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La flotilla navega de nuevo hacia Gaza

Uno de los barcos de la Flotilla tras partir desde Barcelona.
18 de abril de 2026 21:34 h

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“Los padres de mi padre no habían estado ni del lado de las víctimas ni del lado de los verdugos. No se habían distinguido por actos de valentía, pero tampoco habían pecado por exceso de celo. Simplemente eran Mitläufer, personas 'que siguen la corriente”, nos explica la escritora y periodista franco-alemana, Géraldine Schwarz, en su libro editado en español con el título “Los amnésicos”. En esta obra imprescindible de memoria histórica del nazismo, la autora escruta el comportamiento de su familia como epítome de la inmensa mayoría del pueblo alemán que contribuyó al Holocausto mediante la acumulación de pequeñas cobardías que habían creado las condiciones necesarias para el desarrollo de “los peores crímenes de Estado organizados que la humanidad haya conocido jamás”, explica Schwarz.

Quizás sea este el ejemplo más cercano que tenemos en la historia reciente que nos demuestra la importancia del comportamiento, aparentemente inocuo, de los indiferentes y socialmente individualistas que no se comprometen con nada y se mantienen en la indiferencia porque van a lo suyo -en falaz equidistancia- sin apoyar ni a tirios ni a troyanos. 

Cuando las tropas aliadas entran victoriosas en territorio nazi y descubren las atrocidades del régimen de Hitler se produce una catarsis de incredulidad mundial ante la aparición de aquellos seres humanos convertidos en esqueletos vivientes y de los horrores que relatan. La asunción de la culpa o, cuando menos, de la responsabilidad de todo un pueblo, evidentemente cómplice silencioso o partícipe de la locura del III Reich, ha sido un proceso largo y doloroso que todavía está por concluir y que afecta a toda Europa.

Hijo bienvenido de aquel desastre humanitario y criminal es el marco de la legalidad internacional, acuerdos e instituciones vigentes, diseñadas para buscar y mantener la paz a través del diálogo y los compromisos. Es lógico que se enciendan todas las alarmas, cuando vemos que todo salta por los aires con tres peligrosos y muy poderosos protagonistas que se destacan por su desacato manifiesto al statu quo mundial como hacen Trump, Netanyahu y Putin en estos tiempos. Que no nos extrañe la desesperanza y desazón que despiertan y contagian los furibundos belicistas con sus atronadoras amenazas que retumban en todos los medios de comunicación cada mañana y aterrorizan a los internautas durante las 24 horas del día.

Hoy comprendemos muy bien la depresión que embargaba a Stefan Zweig cuando, en carta al escritor Joseph Roth, confiesa en 1933: “Me siento muy oprimido. Mi amargura por la desgracia política me atormenta como un nervio inflamado. Temo por Austria, y la caída de Austria sería también, en lo más hondo, nuestro fin”. La negra premonición del judío austríaco se vería cumplida con el peor de los escenarios poco después.

En sistemas democráticos occidentales actuales, tenemos la suerte de que la sociedad civil se expresa mediante la opinión pública, el activismo y las movilizaciones. Así ha ocurrido frente a la invasión de Ucrania por parte de Rusia, los desmanes imperialistas y autoritarios del presidente de los Estados Unidos o la respuesta cívica y crítica ante el genocidio del gobierno de Israel contra los gazatíes, tras el atroz atentado de Hamás y secuestro de israelíes, el 7 de septiembre de 2023. Sin embargo, los autócratas siempre buscan mecanismos que acallan las protestas y, para ello, cuentan con múltiples recursos como las fuerzas del orden y algunos tribunales. En este caso, la eficacia de tales instrumentos de coacción palidece ante la colosal influencia de las redes sociales, que multiplican ad infinitum el poder de medios tradicionales.

Cuando, en octubre de 2023, Israel respondió al atentado de Hamás con una nueva guerra (la segunda después de Yom Kipur en 1973), emprendió una agresión de tal magnitud contra la población civil gazatí que ha sido reiteradamente calificada como genocidio por el empleo de tácticas de exterminio contrarias al Derecho Internacional. El Tribunal Penal Internacional y la ONU denunciaron los crímenes de lesa humanidad del Ejército israelí: asesinatos de niños y bebés, desplazamientos de 2 millones de personas, destrucción de hospitales, mezquitas y cementerios… Han sido acreditadas atrocidades que el mundo ha visto en el cine y la televisión, como la hambruna a causa del uso del hambre como castigo colectivo, asesinatos de menores a sangre fría, sin olvidar el bloqueo del suministro de agua y la ayuda humanitaria. 

