La buena muerte
Me pareció que su rostro estaba muy pálido. No era raro porque siempre había sido un hombre de tez clara que resaltaba sus cejas negras, una seña de identidad que le caracterizaba. El tono macilento y, sobre todo, el rictus de la boca entreabierta me dieron la respuesta. Ya había fallecido. Incorporado con ayuda de las almohadas y reinando sobre la cama del hospital, aquel periodista mantenía toda la dignidad de la persona valerosa y a la vez humilde que fue y yo había admirado desde siempre. Cuando llegué a la facultad de Periodismo, mi sueño era imitar a gente como él y ser una gran reportera para contar todo tipo de conflictos, guerras y padecimientos de los más pobres y abandonados. Nunca imaginé que este querido y admirado colega sería la primera persona muerta que vería en mi vida.
Mi compañero tuvo un buen final de su agitada vida, querido y homenajeado por la profesión en múltiples actos a los que acudía emocionado aunque fuera con la salud mermada. Le llegó la muerte plácidamente, rodeado de los cuidados del personal sanitario de la Fundación Jiménez Díaz y la presencia permanente de su hermana, a los pies de su cama. Me los encontré de sopetón porque alguien se había dejado la puerta de la habitación entreabierta. No me esperaba contemplar esa imagen cuando subí a acompañarle, tras haber sido avisada de su gravedad mientras me encontraba en una consulta de rutina en el mismo hospital.
Hasta entonces, me negaba en rotundo a ver personas muertas. Supongo que la juventud y el tabú de la muerte en esta moderna cultura occidental me empujaban a ignorarla u orillarla cuando me la encontraba en el camino. Me las había arreglado para lograrlo, a pesar de haber acompañado a amigas con sus padres recién fallecidos e incluso, cuando debía cubrir informaciones de sucesos con víctimas, me fui haciendo una experta en mirar para otro lado. Cuando se murió mi abuelo inesperadamente, lo primero que le dije a mi madre era que ni me pondría luto ni quería verlo en su lecho de muerte. Creo que era una forma de ahorrarme recuerdos penosos y guardar para siempre la imagen de mis seres queridos cuando disfrutaban de vida.
Todo cambió cuando tuve que afrontar la muerte de mi padre. Tras sobrellevar un cáncer durante casi 20 años, llegó su final aquejado de metástasis y decidimos llevarlo a casa de mi hermana mayor, donde estuvo rodeado del diverso personal sanitario con el que, afortunadamente, contamos en mi familia. Haber pasado los últimos meses a su lado, en una inédita pero valiosísima compañía mutua, caminando de la mano hacia su final, fue un proceso que recomiendo a todo el mundo. Si morir es un hecho individual, personal e intransferible, el derecho a la llamada “buena muerte” o “muerte digna” debería ser obligatoriamente una actividad compartida de los más allegados para acompañar a su ser querido y librarle de sufrimientos evitables. Y no sólo porque es de justicia para el que se va sino por los efectos beneficiosos que nos aporta a los que nos quedamos.
Por eso no entiendo muy bien por qué llaman “Cristo de la Buena Muerte” a la escultura de Pedro de Mena, cuando se ve a las claras que ese hombre joven, semidesnudo, clavado en un madero y coronado de espinas, tuvo un final espantoso. Supongo que se refiere al significado religioso del término que se refiere a estar en gracia de Dios. Pero el sentido en el que utilizo este concepto no es religioso sino etimológico. Prefiero el significado que le atribuye el diccionario etimológico al definir la eutanasia, palabra griega (euthanasía) formada por el prefijo eu (buena) y el término thanatos (muerte), o sea, un final tranquilo, dulce y sin sufrimiento.
