler se había hecho con el poder en Alemania, y su libro “Mein Kampf” no dejaba dudas sobre sus intenciones.

Una parte considerable de la élite conservadora europea admiraba en esa época a Benito Mussolini (“el máximo legislador entre los hombres”, según Winston Churchill) y a Adolf Hitler. También ahora hay, por distintas razones, admiradores de Donald Trump o Vladimir Putin. Otra parte de la élite temía a los nuevos dictadores del continente, pero preconizaba el apaciguamiento o directamente el desarme. Ofuscación generalizada.

Hoy en Europa conviven, como entonces, quienes aplauden a Trump y quienes le temen. Cabe suponer que organizaciones trumpistas como Vox desplegarían también en la calle, si pudieran, a los nuevos “camisas pardas” (lo que en Estados Unidos llaman ICE) para eliminar a los inmigrantes y amedrentar al resto. Los trumpistas, incluyendo esos que reclaman a Trump que olvide la soberanía española y secuestre a Pedro Sánchez, son precisamente quienes califican a los demás de “felones” y “vendepatrias”.

Quienes temen a Trump, o a Putin, o razonablemente a ambos, procuran no hacer nada. Cierran los ojitos, aprietan los puñitos y se escudan en sus principios: no al gasto militar, no al belicismo, vivan la paz y la democracia. Igual que en el pasado, creen que la propia indefensión (y los comunicados, y la atención al seguir los acontecimientos) disuadirán a los predadores. Ofuscación. 

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