Personalidades del mundo de la cultura, el cine, el ecologismo y la política participaron el año pasado en una iniciativa propagandística contra la guerra, -convocada por organizaciones humanitarias- y se embarcaron en la “Global Sumud Flotilla” que, el 1 de septiembre del 2025, inició su singladura. La flotilla solidaria con el pueblo palestino concitó el apoyo de 42 países con activistas que pretendían romper el aislamiento de ayuda humanitaria a Gaza. La iniciativa tuvo una enorme repercusión y recibió una solidaridad asombrosa por cada puerto por el que pasaba desde donde se despedía y celebraba esta manifestación marítima al grito de “Gaza no estás sola”. Aunque los barcos fueron bloqueados antes de lograr su objetivo y los activistas detenidos y deportados, la flotilla constituyó el mayor éxito propagandístico y mediático de las protestas contra el genocidio.

Gracias a periodistas y cooperantes que transmitían al mundo lo que estaba ocurriendo en esa franja de Gaza, las gentes decentes de las democracias se rebelaban y denunciaban el horror y las matanzas con diversas manifestaciones y protestas. Los gobiernos empezaron a darse cuenta de que no podían permanecer por más tiempo en la equidistancia de la culposa indiferencia y surgieron nuevos gestos diplomáticos contra Israel aumentando. Se multiplicó el número de países a favor de un estado palestino en convivencia pacífica con Israel. 

El resultado de las atrocidades del gobierno de Netanyahu empezaba a volverse en su contra hundiendo en el abismo su imagen de víctima. Pero Estados Unidos, como no podía ser de otra manera, acudió en su ayuda y se sacó de la manga -el pasado mes de octubre- un bonito Plan de Paz que incluía un engañoso alto el fuego. Un cese de hostilidades que no ha sido tal porque se estima que el ejército de Israel ha matado a 700 palestinos desde entonces, además de bombardear a la población civil del Líbano y seguir apoyando las ocupaciones de colonos en Cisjordania.

No hay duda de que el Plan de Paz ha sido un rotundo éxito para sus promotores. El llamado alto el fuego de octubre ha conseguido lo que Israel necesitaba: el silencio internacional y el aislamiento completo de la población gazatí. Confinados en una estrecha porción del territorio, la población continúa sin alimentos, agua, ayuda humanitaria o sanitaria. Los periodistas y el personal sanitario local han sido asesinados y no está autorizada la entrada a Gaza de la prensa internacional. Ya no tenemos imágenes que desde el interior se enviaban a fotoperiodistas y corresponsales extranjeros. No sabemos qué está pasando allí dentro. 

La guerra de Trump contra Irán y el coincidente ataque de Netanyahu al Líbano terminaron por completar la maniobra. El impacto de esta nueva guerra -de tintes dramáticos por sus protagonistas y el impacto económico mundial- ha terminado por desplazar a Gaza del interés mundial. Primero, desapareció de las portadas, después de las noticias y, posteriormente, de las preocupaciones de la ciudadanía. Los poderosos han cubierto con un tupidísimo velo lo que está pasando en Gaza, donde millones de personas siguen sufriendo la tortura de una limpieza étnica que nadie parece poder impedir. 

El pasado domingo zarparon de varios puertos del Mediterráneo naves que a estas horas navegan formando una nueva otra Global Sumud Flotilla, con 3000 activistas de un centenar de países en singladura hacia Gaza. En esta ocasión, cuentan con la veteranía de Greenpeace y Open Arms para establecer un corredor humanitario de ayuda a Gaza. Esta pertinaz flotilla supone la mayor intervención civil coordinada que se ha organizado en apoyo del pueblo palestino. Sin embargo, casi nadie lo sabe. Apenas ha tenido reflejo en los medios de comunicación. No hay cabida en los periódicos ni minutos de televisión para hablar de Gaza. Esta flotilla, más numerosa, mejor organizada y preparada que la anterior, ha sido despedida con indiferencia. La ciudadanía está angustiada por otra guerra, por su economía y por lo que pueda venir. Me pregunto si nos llamarán Mitläufer cuando, algún día, las tropas aliadas entren en Gaza y descubran lo que está ocurriendo allí.

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