Esa fue la muerte que tuvo mi padre en aquella convivencia familiar de sus últimos días. El trayecto no estuvo exento de inconvenientes pero, para mí, fue la mejor despedida que podía darle y resultó ser el más generoso regalo que nunca había imaginado que me haría aquel hombre pacífico, idealista y flemático que fue mi progenitor. Ya octogenario, muy consciente de que su final se acercaba, soportó todos los inconvenientes y limitaciones físicas sin una queja. En esa breve e intensa armonía del epílogo de su vida, sólo quiso que le acompañáramos la familia más íntima y disfrutaba enormemente con la prole de nietos y nietas. Sé que se sentía orgulloso de los turnos de cuidados que hacíamos entre hermanas y hermanos, cada cual según sus habilidades y posibilidades. Su constante preocupación por el bienestar de mi madre, que fue aumentando a medida que envejecían, creció en aquellos días y nos insistía para que la hiciéramos salir y distraerse con sus amigas.
El día de su 80 cumpleaños, vimos a mis padres besarse como enamorados, por vez primera delante de todos nosotros. Papá siempre había sido mucho más cariñoso de lo que solía ser un hombre de su época y acostumbraba a regalarnos “coliños” (abrazos en el regazo) sin importarle nuestra edad o envergadura física. En aquellos días nos repartía afectos a granel. Si le preguntaba tras la comida qué quería de postre me respondía, sonriendo: “Te quiero a ti”. Pero tenía la mirada del espanto que después he tenido que ver en otros seres queridos aquejados por un cáncer terminal. “¡Qué traballiño costa morrer!”, me dijo uno de sus últimos días.
Puede decirse que mi padre tuvo una muerte dulce, con sus tres hijas en la cama abrazándole, sus hijos y mi madre a la vera de su lecho, embargados todos por un llanto manso y pacífico con el que le dijimos “adiós, papá” acompañándole hasta su último suspiro. Desde entonces, me gusta recordarlo en cualquier momento de su vida y de la mía, incluida su buena muerte, algo que me reconforta. Quisiera para mí y para todos los que amo un fin parecido. Si “morir habemos, ya lo sabemos” —memento mori que repiten los monjes—, quiero hacerlo en paz y sin sufrimiento, ni físico ni mental. Afortunadamente, en este país, disfrutamos de unas leyes muy avanzadas que nos permiten elegir cómo queremos irnos de este mundo y, sobre todo, nos libran de dolores en ese tránsito.
Creo firmemente que no hay nada más cruel que lo que le han hecho a Noelia Castillo, retrasando su eutanasia e infligiéndole una injustificada prolongación del dolor durante casi dos años hasta lograr la muerte digna que la legislación y el personal sanitario le dieron, tal como ella quería. Que haya sido su padre el principal causante de este sufrimiento explica muy bien la penosa vida que ha tenido la joven que tuvo que ser tutelada por la Generalitat de Catalunya. Tampoco me extrañaría que, como dice la ciencia y la psicología que ocurre en el duelo, ese padre se sintiera —sin saberlo— culpable del final de su hija. Una culpabilidad inconsciente porque su litigiosidad demostraba a las claras que le preocupaban más sus sentimientos paternos que el deseo liberador de morir que tenía su hija. “El dolor que resulta insoportable es el que has creado tú sintiéndote culpable”, dice uno de los personajes de la obra “El hechizo de Lily Dahl”, de la escritora norteamericana Siri Hustbeldt.
Si se puede comprender humanamente la condescendencia de un padre así, considero una exigencia ética censurar el comportamiento de quienes se han aprovechado de una desgracia tan terrible como la muerte deseada de una persona en constante sufrimiento. Me refiero a los medios que han caído en el execrable periodismo espectáculo para hacer caja y a los demandantes de causas judiciales con las que querían impedir que se hiciera la voluntad de Noelia.
Son deplorables, sobre todo, estos denunciantes que, llevando la causa a los tribunales y ventilando el proceso abierto por el señor Castillo, han convertido los últimos días de esta chica en un suplicio innecesario, únicamente por su fanatismo y la búsqueda de una notoriedad espuria que han logrado a costa de los padecimientos de ella. No debería haber perdón para los llamados “Abogados Cristianos”, convertidos en vengadores justicieros de un caso que no les afectaba en absoluto y que utilizaron de forma miserable para la promoción de su intolerante ideología de ultraderecha. Y lo hicieron fingiendo una defensa de la vida que tiene muy poco de cristiana porque esta doctrina predica el amor al prójimo y la compasión ante quien sufre.
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