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OPINIÓN | 'Faltamos nosotros', por Enric González

Faltamos nosotros

Los tanques en las calles de Valencia desiertas la noche del 23 de febrero de 1981.
28 de febrero de 2026 23:52 h

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Habrán notado ustedes lo que falta en los papeles desclasificados del 23-F. Hemos encontrado algunas novedades, como las charlas de la esposa de Tejero (que podrían llevarse al teatro como un monólogo tragicómico) y las órdenes (“disparar a matar”) transmitidas a los asaltantes de Televisión Española. En general, se confirma lo que ya sabíamos. Pero ahí sigue la ausencia clamorosa.

¿Dónde están los documentos sobre la movilización popular? ¿Por qué no se habla de las multitudes que salieron a la calle en Valencia para enfrentarse a los tanques? ¿Qué se hizo del gentío que rodeó el Congreso en aquella noche fatídica?

No hay nada sobre eso porque nada de eso ocurrió. Y los ciudadanos más jóvenes, lo que no vivieron aquel momento espeluznante, deberían reparar en el detalle.

Con el tiempo se ha construido un relato, comúnmente aceptado, sobre el decisivo papel de la ciudadanía en la transición a la democracia. El relato no es falso: las manifestaciones contra el régimen y la lucha sindical tuvieron peso (y heroicidad) en los últimos años de la dictadura. Sin que la dictadura, con Franco agonizante, aflojara.

El 26 de enero de 1977 hubo masas silenciosas en las calles de Madrid tras el asesinato de los abogados de Atocha, y el 11 de septiembre de ese mismo año, ya celebradas las primeras elecciones democráticas, hubo masas clamorosas en las calles de Barcelona.

Pero en la noche más terrible las calles permanecieron vacías. Algunos quemaban documentos. Otros se refugiaban en casas de amigos o planeaban una fuga al extranjero. Casi todos escuchaban la radio. Todos, menos los golpistas y sus simpatizantes, teníamos miedo.

(Yo, sin radio y convencido de que todo estaba perdido, cargaba un fusil, ochenta balas y unos galones de cabo tomatero en el Regimiento de Pontoneros y Especialidades de Ingenieros en Monzalbarba, Zaragoza, y tenía el doble de miedo: por las mismas razones que todo el mundo, y por la posibilidad de que me ordenaran salir por ahí a disparar contra la gente: moriré sin saber qué habría hecho).

Está muy bien recordar que al día siguiente, el 24 de febrero, ya escuchado el mensaje del rey, ya concluido el secuestro del Congreso y rendidos los secuestradores, cientos de miles de españoles se manifestaron por la democracia y la Constitución.

También está muy bien recordar que, en el momento crítico, nos escondimos.

Aquella noche, quienes salvaron las libertades fueron las élites. Un puñado de personas. El rey. Los jefes militares, que acabaron obedeciendo. Aquellos dos franquistas redomados, Adolfo Suárez y Manuel Gutiérrez Mellado, que se negaron a doblegarse. Aquel viejo comunista, Santiago Carrillo, que se quedó sentado impasible en su escaño y encendió un cigarrillo. Aquella Comisión de Subsecretarios, puro franquismo sociológico, que mantuvo la autoridad constitucional mientras el Gobierno y los diputados eran encañonados por los sublevados.

Recordemos, recordemos. En la noche más oscura faltamos nosotros.

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